Hace dos años, sentí que era importante purificar mi pensamiento. Había orado a Dios para que me ayudara a superar lo que fuera que se interpusiera en la curación, y fui guiada a este pasaje de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy: “Enseña a tu alumno que tiene que conocerse a sí mismo antes que pueda conocer a otros y atender las necesidades humanas. La honradez es poder espiritual. La falta de honradez es debilidad humana, que pierde el derecho a la ayuda divina. Pones al descubierto el pecado, no para perjudicar, sino para bendecir al hombre corpóreo; y un motivo bueno tiene su recompensa. El pecado oculto es maldad espiritual en lugares elevados. El farsante en esta Ciencia agradece a Dios que no hay mal, sin embargo, sirve al mal en nombre del bien” (pág. 453).
Así que oré sinceramente para que se revelara el pecado oculto en mi pensamiento. Una de las cosas que me vino en la que debía trabajar fue el perdón. Una forma en que esa idea me ayudó muchísimo, en aquel entonces y ahora, fue ver la inocencia de todos; ver en cada uno al hijo de Dios, al hombre —hombre y mujer— de la creación de Dios descrita en Génesis 1. Sin embargo, hubo cosas que me pasaron en la vida y que me resultaba muy difícil perdonar. No parecía poder librarme por completo de la ira, el resentimiento, los sentimientos heridos, la justificación propia y la culpa.
Las ideas de una charla que dio un experimentado Científico Cristiano me ayudaron a darme cuenta de que perdonar es permitirme salir yo misma de una prisión creada por esos malos sentimientos. Eso me hizo orar aún más para perdonar. Buscar muchos pasajes sobre el perdón en la Biblia y los escritos de la Sra. Eddy me ayudó a obtener una mayor comprensión.
Entonces, una mañana, ocurrió algo muy especial. Soñé con mi padre, que había fallecido hacía unos seis años. Ahora bien, yo quería a mi padre. Había sido una persona realmente buena, con muchas cualidades excelentes y un maravilloso sentido del humor. Pero tenía un temperamento bastante fuerte. De niña, tenía miedo de mi padre por ese temperamento. Yo era muy tímida, así que la combinación de su temperamento y mi timidez no hizo que la relación fuera sana. Intentaba portarme bien y mantenerme al margen, pero con los años fui guardando malos sentimientos hacia él, sentimientos que había enterrado.
En ese sueño, mi papá y yo estábamos juntos, y sentí tanto amor puro por él, y tanto amor puro de su parte, que me liberé por completo de todos esos malos sentimientos. Simplemente se desvanecieron. Y conocí su pureza, inocencia y bondad. Fue una hermosa experiencia que ha tenido un efecto perdurable. El perdón que sentí hacia mi padre se ha mantenido sólido.
Otra parte de los comentarios del orador sobre el perdón decía también que era como un regalo que damos a quien nos ha hecho daño. Ver el error —el pensamiento y las acciones equivocadas— como separado de ella, puede liberar a esa persona para que vea esa misma verdad.
Darnos cuenta de que realmente podemos liberarnos de los pensamientos y acciones erróneas y ayudar a otros a liberarse mediante el perdón me abrió un ámbito totalmente nuevo de pensamiento. Comprendí muy claramente que el perdón que sentía por mi padre venía de Dios. Sentí Su amor por mi padre y por mí y me di cuenta de que yo no tenía nada que perdonar. Dios nos amaba, conocía nuestra verdadera inocencia que Él nos había dado y tenía el poder de liberarnos a los dos. Es importante que reconozcamos el error y lo reprendamos, pero solo el amor de Dios que todo lo envuelve puede liberarnos y hacer desaparecer el error porque Él conoce nuestra pureza porque somos Su creación.
Cuanto más he pensado en la revelación que el Amor, Dios, compartió conmigo esa mañana, más he aprendido que el amor divino puro que sentí, al aplicarlo a cualquier situación discordante, puede sacar a la luz la realidad de la inocencia de todos y el amor de Dios por todos. Esta comprensión sanadora se ha transferido también a mis otras relaciones. Tengo el gran deseo de sentir ese amor por todos. Me esfuerzo por ver la verdadera pureza espiritual de todos y por mantenerme consciente de Dios, sabiendo que todos somos amados divinamente y estamos en perfecta armonía.
Diane Evrard
Saint Charles, Misuri, EE. UU.
