Hablar de política solía considerarse tabú; no apropiado para la sociedad educada. No obstante, hoy en día, las creencias políticas suelen compartirse libremente —y en voz alta— a medida que las tensiones continúan aumentando en los Estados Unidos y en todo el mundo. Preguntar “¿Qué piensas de la política?” ya no inicia un debate cívico sano y activo. En cambio, ha surgido un partidismo intenso como una forma de tribalismo de “nosotros contra ellos”.
Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, tuvo una respuesta radicalmente diferente: “Me preguntan: ‘¿Cuáles son sus ideas políticas?’ En realidad no tengo ninguna, sino la de apoyar a un gobierno justo, amar a Dios supremamente y a mi prójimo como a mí misma” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 276). Como alguien que siempre ha tenido interés en el gobierno, he pensado mucho en sus palabras.
Amar como enseñó Jesús es lo que sana el veneno arraigado del partidismo.
¿Era ingenua Eddy respecto a la política o apoyaba la apatía en respuesta a los asuntos políticos? No lo creo. Como ciudadana estadounidense en el siglo XIX, se opuso a la esclavitud y apoyó el movimiento por la templanza, y sus escritos incluyen oraciones sobre diversos acontecimientos mundiales como guerras y la muerte de líderes nacionales y mundiales. Tampoco era ajena a la crueldad y división que la política puede sacar a relucir en la sociedad: La era posterior a la Guerra Civil no fue una época de armonía y acuerdo.
Eddy no parecía sugerir que había una desconexión con los asuntos sociales y cívicos, sino una forma fundamentalmente distinta de orientarnos e identificarnos como ciudadanos que también son pensadores espirituales. Su respuesta inspira un compromiso impulsado no por la afiliación partidista o las instituciones, sino por Dios, el Principio divino. En la esencia del verdadero gobierno están las cualidades e ideales espirituales —como el servicio, el altruismo, la compasión, la igualdad, la justicia y la seguridad— que prevalecen sobre los debates políticos y trascienden las diferencias políticas. Son atributos universales del Principio innatos en cada persona, cada una de las cuales es creada por Dios.
Para mí, no tener política significa negarme a ver a mis conciudadanos, independientemente de su opinión política, como separados o en contra de estas cualidades e ideales que Dios nos ha dado. Este sentimiento tiene raíces en las enseñanzas de Cristo Jesús: Cuando Jesús citó la importancia del mandamiento de amar a “tu prójimo como a ti mismo”, un abogado le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?” (véase Lucas 10:26-37). Imagino que el abogado se sentía bastante orgulloso en ese momento. Tal vez haya pensado, “Seguramente, hay personas que no merecen mi amor”.
Reconozco que ha habido momentos en los que me he sentido así. Pero en la parábola del buen samaritano que siguió a continuación, Jesús reprendió el fariseísmo, la justificación propia y la hostilidad. No debemos ser como aquellos en la historia que estaban tan comprometidos con sus doctrinas que pasaron con frialdad junto a un hombre necesitado. Más bien, debemos modelar nuestras acciones según las del samaritano —la persona más propensa a ser excluida por el abogado— y abrazar a todos con amor, compasión y cuidado.
Para ser sincera, al leer las noticias cada día, he estado tentada a dudar de la relevancia de las enseñanzas de Jesús y Eddy sobre esto. ¿Son realmente prácticas hoy en día? ¿Es realmente razonable amar a nuestro prójimo —a todos ellos, todo el tiempo—? Entonces tuve una experiencia que me dejó clara la respuesta a esta pregunta: no solo es posible, sino necesario. De hecho, amar como enseñó Jesús es lo que sana el veneno arraigado del partidismo que clama por nuestra atención.
Alojo a mi caballo retirado en una granja a diez minutos de mi casa. Un día del otoño pasado, me enteré de que los funcionarios municipales habían votado para abandonar el mantenimiento de la carretera donde se encontraba el granero. Las implicaciones eran enormes: Los propietarios perderían un valor considerable de la propiedad, ya que la carretera se volvería intransitable, tanto para el público como para los servicios de emergencia. Esta votación se había hecho sin avisar previamente a los propietarios. Un sentimiento de pánico era palpable entre los vecinos, y se organizaba una fuerte oposición para la reunión del pueblo de la noche siguiente.
A medida que avanzaba el día, me sentía cada vez más indignada por la situación, especialmente por las posibles intenciones cuestionables del alcalde y los fideicomisarios. Y a la mañana siguiente, mientras empezaba a orar antes de seguir con mi día, esos pensamientos volvieron de golpe. Sin embargo, en ese momento me detuve mentalmente. “Espera un momento”, pensé. “Sé algo sobre la bondad y la gracia de Dios, y sobre la honestidad e integridad del hombre como imagen y semejanza de Dios. ¿Qué estoy haciendo?” Para mí, esta fue la influencia del Cristo, la verdadera idea de Dios —el Amor divino— que nos habla a cada uno de nosotros de formas que podemos entender (véase la obra principal de Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 332).
En lugar de dejarme llevar por las corrientes mentales de desesperanza, división y animosidad, me mantuve con el Principio divino. Consideré los motivos que podrían haber llevado a los funcionarios municipales al servicio público, como por ejemplo el amor por su comunidad. Y razoné que la bondad de Dios no era una tarta limitada para repartir, dejando inevitablemente a algunos sin lo que necesitan. Dios es el bien infinito, así que nadie puede ser privado de la bondad, el progreso o la seguridad.
Decidí asistir a la reunión como testigo del gobierno universal de Dios y confiar en que solo las decisiones que reflejaran la integridad del Principio podrían mantenerse. Como Gamaliel en la Biblia, podía confiar en que “si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios” (Hechos 5:38, 39).
Aunque muchos asistieron a la reunión, a pocos se les dio la oportunidad de hablar, lo que no inspiró confianza. Pero me mantuve firme en la oración, afirmando que todos estábamos unidos en nuestro amor por la comunidad, y que las buenas ideas correctas no pueden estar en oposición. Más tarde esa noche, sentí la necesidad de enviar un correo electrónico al alcalde y a los fideicomisarios para expresarles mi aprecio por ellos y hacerles saber cuánto valoraba este barrio y sus propiedades.
Vi cuán fácilmente me había dejado llevar inconscientemente por una visión repetitiva y polarizadora de los demás.
Me fui a la cama con una sensación de paz; y me desperté con varios correos electrónicos en respuesta, incluido uno del alcalde. Me aseguró que estaban reconsiderando esta decisión y que estaba seguro de que habría un cambio de rumbo. En la siguiente reunión, la decisión de abandonar la carretera fue revocada por unanimidad —algo que me habían dicho que era imposible debido a las posturas previas de ciertos fideicomisarios—. Además, el alcalde admitió públicamente que se habían equivocado y humildemente pidió disculpas.
Por supuesto, yo estaba agradecida por la reversión de una decisión injusta. Pero aún más significativa para mí fue la lección que aprendí sobre la política. A través de esta experiencia, vi que cualquier situación aparentemente irresoluble era en realidad una visión hipnótica y equivocada de las cosas. Vi cuán fácilmente me había dejado llevar inconscientemente por una visión divisiva de los demás. Y vi cuán rápido y eficazmente podía el Principio divino, el Amor, despertarme de golpe para que viera lo que en realidad estaba ocurriendo espiritualmente.
A medida que sigo pensando en eventos nacionales e internacionales, mis oraciones han encontrado un nuevo impulso. Mi convicción ha crecido en que, en lo que respecta a la política, de hecho, puedo “no tener ninguna”; que puedo negarme a aceptar la idea de que cualquier ciudadano del mundo sea inherentemente odioso hacia mí o hacia cualquier otra persona debido a las diferencias en puntos de vista, origen, raza, etc. Tengo la renovada esperanza de que, con las firmes oraciones de cada uno de nosotros, la intensa división política —y cualquier supuesto problema intratable que aviva esta división— pueda sanarse.
