Cuando mi hija adolescente se dio cuenta de que estaría sin móvil todo un verano, su respuesta me tomó por sorpresa: “¡En realidad es un alivio!” Me sorprendió, no porque esté especialmente apegada a su teléfono —aunque, como muchos de nosotros, rara vez va a algún lado sin él— sino porque su expresión de alivio fue muy genuina. Más tarde, dijo que separarse de su móvil la hizo estar más consciente de sus intereses creativos y plenamente presente con los demás.
Su experiencia puso de manifiesto algo importante. Si una simple separación del móvil puede permitir que tengamos una mayor presencia y conciencia mentales, ¿qué haría por nosotros una vigilia espiritual más profunda? No se trata solo de estar más atentos a nuestro entorno o a nuestras relaciones, sino de estar plenamente presentes en nuestra unidad con Dios, mentalmente alerta ante el bien que está siempre a nuestro alcance.
Rutinas sin sentido, distracciones familiares o simplemente respuestas emocionales —preocupación, dudas, ajetreo— pueden embotar nuestra percepción espiritual y hacernos ir a la deriva en una niebla mental. Esta es una forma sutil de estar hipnotizado por la vida moderna. En las enseñanzas del apóstol Pablo a algunos de los primeros cristianos, él apeló a ellos para que “sirvieran al Señor sin distracciones” (1 Corintios 7:35, New King James Version). Esforzarnos por comprender mejor a Dios nos permite ser más conscientes de la actividad siempre presente de Dios como la Mente única e infinita, que de los problemas en nuestras vidas.
A medida que cultivamos una conciencia activa del bien divino en desarrollo a través del alentador mensaje del Cristo —la verdadera idea de Dios— esto no solo nos evita caminar mentalmente dormidos durante el día, sino que nos ayuda a estar más conscientes de la vital realidad y presencia constante de la Mente divina. Todos, como expresión de Dios, reflejamos esta conciencia espiritual infinita y podemos encontrar la disposición a inclinarnos “ante Cristo, la Verdad, para recibir más de su reaparición” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 35). Las vislumbres propias del Cristo que transforman nuestro pensamiento y nos despiertan a la bondad divina alimentan y apoyan nuestro crecimiento espiritual.
Estar espiritualmente despiertos no solo nos bendice, sino que nos hace mejores y más eficaces sanadores. Es tomar en serio el llamado a los estudiantes de la Ciencia Cristiana para “[mantenerse] despiertos y despertar al mundo” (Mary Baker Eddy, Mensaje de La Iglesia Madre para 1902, pág. 17). Estar espiritualmente despierto significa reconocer la verdadera individualidad de los demás divinamente imbuida, sobre todo en situaciones donde parece en verdad difícil. Esforzarse intencionalmente por expresar cualidades divinas, como bondad, honestidad, fortaleza e inteligencia, eleva la vida cotidiana. Empezamos a ver más espiritualmente; como Dios, el Espíritu, ve.
No obstante, cuando sentimos el deseo de ayudar a los demás a despertar espiritualmente, debemos empezar por revisar nuestra propia conciencia y nuestra propia comprensión de Dios. La respuesta de Eddy a una pregunta sobre la función que desempeña el sanador al ayudar a otros da cierta orientación: “El discípulo sincero de Ciencia Cristiana es purificado por medio del Cristo, la Verdad, y así se prepara para alcanzar la victoria en la lucha ennoblecedora” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 41).
No importa cuánto tiempo llevemos practicando esta Ciencia del Cristo, todos seguimos siendo estudiantes. Ser “purificado por medio del Cristo” —ser alertados de cualquier cosa basada en el miedo o separada de Dios en nuestro pensamiento— es una forma de despertar espiritualmente. Nos eleva por encima de la niebla mental de la preocupación, la duda sobre uno mismo y la ociosidad. Alcanzar y mantener este estado de alerta es la continua labor de la salvación cristiana, y muestra la necesidad de estar dispuestos a ser regularmente revitalizados y renovados por el espíritu del Cristo que Jesús explicó y probó.
En la Biblia, vemos que el verdadero despertar suele comenzar cuando las personas desafían las suposiciones comúnmente aceptadas de que la vida es mortal y material. Tomemos el caso de un hombre que había estado enfermo durante 38 años y yacía indefenso junto a un estanque que, según se creía, tenía poderes curativos, esperando poder tener acceso a las aguas que pensaba que lo sanarían (véase Juan 5:2-9).
Jesús le preguntó si quería estar sano. El hombre desde luego que quería, pero no veía cómo lograrlo. No había nadie que pudiera o quisiera ayudarlo como dictaba la creencia convencional —a ser el primero en ser sumergido en la piscina cuando el agua empezaba a moverse—. Pero Jesús vio que el hombre era totalmente espiritual, la imagen y semejanza de Dios, el Espíritu. Le dijo que se levantara y caminara. Esta orden despertó la conciencia del hombre, quien se levantó de inmediato y anduvo, al ser despertado por la autoridad espiritual del Cristo para verse a sí mismo como Dios lo veía, ya sano y libre.
La indicación de Jesús trascendió las expectativas culturales y el razonamiento humano. Señaló el único poder divino siempre presente que no depende del tiempo, la casualidad ni las condiciones materiales. Y cuando el hombre obedeció, se sanó de inmediato. La bendición ya estaba ahí, esperando su reconocimiento.
Cada vez que pensamos que estamos caminando fatigosamente por una vida basada en la materia —distraídos por una cosa u otra en vez de sentirnos presentes con Dios—, el Cristo nos despierta para que veamos quiénes somos realmente y que la verdadera naturaleza de nuestro ser es espiritual. Y esto no solo ayuda a nuestra propia vida, sino que también contribuye a que el mundo tome conciencia de la seguridad, el amor y la salud eternos que tenemos en la presencia y cuidado del Amor divino por nosotros.
Larissa Snorek, Redactora Adjunta
