Hace dos años, mi hijo y yo, junto con otros familiares, íbamos a celebrar el Día de la Madre en una isla del río Paraná. Era domingo y un día precioso y soleado. Nos encanta ir a la isla para pasear en lancha y disfrutar de las hermosas playas.
Para llegar a la isla, tuvimos que llegar a la guardería náutica para subir a la lancha. La escalera que baja al río estaba muy rota por efecto del clima y los escalones se habían podrido parcialmente. La baranda estaba rota y era peligroso bajar.
Cuando bajé uno de los escalones, me caí sobre la explanada de madera y hierros donde termina esa escalinata, y mi cuerpo y cabeza golpearon contra el piso. Mi hijo estaba atrás mío, pero todo ocurrió en un segundo.
Lo primero que pensé cuando iba cayendo fue que un hijo de Dios nunca puede caer de su estado elevado. Lo declaré en voz alta y también afirmé que esto no me había pasado porque no hay accidentes en el reino de Dios, donde me muevo y vivo.
Bueno, mi hijo y yo nos empezamos a reír porque la situación se volvió cómica y yo, desparramada en el piso, no sentía dolor alguno. Me levanté y subí a la lancha.
Cuando llegaron los demás familiares, mi hermana y yo empezamos a orar. Pasamos el Día de la Madre en armonía. Sinceramente, me sentía muy bien.
Al día siguiente fui a trabajar. Trabajo en la administración de un hospital público. La gente allí me preguntó qué me pasaba porque vieron las raspaduras, pero no le di mucha importancia y seguí adelante. Sin embargo, empecé a sentir un dolor muy fuerte en el pie izquierdo, lo que me impedía caminar con normalidad.
Seguí yendo al trabajo, y continué orando y centrándome en lo que Mary Baker Eddy escribe sobre los accidentes en su libro Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “Los accidentes son desconocidos para Dios, o la Mente inmortal, y tenemos que abandonar la base mortal de la creencia y unirnos con la Mente única, a fin de cambiar la noción de la casualidad por el sentido correcto de la infalible dirección de Dios y así sacar a luz la armonía” (pág. 424).
Una mañana de esa semana, llegué al hospital cojeando porque me dolía mucho el pie. Tenía el tobillo hinchado. Justo me encontré con una traumatóloga que conocía. Cuando vio mi pie, dijo que necesitaba atención médica. Y me pidió que me hiciera una ecografía.
Me hicieron la ecografía y los resultados mostraron que tenía dos tendones desgarrados. Negué mentalmente ese diagnóstico y en su lugar afirmé mi perfección, mi semejanza indestructible con el Dios Todopoderoso. La traumatóloga me pidió entonces que me hiciera una resonancia magnética y seguí orando. Pues bien, la hinchazón en mi pie pronto bajó y el dolor cesó. Cuando recibí los resultados de la resonancia una semana después, me dijeron que no tenía ningún problema, que no tenía lesión ni había indicios de tendones rotos. Eso fue hace dos años.
Para mí, esto fue realmente una curación maravillosa. Se trataba de ser consciente de quién soy. Sentía claro en mi corazón que el accidente no ocurrió, que era un espejismo, una mentira, que no era la verdad del ser. Soy una idea espiritual de Dios, y las ideas no se caen, no se lastiman y luego se arreglan. Soy un reflejo del bien, de Dios, de la Mente infinita. Una idea no puede caer de su estado elevado porque, como idea, siempre está sostenida por el Padre Todopoderoso.
Nora Patricia Capellera
Rosario, Argentina
