Nos sentamos a orar; pero, en cambio, nos levantamos de un salto para hacer tareas no urgentes o incluso nos quedamos dormidos. O echamos un vistazo a las redes sociales y acabamos desplazándonos por la pantalla durante horas. Entonces quizá perdamos más tiempo reprochándonos por el error cometido en lugar de hacer lo que pretendíamos hacer desde el principio: orar y estar en comunión con Dios.
¿Qué causa estos lapsos? ¡Dios ciertamente no! En la Ciencia Cristiana un punto fundamental es que Dios es bueno y que cada uno de nosotros expresa esa bondad. Y no hay lapsos ni en la bondad de Dios ni en nuestro derecho y capacidad para expresarla. Cristo Jesús demostró esto consistentemente en los errores mucho más significativos que sanó —cuando las personas habían perdido su salud o su orientación moral, por ejemplo—. Pero es cierto que cualquier discordia en nuestra experiencia, por pequeña que sea, diría que somos menos que la expresión pura y espiritual de Dios. Al describir la majestuosidad de nuestra verdadera identidad, Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, escribió: “El hombre inmortal es la idea eterna de la Verdad, que no puede caer en una creencia o error mortal concerniente a sí mismo y a su origen; no puede apartarse de la distancia focal de la infinitud” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 79)
Así que tenemos bases espirituales para desafiar todo lo que parezca privarnos de la actividad buena y fructífera de nuestra verdadera identidad creada por Dios. No obstante, pensar que nosotros somos el problema no es un punto de partida útil para resolver la situación. Sí, debemos ser lo suficientemente conscientes de nosotros mismos como para reconocer que existe un problema y estar decididos a tomar medidas para corregirlo. Pero culparnos por el problema tiende a reforzar la creencia de que tenemos, o somos, un yo material distinto de esa identidad espiritual. Al ver que solo podemos tener la identidad que Dios creó, reconocemos que la resistencia al crecimiento espiritual autodenominada distracción, no es más que una imposición sobre nosotros.
La imposición no es la actividad o la falta de actividad en sí misma. Hay un tiempo para hacer tareas rutinarias y estar en línea, ¡incluso dormir una siesta! La imposición es la creencia de que somos propensos a ser influenciados por un aparente poder para hacer estas cosas en el momento equivocado o de maneras que van en contra de nuestros esfuerzos por ser y hacer el bien. La Biblia llama a este poder la “mente carnal” (Romanos 8:7, KJV) —la enemiga de todo progreso espiritual—. El término describe una mentalidad consciente de la materia. La Ciencia divina revela que tal mentalidad no puede gobernarnos, porque no existe en la realidad, y es el opuesto de la Mente universal, Dios. Dios es el Espíritu infinito, y no hay un “fuera” del infinito; por lo tanto, no hay espacio para un opuesto al Espíritu.
No obstante, la Biblia habla de “las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas” (Cantar de los Cantares 2:15). En nuestra experiencia humana parece haber un opuesto al Espíritu, un opuesto en el que pueden surgir grandes impactos negativos aun por infracciones menores a la ley de Dios. Incluso puede parecer que la mente carnal tiene un plan real —un plan para distraernos de la comunión con Dios cuando oramos y que sustenta nuestro bienestar y nuestro valor para los demás—. Si la forma de desarmar esta supuesta influencia es la oración, entonces esta mente supuesta podría parecer tener un plan maestro. Porque, ¿cómo podemos orar para evitar ser distraídos cuando oramos... mientras somos distraídos de la oración misma que logrará eso?
Una actividad que formaba parte de la vida diaria de la Sra. Eddy ofrece un modo útil de afrontar ese dilema. Ella acostumbraba a dar un paseo diario en carruaje cerca de su casa —durante el cual oraba— y lo hizo hasta una edad muy avanzada. Al explicar por qué, dijo: “No es para hacer ejercicio ni por recreación, sino para mostrar a la mente mortal que puedo hacerlo” (We Knew Mary Baker Eddy, Expanded Edition, Vol. 2, p. 539). Entiendo que eso indica que la Sra. Eddy decía que ejercía el dominio que Dios le había dado sobre las pretensiones de la mente mortal de existir y poder dictarle condiciones a ella.
Así que no está de más dar pasos prácticos para ayudarnos a ahuyentar a esas zorras pequeñas. Podemos ponernos de pie o caminar mientras oramos, tener un bolígrafo a mano para anotar las tareas que haremos después de nuestro tiempo con Dios, poner un temporizador para saber cuándo terminar de desplazarnos en las redes sociales. Y a medida que ejerzamos conscientemente nuestro dominio sobre las tentaciones que nos distraerían, veremos que la necesidad de esos pasos va disminuyendo, e incluso se desvanecerá. Es decir, estaremos evidenciando cada vez más la verdad de que, puesto que Dios —la Mente infinita única— no puede distraerse, nosotros, por ser el reflejo de Dios, tampoco podemos hacerlo.
Hacer lo que sea necesario para ahuyentar de una vez por todas a “las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas” es liberador para nosotros y es amar a los demás. Nos libera para ver y ahuyentar el error mayor: la creencia subyacente de que la vida es material, no espiritual. Qué bendición sanadora seremos para nosotros mismos y para los demás en la proporción en que hagamos precisamente eso a través de nuestra comunión con Dios cada vez más lejos de la distracción.
Tony Lobl, Redactor en Jefe Adjunto
