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Reclamemos nuestra inmortalidad

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de abril de 2026


Para muchas personas hoy en día es natural ver que la vida es cíclica; asumir que, si algo vive, tiene un ciclo vital. La metáfora básica de esto es el día. Así como transcurre nuestro día, desde el amanecer hasta el mediodía, la tarde y la noche, también creemos que pasamos por el ciclo de la vida: una vida que tiene un principio (nacimiento) y un final (muerte) muy perceptibles. 

Sin embargo, a pesar de la apariencia de los ciclos vitales a nuestro alrededor, medidos por la rotación de la Tierra sobre su eje y la revolución alrededor del sol, desde el punto de vista del mundo y el sol, no hay un comienzo ni un final del día. Y la Biblia presenta una perspectiva de la Vida como Espíritu, Dios, sin principio ni fin. Isaías, el profeta hebreo, nos asegura que Dios “destruirá a la muerte para siempre” (Isaías 25:8). San Pablo repite esa misma verdad en su primera carta a los cristianos en Corinto, rompiendo así el dominio de los “años”, una medida temporal, sobre la vida (véase 1 Corintios 15:54)   

Consciente de ello, Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, nos anima a alejarnos, mentalmente, de esa falsa creencia en los ciclos de la vida. De hecho, es radicalmente contundente en este sentido. Ella escribe en el libro de texto de la Ciencia Cristiana: “Jamás lleves cuenta de la edad.... Los registros de nacimien­tos y defunciones son otras tantas conspiraciones contra el estado completo de hombres y mujeres” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 246).

Ella no nos está simplemente apartando del concepto equivocado generalmente  aceptado de que toda vida forma parte de algún patrón cíclico de nacimiento, desarrollo, deterioro y muerte. También dirige nuestra atención hacia el hecho  trascendental de que la Vida es eterna, rechazando categóricamente la noción de una vida cíclica con la siguiente afirmación: “El sol radiante de la virtud y la verdad coexiste con el ser. El estado completo del hombre es su eterno mediodía, no atenuado por un sol declinante” (Ciencia y Salud, pág. 246).

Con este símbolo de un eterno mediodía, claramente no se refiere a una larga vida mortal; una vida medida por el segmento temporal de años, por muchos que sean. Su libro de texto nos saca mentalmente de un mundo del tiempo. Muestra que el mundo del tiempo es un mundo de limitaciones, materia y error (véase la definición de tiempo en el Glosario de Ciencia y Salud, pág. 595), y muestra que podemos identificarnos con mayor precisión como viviendo en el reino de la eternidad. 

Todos hemos experimentado momentos de atemporalidad. Por ejemplo, puede parecer que el tiempo se detiene al estar ante una cascada o al asimilar mentalmente una nueva verdad espiritual. El reino de la eternidad es un mundo sin comienzos ni terminaciones, principios ni fines. Es un mundo sin límites de ningún tipo.

Por encima de todo, es un mundo con un creador que sigue siendo creativo, a fin de renovar Su creación. Uno podría decir que nuestro creador da vida. Pero la Ciencia Cristiana va más allá. Identifica a Dios como la Vida misma. De este modo, podemos empezar a apreciar que la Vida divina nos está viviendo, ¡eternamente! Esto nos da una comprensión más profunda de nuestra unidad con nuestro creador.

Esta idea de la vida eterna se destaca en las enseñanzas de Cristo Jesús. Él enseñó que la vida eterna es una realidad presente a experimentar para quienes creen en él y en su Padre. No es simplemente una recompensa futura. Nos asegura: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna” (Juan 5:24).

En varios de los Evangelios, a Jesús se le pregunta de alguna manera: “¿Cómo puedo obtener o heredar la vida eterna?” (véanse Mateo 19:16; Marcos 10:17; Lucas 10:25; 18:18). Constantemente explica cómo podemos experimentar en efecto la vida eterna. Sus respuestas varían algo de un Evangelio a otro. Sin embargo, todas apuntan a lo que podemos hacer con nuestro pensamiento y con nuestras acciones, reenfocando el pensamiento y la acción en Dios.

Sus respuestas incluyen:   

• “Guarda los mandamientos” (Mateo 19:17);

 • “Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Marcos 10:21); es decir, revisa totalmente tu sentido de las prioridades;   

• “Haz esto, y vivirás” —refiriéndose a lo que dijo un interrogador acerca de “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27, 28)—;   

 • Sé como el buen samaritano: desinteresado, compasivo, generoso (véase Lucas 10:30-37).

En Juan también dice: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Así que debemos aprender de las profundas enseñanzas y ejemplos de los profetas, y especialmente de Jesús y sus apóstoles.

Todas estas cosas son sencillas y están al alcance de todos. Siguiendo los mandamientos de Jesús, la inmortalidad se revela como inherente a cada uno de nosotros. Esa es exactamente la conclusión a la que llegó Mary Baker Eddy, quien dedicó su vida a alcanzar una comprensión profunda y práctica de las enseñanzas de Jesús. Lo que la llevó a esta sorprendente conclusión: “El hombre, al ser inmortal, tiene una vida perfecta e indestructible” (Ciencia y Salud, pág. 209).

Cuando conocí la Ciencia Cristiana siendo adolescente, me quedé impresionado por esa conclusión. ¡Soy inmortal! ¡Todos somos inmortales! Yo no solo no estaba en un patrón de vida cíclico, de camino a un deterioro inevitable, sino que tenía una vida perfecta e indestructible.

Desde que supe esto, he disfrutado de seguir el ejemplo de Jesús de conocer y vivir la vida eterna. Sigo haciendo buceo, ala delta y senderismo mucho después que otros que ya han dejado de hacer actividades como estas. Lo atribuyo a una comprensión más profunda de mi inmortalidad: un eterno mediodía, no atenuado por un sol declinante.  

Lo que Jesús llama “el mundo” —esencialmente, una forma de pensar materialista— nos entrena para aceptar el proceso de envejecimiento como algo natural, incluso inevitable. No obstante, podemos desafiar esta educación falsa. Podemos empezar a redefinirnos como totalmente separados de todas las numerosas teorías del ciclo de vida. Podemos empezar a apreciar nuestra inmortalidad genuina.

Nosotros también podemos comenzar a vivir en la eternidad, no en el tiempo, siguiendo el consejo de Ciencia y Salud de dar “forma a nuestros puntos de vista de la existencia con belleza, lozanía y continuidad, en vez de vejez y decrepitud” (pág. 246).

El gobierno de Dios existe fuera del tiempo, fuera de todo tipo de limitación.

John Tyler
Redactor de Editorial Invitado

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