Pequeñas deducciones de puntos y centésimas de segundo suelen marcar la diferencia entre subirse al podio para recibir una medalla o ver la ceremonia de entrega desde un asiento en el público. Durante los Juegos Olímpicos de Cortina en Milán que se celebran en Italia, es inspirador ver cómo los atletas, de camino a tener inspiradoras actuaciones, avanzan a través de esos errores y deducciones.
Lo que hacen los atletas realmente exitosos es aprender y dejar a un lado los errores que han cometido para no restar valor a sus futuros esfuerzos. Roger Federer —cinco veces deportista olímpico y gran tenista— ganó casi el 80% de los 1.526 partidos individuales que jugó. No obstante, por muy notable que sea su récord, recientemente, en un discurso de graduación comentó que solo ganó el 54% de los puntos en esos partidos. En otras palabras, el 46% de sus esfuerzos terminaron en fracaso.
Se enseñó a sí mismo a no concentrarse en los errores. Dijo que “esta forma de pensar es realmente crucial, porque te libera para que te comprometas totalmente con el siguiente punto y el siguiente, con intensidad, claridad y concentración”.
Aunque no seamos atletas olímpicos, podemos practicar dando lo mejor de nosotros mismos y no concentrarnos en los errores. Y hacerlo puede ser más que un ejercicio mental; puede tener una base poderosa de oración. Fíjate en cómo las palabras del apóstol Pablo se alinean con esta práctica: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13, 14).
“El supremo llamamiento de Dios” puede verse como el desempeño de las funciones que cada uno de nosotros está llamado a cumplir como creaciones de Dios. Dios —quien la Ciencia Cristiana enseña es Amor, Mente y Vida— nos creó para mostrar Su naturaleza poderosa y amorosa. Ese es el verdadero sentido de nuestra existencia. Cristo Jesús ciertamente comprendió esto y afirmó: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17).
Dios no nos ve como individuos imperfectos que están tratando de ser algún día humanos perfectos; no, Dios sabe que ya reflejamos solo Su naturaleza. A los ojos de Dios, somos espirituales, perfectos y muy amados. Y solo deberíamos decirnos a nosotros mismos lo que Dios diría de nosotros.
A medida que descubrimos nuestra perfección espiritual y la bondad amorosa que Dios nos ha dado, quizá cometamos errores a lo largo del camino. Si nos obsesionamos con esos errores, es posible que en el siguiente momento no estemos preparados para comprometernos plenamente a progresar con claridad y concentración.
Cuando era adolescente, una vez cometí el error de creerle a un entrenador deportivo bienintencionado que decía que tenía expectativas muy bajas para mí. Durante los siguientes seis meses más o menos, llevé ese pesado decreto como una piedra alrededor del cuello. Mis actuaciones deportivas cumplieron sus predicciones y realmente dejé de gustarme a mí mismo.
Sabía que no podía seguir así y, un día, un amigo me señaló una frase increíble del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras. La autora Mary Baker Eddy tranquiliza a los lectores diciendo que “Dios expresa en el hombre la idea infinita desarrollándose para siempre, ampliándose y elevándose más y más desde una base ilimitada” (pág. 258).
La pesada piedra se desmoronó cuando a partir de ese momento asumí el compromiso de contemplar solo lo que Dios expresaba en mí. Aprendí de mis errores, pero también esperaba con entusiasmo ver más que, para la gloria de Dios, fui creado para elevarme “más y más desde una base ilimitada”. Y pronto mis actuaciones superaron mis esperanzas más grandes.
Cada uno de nosotros existe para manifestar lo que Dios está haciendo y lo que Dios es. La Mente divina que es Dios es absolutamente perfecta y todos estamos incluidos en la autoexpresión de la Mente. Ciencia y Salud afirma: “La Mente omnipotente e infinita lo hizo todo y lo incluye todo. Esta Mente no comete equivocaciones y posteriormente las corrige” (pág. 206).
En el deporte y más allá, vale la pena dirigir nuestros pensamientos ahora en direcciones productivas. No necesitamos permitir que los errores de ayer ocupen demasiado de hoy. Podemos ser más fuertes gracias a ellos y amarnos más. Nada puede quitarnos nuestra capacidad de reflejar a Dios de “que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, ... fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria” (Colosenses 1:10, 11).
