Desde hace unos años, he estado orando en respuesta a los informes de las crecientes divisiones y aislamiento entre la gente. Un libro titulado Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community de Robert D. Putnam (Nueva York: Simon & Schuster, 2000) ha aportado ideas útiles que sugieren cuestiones concretas que puedo abordar mediante la oración.
Putnam señala una disminución en la participación en las actividades sociales y cívicas tradicionales, lo que ha provocado sentimientos de aislamiento, soledad y desconexión con la familia, amigos y vecinos. Escribe que el compromiso regular con los demás, en cambio, construye el “capital social”. Este término se refiere a una red de relaciones y recursos dentro de una comunidad que disminuye la soledad y favorece la conexión, la confianza y las relaciones mutuamente respetuosas.
He comprobado que el aislamiento y la disminución del capital social pueden abordarse con eficacia mediante la oración, al acercarnos a Dios y comprenderlo mejor como nuestro Padre-Madre y a nuestra identidad como la expresión de Su naturaleza como el bien infinito. Orar para ser más conscientes de la bondad de Dios en nuestras experiencias cotidianas y como la expresan los demás es una buena forma de empezar. Vemos la bondad de Dios reflejada en cualidades espirituales como la compasión, la paciencia y el perdón, los cuales apoyan la hermandad de la humanidad. Las mismas ayudan a alcanzar y mantener un sentido espiritual de comunidad.
Cristo Jesús, el maestro cristiano, enseñó la importancia de ver en cada uno todas las cualidades de Dios, las cuales son inherentes a nosotros por ser el reflejo del Amor divino. Enseñó a sus seguidores a amarse y cuidarse unos a otros, así como Dios cuida de nosotros, porque solo a través del amor puro de Dios podemos sanar los males del mundo. Sus discípulos trabajaban y comían en comunidad y aprendían continuamente de su Maestro y unos de los otros. Salieron al mundo, no solos, sino en parejas, para compartir la Palabra de Dios con otros buscadores espirituales. Tengo la certeza de que los seguidores de Jesús fueron fortalecidos por la hermandad que compartían y que esto debió de servir de modelo para el apóstol Pablo al sentar los fundamentos de la iglesia cristiana primitiva.
Pablo fue un maestro constructor de la comunidad. Se refería a sus compañeros cristianos como hermanos y hermanas y los animaba a apoyarse mutuamente. Compartían comidas, hogares, finanzas y el ministerio. Los llamó a aceptar a todos como iguales porque todos fueron creados por un único Dios. Escribió a los cristianos en Galacia: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). En una carta a la iglesia de Corinto, instaba a los miembros a ser caritativos y amables y a valorar las diversas habilidades y contribuciones de todos, “porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Corintios 12:12).
En ciertos momentos de nuestra vida podemos sentir una sensación de aislamiento y soledad, o la separación de una comunidad que nos apoya. Quizá la familia y los amigos no estén fácilmente disponibles. Pero Dios siempre está con nosotros y es una ayuda presente. En los Salmos se nos promete: “Dios hace habitar en familia a los desamparados” (68:6). Este es uno de los mensajes más llenos de esperanza en la Biblia. Nuestro amoroso Padre-Madre nos cuida las 24 horas del día, los 7 días de la semana, satisfaciendo todas las necesidades humanas, incluida la compañía. Su pacto con Su pueblo es eterno, trasciende las asociaciones humanas, linajes y lazos familiares tradicionales.
Esto se me hizo evidente hace dos años, cuando me mudé a una casa en una calle donde no conocía a nadie. Fue un cambio difícil porque implicaba vender una casa y mudarme a un lugar más pequeño mientras renovaba la nueva. La guía de Dios me ayudó a enfrentar toda la experiencia. Estaba muy agradecida por las amorosas oraciones de un practicista de la Ciencia Cristiana. Vivo sola y a menudo he orado con el pasaje mencionado: “Dios hace habitar en familia a los desamparados”.
Tras mudarme a la nueva casa, me conmovió profundamente descubrir que Dios en realidad me había colocado en una amorosa “familia” de barrio. Seis de mis nuevos vecinos me han tomado bajo su protección. Compartimos comidas y hacemos noches de juegos. Mi vecino directo corta el césped en una parte del césped que es difícil de acceder. Dos vecinos me han ayudado con el cuidado del perro. Varios también me han asesorado o ayudado con reparaciones en la casa. Han sido como los hermanos y hermanas de los que habló Pablo. He correspondido con gusto a su amabilidad y valoro mucho su amistad. Esta comunión es una prueba poderosa de la presencia de Dios.
Aunque la participación en las organizaciones sociales tradicionales pueda estar disminuyendo, el sentido de compañerismo o conexión que todos los hijos de Dios tienen naturalmente entre sí nunca puede perderse. Perdura porque todos somos creados y criados por el mismo Dios amoroso. Mary Baker Eddy escribe en el libro de texto de la Ciencia Cristiana: “Los ricos en espíritu ayudan a los pobres en una gran hermandad, teniendo todos el mismo Principio, o Padre; y bendito es ese hombre que ve la necesidad de su hermano y la satisface, buscando su propio bien haciendo el bien a otro” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 518). Cada vez que nos acercamos con amor y hermandad a un compañero de trabajo, vecino o familiar, o aceptamos gentilmente esos gestos de amor de otros, expresamos el espíritu del Amor que Cristo Jesús ejemplificó. Esto enriquece y amplía no solo nuestro propio capital social, sino también el de nuestra comunidad.
