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Lidia con la devaluación al contemplar la creación de Dios

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 22 de enero de 2026


Al trabajar por más de cuarenta años como abogado, ocasionalmente me encontré con casos en los que las personas trataban, en ocasiones con éxito, que otros se conformaran o aceptaran acciones que normalmente no aceptarían. Una táctica que a veces usaban los instigadores se conoce como devaluación: el acto de sutil y gradualmente devaluar, en la mente de sus objetivos, las normas morales que prohibirían dichas acciones. La devaluación busca destruir lo que es bueno y verdadero; es una ofuscación destructiva y deshonesta. 

Pero no es nada nuevo. La devaluación es, literalmente, el truco más antiguo de “El Libro”. El primer capítulo de la Biblia describe que todo lo que Dios ha creado es muy bueno. Pero en el segundo relato de la creación, que aparece en capítulos posteriores, una serpiente en el jardín del Edén devalúa una norma moral —la obediencia a la ley de Dios— en el pensamiento de una habitante de ese jardín, Eva. 

La Biblia dice que la serpiente era astuta. La serpiente comenzó cuestionando si la ley siquiera existía e insinuando que, si existía, no era un beneficio para Eva y que no tenía sentido obedecerla. Cuando Eva intentó defender la ley de Dios, la serpiente le dijo que Él la estaba engañando, ¡acusando a Dios de la mismísima cosa que la serpiente estaba haciendo! Y con esa táctica, convenció a Eva de que la privarían de algo deseable a menos que abandonara su norma moral. Hay que decir en su favor que Eva, lamentándose más tarde, reconoció que la serpiente la había manipulado para que creyera una mentira.

La devaluación representada por la serpiente es una especie de lo que Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, denomina magnetismo animal. Ella escribe que el magnetismo animal “impulsa a la mente mortal a pensar en forma errada, y tienta a cometer actos ajenos a las inclinaciones naturales. Las víctimas pierden su individualidad, y se prestan como instrumentos voluntarios para llevar a cabo los designios de sus peores enemigos, aun aquellos que los inducirían a su autodestrucción. El magnetismo animal fomenta la desconfianza suspicaz en lo que se debe honrar, el temor donde más fuerte debería ser el valor, la confianza en aquello que se debería evitar, el creerse a salvo donde el peligro es mayor; …” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 211) ; precisamente el efecto que tuvo en Eva.

Durante mucho tiempo, creí que recibía una especie de consuelo de mi desprecio por ciertas figuras públicas que yo consideraba desvalorizaban la verdad, la humildad, la consideración y el respeto a la ley. Entonces, hace un par de años, empecé a darme cuenta de que, a través de ese desprecio, yo mismo estaba devaluando una norma moral: una que Jesús nos dio: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).  

Eso fue una llamada de atención que me alertó de la necesidad de dejar atrás el desprecio, pero fue difícil de obedecer. El progreso llegó por primera vez cuando me sentí inspirado a preguntarme si Dios amaba a los objetos de mi desprecio. El resultado fue sorprendente. 

Simplemente hacer la pregunta empezó a cambiar la forma en que pensaba sobre ellos. La Biblia registra a Dios diciendo: “mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos —declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8, 9, LBLA).  De modo que era necesario que abandonara mi percepción errónea de estas personas, que dejara de decir: “No, Dios, Tú no entiendes; déjame decirte: ¡Esa gente es horrible!”, y buscara conocer la percepción que Dios tiene de ellos como Sus hijos.

¿Crea Dios personas horribles? En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Eddy dice: “Los inmortales, o hijos de Dios en la Ciencia divina, forman una sola familia armoniosa; …” pero también reconoce que “… los mortales, o los ‘hijos de los hombres’ en el sentido material, son discordantes y a menudo falsos hermanos” (pág. 444). En otra parte del libro, escribe: “El hombre real es espiritual e inmortal, pero los así llamados ‘hijos de los hombres’, mortales e imperfectos, son falsificaciones desde el comienzo, a ser desechadas a cambio de la realidad pura” (pág. 409).

Lo que Eddy comprendió tan claramente fue lo que Jesús sabía y enseñó: “La vida es espiritual. Tu existencia física no contribuye a esa vida. Las palabras que te he hablado son espirituales. Son vida” (Juan 6:63, God’s Word® Translation). Estas declaraciones nos dicen que la existencia material no es la vida verdadera. Y eso significa que Dios no la creó. Más bien, Dios, la Mente divina, concibe ideas perfectas y espirituales, y esas ideas —que por tanto deben ser divinas— constituyen la creación.

La pregunta entonces es: ¿Cómo voy a responder a ese hecho? Y específicamente, ¿cómo puedo amar a “esas personas”?

Es un alivio saber que ninguno de nosotros está obligado a generar amor o a traerlo de otro lugar para aplicarlo a una situación. En cambio, se nos pide reconocer que Dios es el Amor mismo, como nos dice la Biblia, y que Su amor ya está presente —es innato en cada uno de nosotros— porque “… el Amor divino no puede ser privado de su manifestación u objeto...” (Ciencia y Salud, pág. 304). Cada uno de nosotros, como creación del Amor, es tanto la manifestación como el objeto del Amor divino. 

Ceder a esta verdad me ha permitido cada vez más —a pesar de las acciones perjudiciales y de mis reacciones a ellas— percibir el amor de Dios por ellos y por mí, y reconocer que eso significa lo que Dios conoce que somos, que es algo que yo puedo amar. Ha sido un paso de progreso que he recibido con agrado. No obstante, una parte esencial de ese amor —y para mí esto requiere un esfuerzo persistente— es abandonar mi antigua convicción de que existen egos malvados, porque no existe ego separado de la única Mente infinita, Dios.

Eso puede ser difícil, pero lo practico al pensar en aquellos que podría considerar comprometidos por la devaluación. Me he dado cuenta de que no es mi función, desde una posición autoimaginada de sabiduría humana superior, iluminar o cambiar a nadie. Mi tarea es corregir humildemente mis propias percepciones de los demás y de mí mismo, basándome en lo que Dios sabe que somos, y comprender este hecho de Ciencia y Salud: “… en la Ciencia nunca puede decirse que el hombre tiene una mente propia, distinta de Dios, que es todo Mente” (pág. 204).  

Piénsalo un momento. El hecho espiritual es que no existe un ego “[distinto] de Dios”, y por lo tanto ningún ego malvado que practique, se moleste o sea engañado por la devaluación. Eso me permite, cuando me siento tentado a pensar lo contrario, decirme a mí mismo, con autoridad y con buen efecto: “¡Eso no es mi pensamiento! Yo solo puedo ser consciente de lo que Dios conoce que es cada uno de Sus hijos”.

Esto no significa que ignoremos la pretensión de la devaluación. Al referirse a “el mal invisible para los individuos y la sociedad”, Eddy advierte: “Este método errado de encubrir el pecado a fin de mantener la armonía, ha dado rienda suelta al mal, permitiéndole primero arder en rescoldos y luego estallar en llamas devoradoras. Lo único que pide el error es que lo dejen en paz; así como en la época de Jesús los espíritus inmundos clamaban: ‘Déjanos; ¿qué tienes con nosotros?’” (Miscelánea, pág. 211).

De modo que no debemos pasar por alto la devaluación. Pero cuando la exponemos y denunciamos, como la sabiduría divina nos brinde la ocasión de hacerlo,  necesitamos verla nada más que como una creencia falsa y mortal, no como una creación de Dios ni ligada a ninguno de Sus hijos.

El sexto artículo de fe de la Ciencia Cristiana incluye nuestra solemne promesa de buscar la Mente que estaba en Cristo Jesús (véase Ciencia y Salud, pág. 497). Y Eddy nos dice algo de lo que esa Mente que Jesús expresaba, contemplaba: “Jesús veía en la Ciencia al hombre perfecto, que aparecía a él donde el hombre mortal y pecador aparece a los mortales” (Ciencia y Salud, págs. 476-477).

Ahora considero ese artículo de fe y la declaración que le sigue cuando me siento tentado a considerar a alguien como un mortal pecador que merece desprecio. En mis oraciones, prometo solemnemente velar y orar para ver y amar, en la Ciencia, solo lo que Dios sabe que son. Ponerlo en práctica es siempre un trabajo en desarrollo, pero cumple “la prueba de toda oración” (Ciencia y Salud, pág. 9) y ajusta un poco más el equilibrio de la consciencia humana hacia el lado del bien. 

Me siento animado por la creciente convicción de que esto es una de las cosas más importantes que puedo hacer por el mundo.

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