Mientras escuchaba un programa de radio, me fascinó lo que estaba escuchando. El programa hablaba sobre el aumento de la ciberdelincuencia y explicaba cómo los ciberdelincuentes estaban encontrando nuevas formas de evitar ser detectados.
A la mañana siguiente, me desperté con un dolor intenso en una de las piernas. Logré sentarme en una silla y tomé un ejemplar del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, de Mary Baker Eddy, que leía con regularidad de principio a fin. En mi lectura actual, recientemente me había quedado en un párrafo que empezaba con la palabra nervios, y de inmediato vi la palabra electricidad que había escrito antes de ese pasaje hacía un tiempo. No sé por qué, pero en ese momento me había venido como una inspiración. Al pensar en ello, debo de haber escrito la palabra electricidad encima de la palabra nervios porque intuitivamente sentí que había una conexión entre ambas que debía ser refutada.
Esa mañana, cuando sentía ese dolor intenso en la pierna, empecé a leer ese mismo párrafo. Comienza así: “Los nervios son un elemento de la creencia de que hay sensación en la materia, mientras que la materia está desprovista de sensación” (pág. 480). Al instante, el dolor desapareció.
Me sorprendió cuan inmediata fue la curación, pero sentí que había algo más que necesitaba comprender. Como me fascinaba el programa de radio, busqué sinónimos de fascinante, y la palabra mesmerismo me llamó la atención. Me di cuenta de que había estado totalmente absorta y fascinada —hipnotizada— por lo que escuchaba, al punto que excluí considerar lo que sé que es espiritualmente verdadero. En otras palabras, había asimilado este aspecto de la creencia de que existe una inteligencia maligna y un poder opuestos a Dios que pueden actuar a través del canal de la electricidad. En cambio, podía desafiar esa creencia basándome en la infinita bondad de Dios.
Razoné que cuando se descubrió la electricidad, su propósito era constructivo, no destructivo: apoyar el progreso de la humanidad, no abusar de las personas ni poner vidas en peligro. La Sra. Eddy escribe: “La electricidad destructiva no es el producto del bien infinito” (Ciencia y Salud, pág. 93).
También recordé el fuerte consejo de la Sra. Eddy: “Guardad y fortaleced vuestra propia ciudadela más fuertemente” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 213). Esas palabras son una llamada de atención importante a la que debo estar más alerta. A la luz de todo lo que estamos enfrentando hoy en día en el mundo —incluido el crimen cibernético— me recuerdan la necesidad de proteger mi pensamiento para no aceptar creencias falsas que socavarían mi certeza del poder supremo e infinito de Dios, que es solo bueno.
Jillie Webbe
East Molesey, Surrey, Inglaterra
