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Para jóvenes

¿Quieres orar por el mundo? Comienza aquí

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 1º de junio de 2026


Estaba pensando en la guerra en Irán cuando les pregunté a mis alumnos de la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana: “¿Se consideran capaces de sanar como Jesús lo hizo?”

Uno puso una cara que resumía los sentimientos de todos, y todos nos reímos. Era una cara que decía: “Ah, para nada”.

Sin embargo, estuvimos de acuerdo en que era una pregunta sobre la que valía la pena reflexionar. Especialmente porque Jesús nos dijo que podíamos sanar como él lo hizo y hacer obras aún mayores. ¿Podría eso incluir tener un impacto sanador en lo que ocurre cuando estalla una guerra?

Cristo Jesús no se dejó abrumar por los grandes problemas que enfrentó —e incluso pudo sanarlos— por dos razones. Primero, él sabía qué es Dios. Y segundo, sabía quién era él por ser Hijo de Dios. Con esta comprensión, nada podía detenerlo. De igual manera, para nosotros la cuestión es si empezamos nuestras oraciones desde este punto de vista: plenamente conscientes de lo que es Dios y abrazando plenamente quiénes somos por ser Sus hijos.

Nuestra clase se sentía bastante segura de saber qué es Dios. Dos libros de los que aprendemos en la Escuela Dominical —la Biblia y Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy— nos dicen todo lo que necesitamos saber sobre la naturaleza de Dios. Dios es el Amor infinito, la Mente omnisciente. Dios es omnipotencia, omnipresencia. Y Dios es tanto bueno como Todo —es decir, no hay lugar ni espacio para nada dañino, opresivo o malo—.

La oración nos ayuda a comprender a Dios de una manera que nos hace estar tan seguros de Su bondad que reemplaza cualquier miedo o preocupación de que algo malo pueda existir. Pero a veces, antes de que podamos llegar allí, la ansiedad o la incredulidad se cuela y dice: “Sí, pero ¿quién soy yo para pensar que puedo orar con suficiente eficacia como para que mi oración marque la diferencia aquí?” Ahí es cuando ayuda saber qué significa ser hijo de Dios.

Más tarde, me puse a orar por esto porque me di cuenta de que “hijo de Dios” para mí eran solo palabras. Y mientras oraba, fue como si mis pensamientos fueran una habitación donde las luces pasaban de tenues y opacas a fuertes y brillantes.

Dios me mostró que un niño muy pequeño aprende todo sobre quién es de sus padres. Todo lo que sabe sobre su identidad viene de mamá y papá. Esto fue espiritualmente significativo porque me mostró que lo que pensamos de nosotros mismos —como capaces o no— es completamente irrelevante. Solo lo que Dios, nuestro divino Padre-Madre, sabe de nosotros puede ser real o verdadero. Dios nos ve tal y como nos hizo: reflejando claridad, compasión, visión y fortaleza.

Dios también me mostró que un niño depende completamente de sus padres. No se siente responsable. Es el receptor de la bondad y el amor; no tiene que crearlos. Esto me ayudó a no sentirme abrumada por orar por el mundo, porque entendí que mi trabajo era ver lo que Dios ya ha hecho por todos. No tenía que arreglar las cosas, sino aceptar que el Padre-Madre de todos nosotros era Quien mantenía, protegía y amaba a toda Su creación.

Sentir de una manera tan nueva y convincente quién soy dio un gran impulso a mis oraciones. En los días siguientes, he notado que me siento preparada para enfrentar problemas, grandes y pequeños, que surgen en mi propia vida. De hecho, en un momento dado, cuando enfrenté un problema preocupante que parecía no tener solución, respondí casi automáticamente recordando que soy hija de Dios, y todo lo que eso implica. Para mi sorpresa, sentí lo que solo puedo describir como la paz de la presencia de Dios; entonces me vino una idea inmediata que me mostró exactamente cómo resolver el problema.

Mis oraciones acerca de la guerra en Irán también se han fortalecido. He tenido que ser constante a la hora de orar; parece que hay detalles angustiosos que enfrentar cada día. Pero al ver los resultados que he tenido en mi propia vida, sé que también puedo orar por estas cosas más grandes. Me siento fortalecida para orar de forma más amplia empezando por quién soy realmente espiritualmente y entendiendo que, a partir de ahí, soy libre de esperar que el poder de Dios y sus efectos sanadores, que Jesús nos mostró a través de sus curaciones, sean igualmente inmediatos para todos nosotros.   

Tal vez sintamos que todavía nos queda mucho camino por recorrer para hacer esas obras “aún mayores” que Jesús prometió que haríamos, y llevar curación al mundo. Pero ¿saber que tenemos un punto por donde empezar, y luego empezar? Eso tiene que marcar la diferencia: para el conflicto en Irán, y para cualquier otro problema al que queramos traer curación.

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