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“Yo voy con mi Padre”

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 12 de enero de 2026


Un niño pequeño salía de la casa con su padre. Mientras bajaba las escaleras, con la mano entrelazada en la de su padre, su amigo de al lado le gritó desde la cerca: “¿A dónde vas?”

El niño respondió: “Voy con mi padre”.

Ambos éramos estudiantes nuevos de la Ciencia Cristiana, y decidimos adoptar el enfoque del niño pequeño: Íbamos con nuestro Padre —nuestro Padre espiritual, Dios—. Habíamos hecho muchos viajes juntos, pero este nuevo enfoque hacía que este viaje pareciera muy especial. 

Mi papá sugirió que debíamos considerarnos ciudadanos del reino de Dios, y que estábamos explorando una parte particular de ese reino, guiados por nuestro Padre espiritual. Este no es un reino situado en un lugar geográfico, como un espacio en un mapa. Es una especie de espacio mental al que podemos ir en oración; un espacio donde podemos ir en nuestro pensamiento y sentirnos inspirados por el amor de Dios por nosotros. 

Encontrar el punto de acceso adecuado para nuestro viaje nos presentó el primer desafío. Después de conducir bastante tiempo y no encontrar una ruta fácil hacia el río, oramos para recibir una respuesta. 

Sentimos que este viaje era una actividad inspirada por Dios y nos apoyamos en la descripción del Amor que hace Mary Baker Eddy —nombre que la Biblia usa para Dios— dándonos inspiración, iluminación, designación y guía (véase Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 454). De acuerdo con Eddy, la Descubridora de esta Ciencia espiritual, el Amor divino guía constantemente el camino en cada circunstancia.

Mientras orábamos, vino un hombre que, al ver la canoa en el techo de nuestro auto, supuso que buscábamos un punto de acceso. Describió exactamente cómo podíamos encontrar uno.

En este viaje, yo sería el remero de proa. Cualquiera que haya sido remero de proa, especialmente en rápidos de clase tres (olas moderadas e irregulares, corrientes rápidas y obstáculos), puede apreciar lo útil que es saber que existe una guía constante y poderosa: Dios.  

Al día siguiente empezamos temprano, agradecidos de descubrir que teníamos un lago tranquilo que cruzar como parte del viaje. Luego, debido a un movimiento torpe de mi parte, mi sandalia se deslizó del pie y cayó al lago, hundiéndose rápido. Quedaba un último porteo por hacer. ¿Cómo pude ser tan estúpido? No creía que pudiera hacerlo descalzo. 

Oramos de nuevo. La guía y protección de Dios nunca podía ser menos que plena y constante. Esa mano del Padre, que simbólicamente sostenía nuestras manos, nos guiaba y nunca nos soltaría. Dios, el Amor divino, inspiraría y guiaría nuestros pensamientos hacia la respuesta perfecta.

Mi papá, inspirado por nuestras oraciones y sabiendo que me gustaba nadar bajo el agua, me sugirió que buceara. Es cierto; el agua estaba clara. Pero también era profunda. Fueron necesarias seis o siete inmersiones en superficie. Pero funcionó. Conseguí recuperar la sandalia.

Aunque estos puedan parecer pequeños ejemplos, cada uno nos demostró, especialmente como nuevos viajeros en este camino espiritual, que jamás podíamos estar fuera de la presencia, protección y guía de Dios.

Ha habido muchas otras excursiones a lo largo de los años, y he intentado recordarme constantemente ese hecho más sencillo: Siempre voy con mi Padre espiritual.

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