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Para Jóvenes

¿Cómo puedo lidiar con la competencia?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 20 de abril de 2026


El bachillerato y la universidad habían estado repletos de competencia. Competir por la calificación más alta, competir en deportes. Estaba acostumbrada, pero eso no significaba que me gustara.

Luego llegó la facultad de Derecho. Y eso fue aún más competitivo. Antes de empezar mi primer año en el otoño, un amigo me recomendó una novela que, según él, “me ayudaría a prepararme para el ambiente tan feroz”. ¿Feroz? ¡ Uf! Tan solo pensarlo daba miedo.

Como quería estar preparada, me sumergí en el libro. El problema fue que, cuando terminé de leerlo, me sentí aún más aterrorizada por un ambiente centrado en la competencia despiadada y la lucha constante por las mejores calificaciones. No podía pasar por alto el hecho de que las clases se calificaban con una curva estricta; lo que significaba que había un número limitado de calificaciones sobresalientes que los estudiantes podían obtener, y que habría un número limitado de trabajos en los bufetes prestigiosos una vez que te graduaras. 

Cuando empezó el año, me alegró descubrir que mi propia facultad fomentaba un sentido de comunidad en lugar de competencia. Pero seguía existiendo la subyacente tensión de las altas calificaciones limitadas y los trabajos limitados. Pronto me di cuenta de que, en lugar de dejar mi tiempo en la facultad de Derecho librado a la ansiedad constante por las notas y el futuro, podía orar. De niña había asistido a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana y en el pasado había orado sobre la competencia. Pero ahora parecía que las apuestas eran más altas, así que me zambullí de verdad.

Mi oración vino primero en forma de pregunta: ¿Es la facultad de Derecho (y el mundo, en realidad) simplemente una colección de mortales compitiendo entre sí por los recursos escasos? Definitivamente así parece muchas veces. Pero sabía que tenía que ver más allá, así que hice otra pregunta: ¿O existe un bien infinito para toda la creación de Dios? Para mí, la respuesta era clara. Si creía en un Dios del todo bueno, y así era, entonces quería decir que Dios nos asegura un lugar a todos nosotros. Este lugar no depende de lo buenas que sean nuestras calificaciones ni de otras leyes mortales relacionadas con los recursos u oferta y demanda finitos.

La bondad de Dios es infinita y, por lo tanto, razoné, está ahí para todos nosotros. No es algo que ganemos, ni que tomemos de otros, ni que otros puedan arrebatarnos a nosotros. Se da libremente —así como el sol da su luz de forma imparcial a todos y a todo—. Dios, el bien, “resplandece” sobre todos nosotros. Esta no solo es una idea hermosa de comprender, sino que, como es verdad, se expresa en nuestras vidas de formas concretas y significativas, especialmente cuando la buscamos. 

La convicción de que Dios ha asegurado mi lugar, y el de todos, me sacó el miedo a los exámenes, las notas o a no encontrar un buen trabajo. Por supuesto, trabajé duro y di lo mejor de mí durante la carrera de derecho. Pero me di cuenta de que creer que una nota podía determinar mi futuro era, en realidad, un intento de quitarle poder a Dios, el verdadero (y único) poder en mi vida. Comprendí que un Dios que asegura la bondad infinita siempre nos guía a todos hacia formas en que podemos ser una bendición.

Después de eso, la facultad de Derecho se convirtió en una experiencia mucho más agradable, menos cargada de ansiedad y tensión. Me di cuenta de que era capaz de disfrutar más de lo que estaba aprendiendo, sin obsesionarme tanto con las notas. Hice buenas amistades, porque no veía a los demás como competidores. En general, tuve una experiencia muy positiva, porque sentía muy claramente que Dios estaba al mando de mi vida y que el bien fluía continuamente de Él.

En cuanto a encontrar trabajo, seguí confiando en que Dios había establecido mi lugar y me guiaría hacia él. Los estudiantes de segundo año de Derecho tienen la oportunidad de solicitar empleos en grandes bufetes para el verano siguiente. Estas empresas suelen contratar estudiantes con las mejores calificaciones. Aunque no tenía el promedio de notas que parecía necesario para un trabajo en una gran firma de abogados, pensé que lo intentaría de todos modos. Tras completar el proceso de entrevista, recibí una oferta para un puesto de verano en uno de los despachos grandes.  

No obstante, tras orar un poco más, me di cuenta de que un trabajo en una firma grande no era adecuado para mí. En cambio, ese verano terminé trabajando en un pequeño bufete de abogados especializado en el área de derecho en la que esperaba ejercer. Después de la carrera de Derecho, recibí ofertas para puestos interesantes y acabé trabajando en un bufete de abogados representando a personas a las que pude ayudar de formas que me parecieron significativas.

Esta revelación relativamente sencilla —que Dios ha asegurado un lugar para mí y para todos— ha eliminado mi temor de que todos somos mortales compitiendo por recursos limitados. Ahora sé mucho más claramente que todos somos espirituales, gobernados por Dios, el bien, y que cada uno tiene su propio propósito y camino para cumplirlo. Y esa vislumbre sigue bendiciendo mi vida. No siempre ha significado seguir el camino tradicional, y a menudo ha entrañado dejar de definir lo que creo que quiero. Sin embargo, estar libre de limitaciones y competencia me ha ayudado a encontrar de forma constante el trabajo adecuado para cada etapa de mi vida, junto con muchas otras bendiciones. Estoy muy agradecida de estar gobernada por un Dios que nos guía a todos hacia nuestro lugar adecuado en la vida.

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