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¿Qué mano está en el grifo?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 12 de enero de 2026


Prácticamente toda vida humana se encuentra con situaciones en las que el flujo del bien parece gravemente interrumpido o incluso totalmente bloqueado. Una pregunta útil que puedes hacerte es: “¿Quién o qué es eso que creo que controla el flujo del bien en mi vida, es decir, de oportunidades, felicidad, salud, afecto, paz, etc.?”.

Tal vez parezca que un empleador, un vecino, un familiar, un político o un gobierno ha puesto un obstáculo en el camino de tu bien. Puede que te sientas tentado a sentir que eres una víctima indefensa de personalidades humanas irracionales o beligerantes. En tales casos, se necesita una perspectiva espiritual más elevada para romper el hipnotismo de la frustración y el temor. Entonces es posible quitar el control de todo lo que nos impide percibir el flujo natural del bien espiritual que viene a cada uno de nosotros continuamente desde la Mente única e infinita, Dios.   

Desde la perspectiva espiritual que ofrece la Ciencia Cristiana, el culpable nunca es una persona, sino siempre una creencia errónea acerca de la naturaleza del bien como finita y material. Esta creencia errónea parece poseer autoridad y poder, pero, de hecho, solo tiene el poder que le atribuimos. 

La Biblia nos dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). En otras palabras, Dios, el Espíritu, es la única fuente del bien, el cual es, por ende, completamente espiritual y totalmente fiable. 

No obstante, con demasiada facilidad nos engañan haciéndonos creer que el bien, en todas sus formas, es de origen humano o material y, por ende, es vulnerable a la interrupción por la acción o la inacción de otros, o que somos personalmente responsables de determinar su continuidad, o incluso su existencia.

El concepto del bien como material, limitado y espasmódico —disponible para algunos, pero no para otros, o en algunos momentos, pero no siempre— es como la casa construida sobre la tierra en lugar de la roca, que se derrumba en tiempos de dificultad (véase Lucas 6:48, 49). Sería ingenuo e inútil construir nuestras esperanzas sobre este concepto material del bien. 

Al elevarnos más alto en nuestras oraciones hacia una comprensión espiritual del bien, discernimos su Principio divino, el Amor, y obtenemos una certeza, construida sobre ese sólido fundamento, de la continuidad y universalidad del bien. Y puesto que el Cristo —la idea divina que habla continuamente a nuestra conciencia— nos equipa espiritualmente, podemos demostrar cada vez más el hecho espiritual de la imparable actividad del bien.   

En mi carrera, en ocasiones reportaba a directivos con personalidades sumamente dominantes. Ejercían su asunción de poder y autoridad de maneras que perjudicaban personalmente a los demás y perturbaban un entorno laboral productivo. Vi a compañeros ser humillados y despedidos injustamente. A veces me sentía atrapado por la presión de cumplir expectativas que parecían irrazonables e imposibles. En un momento dado, sufrí un grado de enfermedad que me llevó a dimitir porque sentía que era la única forma de recuperarme.  

Quería sanar estas situaciones, tanto para mí como para los demás. Necesitaba desafiar mentalmente y rechazar la presunción de que un poder personal obstinado y dañino tenía el control y reemplazarlo por la seguridad del control misericordioso, amoroso y perpetuo de Dios. ¿Quién creía yo que tenía la mano en el grifo? Es decir, ¿quién o qué creía yo que controlaba el flujo del bien?

La tentación era creerme víctima de una mente maliciosa totalmente separada y desemejante a Dios. Mi oración incluía el reconocimiento de que, dado que Dios es tanto la Mente infinita como el Amor ilimitado, el Amor es la única Mente posible que gobierna el universo, incluyendo a cada uno de nosotros. Rechacé el razonamiento falso que vería la Mente y el Amor como separados y argumentaría que una mentalidad maliciosa tenía el control. Al darme cuenta más claramente de la inseparable unidad entre la Mente y el Amor, mi temor a una mentalidad dañina y controladora cedió ante el apacible sentido de que la “mano” de Dios estaba en el grifo.   

La resolución finalmente llegó con el reconocimiento de que el Amor divino es la única Mente del hombre, que gobierna toda individualidad, y que ninguna otra pretensión al poder podía interferir con este hecho espiritual. Los comportamientos abusivos disminuyeron y, en algunos casos, cesaron. En el caso de mi enfermedad, mi dimisión no fue aceptada y fui sanado gracias al tratamiento de la Ciencia Cristiana y volví al trabajo en menos de tres semanas. Lo mejor de todo es que tenía la renovada convicción de que estaba libre de la dominación. En las dos décadas siguientes de empleo, estuve libre de esas experiencias y pude ayudar a prevenir o resolver entornos laborales similares para otras personas.

Las noticias de todo el mundo pueden ser muy convincentes al argumentar que están ahogando el flujo del bien hacia millones de personas. Es tentador creer que agresores deliberados están dejando a un gran número de personas indefensas y sin esperanza. Pero sentirse paralizado por tales puntos de vista solo refuerza el aparente control de la creencia en un poder maligno.   

Los pensadores espirituales pueden marcar una diferencia considerable al rechazar la apariencia hipnótica de la supremacía de las mentalidades malignas y la ineptitud de la bondad. Basado en los poderosos ejemplos de Jesús y sus apóstoles, el libro de texto de la Ciencia Cristiana afirma: “El mal no es supremo; el bien no está desamparado; …” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 207).

Cristo, la voz de la Verdad y el Amor omnipotentes, habla a cada conciencia individual. Genera y anima la certeza espiritual de la supremacía absoluta y el control sobre todo del Amor divino. El bien nunca está ausente ni es indefenso. El Principio divino omnipresente, el Amor, es la única Mente, el único legislador, y todos somos capaces de realizar estos hechos espirituales lo suficiente como para liberar del control que la creencia en el poder malicioso afirma tener sobre el libre flujo del bien. 

La repetición descontrolada del mal, la somnolencia mental, la falta de visión, la denigración propia —todas fases de la mente mortal, la falsa mentalidad que afirma gobernar a los mortales— demuestra que estamos cediendo a una mano ilegítima en el grifo, y eso generaría estancamiento. 

La Sra. Eddy atribuye toda oposición y alteración del bien en la existencia humana a la actividad de esta supuesta mente. Ella exhorta: “Sé el portero a la puerta del pensamiento. Admitiendo sólo las conclusiones que deseas que se realicen en resultados corporales, te gobernarás armoniosamente a ti mismo” (Ciencia y Salud, pág. 392). Considero que ella nos aconseja estar atentos al grifo y alertas para detectar cualquier creencia de que pueda existir un poder que actúa en oposición a Dios para impedir que alguien reciba el pleno flujo de la bondad de Dios.

Esforcémonos por elevarnos a las alturas de la promesa de la Sra. Eddy: “El poder de la Ciencia Cristiana y del Amor divino es omnipotente. Es en verdad adecuado para liberar de la sujeción de la enfermedad, del pecado y de la muerte y destruirlos” (Ciencia y Salud, pág. 412). Esto abrirá nuestra experiencia a los canales que fluyen eternamente del bien divino, no solo para nosotros individualmente, sino también para nuestros conciudadanos en todo el mundo.

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