Señalar con el dedo. Cuando pasa algo malo, suele hacerse con mucha frecuencia. Aunque apuntar con el dedo a veces puede ser un intento de eludir la responsabilidad, ¿no es mejor averiguar qué salió mal para evitar una situación similar en el futuro? En lo que respecta a la experiencia humana, suele serlo. No obstante, si buscamos una curación completa, hay una forma mucho más elevada de hacerlo.
La Biblia relata que los discípulos de Jesús le preguntaron acerca de un hombre ciego de nacimiento: “¿Quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego? ¿A quién había que responsabilizar por la ceguera de ese hombre? A ninguno, respondió Jesús. “No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. Y entonces Jesús eliminó la ceguera (véase Juan 9:1-7).
La Biblia declara que Dios está verdaderamente siempre presente y es todopoderoso, y que cada uno de nosotros está incluido para siempre en Su amor infinito. Él es el único creador, y todo lo que creó es bueno. Ningún elemento disruptivo puede entrar en la creación de Dios porque Él no creó dicho elemento. Cada uno de nosotros es, en realidad, un hijo amado de Dios, del Espíritu, creado a Su imagen y semejanza. Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene la capacidad innata de ver y experimentar el control perfecto de Dios, el bien que Él está derramando sobre cada uno de Sus hijos. Cuando, a través de la oración, llegamos a comprender esto, empezamos a ver que nuestra propia naturaleza y la de los demás es totalmente espiritual, totalmente buena y, por tanto, inocente e intachable. Esta visión trae curación.
Cuando era estudiante, viajé en tren a otro país como parte de un programa de intercambio. Un vendedor de billetes me entregó un billete de tren y un itinerario para mi viaje. No se me ocurrió comparar los dos y subí al tren indicado en el itinerario. Varias horas después, me encontré varada en una estación de tren apartada, tras haber sido expulsada del tren por llevar el billete equivocado. Solucionar el problema me dejaría con poco dinero y me haría llegar significativamente tarde a mi destino.
Mi reacción inicial fue culparme a mí misma por no haberme dado cuenta del error, y al vendedor por el desajuste. Pero echarle la culpa no resolvería el problema. De hecho, culparme a mí o al vendedor de billetes era argumentar que uno o ambos teníamos el poder de crear una situación fuera del gobierno y control de Dios. Las palabras de un himno me vinieron a la mente:
Me abriga Tu bendito amor,
Tu ley es mi sostén;
Tu mano en todo puedo hallar
y todo en Ti, Señor;
mis pasos guías por mi bien,
Tú vuelves gozo mi pesar.
(Samuel Longfellow, alt., Himnario de la Ciencia Cristiana, N.° 134)
Sentía la profunda certeza de que Dios, el Amor, realmente estaba guiando mis pasos por mi bien. La ayuda apareció de una forma completamente inesperada, y los pasos que necesitaba seguir se fueron manifestando uno a uno. Llegué sana y salva, sin pérdida de dinero y a tiempo.
Este incidente fue causado por dos errores: el del agente de viajes y el mío. Se resolvió cuando me di cuenta de que Dios, el Amor, nunca había perdido el control. No había culpa que asignar; nunca me había apartado del cuidado de Dios, y tampoco los demás .
Si nos enfrentamos a la sugestión de que un individuo o una circunstancia tiene el poder de hacer daño, siempre hay un culpable al que responsabilizar: el falso sentido de que Dios y Su creación son defectuosos y materiales. No solo tenemos el derecho, sino también el deber de acusar a ese sentido culpable, corrigiéndolo en nuestro propio pensamiento y conociendo la realidad del gobierno siempre presente de Dios. Pero no tenemos que hacer esto solos. Cuando con toda humildad estamos dispuestos a dejar a un lado la ira, el dolor y el deseo de culpar, nos damos cuenta de la presencia del Cristo en nuestra conciencia.
Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras nos dice que el Cristo es “la divina manifestación de Dios, que viene a la carne para destruir el error encarnado” (Mary Baker Eddy, pág. 583). El Cristo nos abre los ojos a la guía y el cuidado que Dios nos brinda a nosotros y a nuestro reflejo de Él. Cuando reconocemos y vivimos en acuerdo con nuestra unidad con Dios, el Amor divino, ninguna persona ni circunstancia es capaz de hacernos daño.
La Sra. Eddy escribe: “Cuando esperamos pacientemente en Dios y buscamos la Verdad con rectitud, Él endereza nuestra vereda” (Ciencia y Salud, pág. 254). Cuando abrimos nuestros pensamientos, nuestros corazones, nuestras palabras, nuestras acciones y nuestras vidas al amor de Dios, empezamos a comprender nuestra propia naturaleza verdadera y la de los demás como reflejo del Amor perfecto, Dios. Vemos que, en realidad, ninguno de Sus hijos es capaz de hacer algo reprochable. Esta perspectiva trae curación. Demuestra que, en nuestra relación mutua como hijos de Dios, solo podemos bendecir a los demás y ser bendecidos por ellos.
Lisa Rennie Sytsma, Redactora Adjunta
