Ver a una niña de seis años borrar la letra A, limpiar el papel y dibujar una nueva para que encajara mejor con el MOR que ya había escrito con tanto cuidado me hizo pensar en esa A. Lo que le había ocurrido en el papel —su borrado y reinserción— nunca tocó realmente la idea específica de la A. Las circunstancias externas no la definieron ni la confinaron. Y estuvo lista para empezar apropiadamente la palabra AMOR un momento después.
Algo tan sencillo puede ayudar a ilustrar el precepto espiritual de la resiliencia en toda nuestra experiencia. Dadas las noticias sobre la salud, la economía, el clima y el medio ambiente, la vida terrenal aparenta ser frágil. Y hay momentos en los que parece haber un esfuerzo por borrarnos o eliminar nuestras voces —individual o colectivamente—. Pero muchas veces vemos ejemplos, desde modestos a trascendentales, de la fundamental indestructibilidad del universo de Dios, incluidos cada uno de nosotros.
Ayuda tener algunos buenos amigos de la Biblia que han pasado por lo peor y han salido con pruebas sólidas de resiliencia para animarnos en nuestros momentos difíciles. El apóstol Pablo es un mentor de referencia para salvar contratiempos y superar situaciones difíciles. Es directo respecto a las dificultades que enfrentó, al escribir a otros cristianos sobre las numerosas veces que fue golpeado, que naufragó, estuvo en peligro en el camino, experimentando hambre y frío, y enfrentando la ira de las turbas o las luchas internas de quienes lo rodeaban (véase 2 Corintios 11:24-27).
Pablo no era frágil. Su propósito vital no se vio frustrado. Su voz no fue silenciada. No debido a sus propios esfuerzos humanos —sabía que esos inevitablemente serían insuficientes , incluso con las mejores intenciones—. En cambio, sentía profundamente su propia inseparabilidad de Dios y de Su amor infinito, sobre el que había aprendido al seguir a Cristo Jesús. También sabía que era la gracia ilimitada de Dios la que lo había llevado a través de múltiples viajes, estimados en más de seis mil doscientos cincuenta kilómetros; ¡gran parte de eso a pie!
El mensaje del Cristo que transformó la vida de Pablo le permitió demostrar repetidamente algo de su naturaleza indestructible y espiritual. Comprendiendo que lo que experimentamos está relacionado con cómo pensamos, escribió que “ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6). Mantenernos centrados en nuestra verdadera naturaleza como hijos de Dios es empezar a ver que nosotros mismos somos completamente espirituales y eternos, por ser ideas de Dios, que es la Mente divina de todos nosotros. Entonces comenzamos a vislumbrar, como ilustra esa letra A, que las circunstancias humanas no pueden interferir —ni siquiera tocar— quiénes somos realmente. Y encontramos el impulso que necesitamos.
Al definir nuestra verdadera naturaleza, Mary Baker Eddy escribió que nosotros (individual y colectivamente) somos “la compuesta idea de Dios, e [incluimos] todas las ideas correctas; … lo que no tiene mente separada de Dios; lo que no tiene ni una sola cualidad que no derive de la Deidad; lo que no posee ninguna vida, inteligencia ni poder creativo propios, sino que refleja espiritualmente todo lo que pertenece a [nuestro] Hacedor (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 475).
Las ideas no se pueden borrar. Las cualidades derivadas de Dios son permanentes. Vislumbrar estas verdades espirituales abre nuevas posibilidades, permitiendo una hermosa resiliencia al enfrentar cualquier forma de adversidad.
Mi abuelo tuvo una carrera larga y productiva como jefe de ingeniería en una empresa con un contrato aeroespacial de larga duración con el ejército de los Estados Unidos. Un viernes, llegó a trabajar solo para enterarse de que el gobierno estaba siguiendo una nueva política. El contrato había sido cancelado abruptamente y, a partir de la medianoche, no se emitiría ningún pago adicional. De las mil doscientas personas de su departamento dedicadas a esta tarea, setecientas fueron despedidas de inmediato. Poco después, cerraron todo el departamento y él también se quedó sin trabajo.
El abuelo no estaba en absoluto preparado, ni económica ni emocionalmente, para jubilarse. Sabía que las perspectivas laborales para un ingeniero ya mayor en ese momento eran muy malas. Había asistido a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana desde niño, pero se había alejado de la práctica de esta Ciencia cuando era joven. No obstante, en ese momento se comunicó con un practicista de la Ciencia Cristiana, que lo ayudó a tener un “pensamiento más espiritualizado” y abierto a la inspiración. Empezó a reconocer y valorar todas esas cualidades divinas que tenía para ofrecer.
Poco tiempo después, sintió la necesidad de comunicarse con un amigo, que conocía otra gran empresa que necesitaba un jefe de ingeniería en una industria relacionada. El abuelo fue contratado, ayudó a la empresa a innovar y crecer con diseños que él mismo ideó y —por votación de su junta directiva— trabajó varios años más allá de la edad obligatoria de jubilación. Esa inversión inicial e inesperada en su experiencia, cuando fue satisfecha con una respuesta espiritual, abrió la puerta hacia un sentido más amplio de propósito en su vida.
Como Pablo, y otras innumerables personas de pensamiento espiritualizado que han respondido a la adversidad por medio de la oración que los alinea con la omnipresencia y la omnipotencia de Dios, podemos descubrir que no somos frágiles. Las circunstancias materiales no pueden quebrantar nuestra verdadera naturaleza, cualquiera sea la forma en que aparezcan. Dios sigue siendo la fuente de nuestra identidad, nuestro propósito, nuestra valía y nuestro ser. Dios nos sostiene.
Robin Hoagland, Escritora de Editorial Invitada
