A veces parece que hacer algo de forma demasiado repetitiva puede provocar lesiones o agotamiento. Una perspectiva basada en la materia tiende a considerar esto como una relación de causa y efecto “normal”, algo que simplemente debe aceptarse. No obstante, espiritualmente, hay otra forma de verlo.
Aprendí un poco sobre esto mientras entrenaba para una carrera en bicicleta de montaña a lo largo de la División Continental desde Canadá hasta México. Durante el invierno, para entrenarme recorrí muchos kilómetros y estuve lidiando con varias lesiones a medida que se acercaba la fecha de la carrera. El persistente dolor en las rodillas y las llagas por el asiento me hicieron sentir inseguro respecto a empezar algo que requiriera andar largas horas cada día durante varias semanas.
Así que oré. Le pedí a Dios que me diera la comprensión de cómo abordar el desafío físico desde una perspectiva espiritual —una perspectiva que estaba seguro traería curación—. Y la inspiración que me vino en la oración fue que ninguna acción espiritual resulta en lesiones o agotamiento.
Sentí la necesidad de comprender con mayor claridad que toda acción verdadera es de naturaleza espiritual; no se genera a sí misma, no es impulsada físicamente ni mentalmente generada. El libro de los Hechos registra la afirmación del apóstol Pablo de que en Dios, el Espíritu, “vivimos, nos movemos, y tenemos nuestro ser” (17:28, KJV). Para mí, Pablo está diciendo que toda forma y función verdaderas es la expresión del Espíritu mismo. Y sabía que, si comprendía esto, lo experimentaría en mi vida.
Otra forma de pensar en la acción es como movimiento. Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, nos ayuda a percibir el movimiento espiritualmente: “La Mente es la fuente de todo movimiento y no hay inercia que retrase o detenga su acción perpetua y armoniosa” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 283). Ella vio que el movimiento derivado de Dios es armonioso y que nada tiene el poder ni el permiso para impedirnos expresarlo.
La Sra. Eddy también nos anima a “[sentir] la energía divina del Espíritu, que nos lleva a renovación de vida y no reconoce ningún poder mortal ni material capaz de destruir cosa alguna” (Ciencia y Salud, pág. 249). Aprendió en su propia vida que discernir que la fuente de toda energía es el Espíritu divino, Dios, nos permite vernos a nosotros mismos como el fruto de esa fuente ilimitada. Entonces nos liberamos de la creencia de que debe haber agotamiento después de realizar alto grado de actividades y movimiento.
Mientras me preparaba para la carrera, oré profundamente para comprender la verdad de estas ideas. Pronto, sentí mucho más claramente lo que ocurría en realidad mientras montaba. Esta actividad no consistía en entrenar físicamente, al exigir un cuerpo físico mediante la fuerza de voluntad mental. Más bien, el verdadero entrenamiento estaba ocurriendo espiritualmente. Estaba refinando mi consciencia del Espíritu como la fuente de la energía y la resistencia, y de la Mente divina como la fuente del movimiento.
Cuando llegó el día de la carrera, estaba libre de todas las lesiones y preparado para el evento, apoyado por mi continua oración. Veinticinco días y 4.400 kilómetros después, terminé la carrera sintiéndome más fuerte y libre que antes de la salida. Sin lesiones, sin agotamiento, solo alegre gratitud por lo que había vivido y aprendido espiritualmente.
Vista espiritualmente, la acción correcta no puede resultar en lesiones, agotamiento ni ningún otro mal resultado, ya sea durante una actividad repetitiva concreta como montar en bicicleta o simplemente al vivir la vida. Cada uno de nosotros es capaz, aquí y ahora, de expresar la infinita plenitud del Espíritu y la acción ilimitada de la Mente.
Bobby Lewis
Buena Vista, Colorado, EE. UU.
