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Jamás estoy sola: Una travesía de confianza

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 11 de mayo de 2026


Hace varios años, me invitaron a pasar tres días en un sanatorio de enfermería de la Ciencia Cristiana antes de comenzar un trabajo de dos semanas como practicista de la Ciencia Cristiana en un campamento de verano cercano. La oferta llegó como un regalo, una oportunidad para descansar y prepararme espiritualmente para las actividades que debía realizar.

En aquel entonces, acababa de pasar por un divorcio tras muchos años de matrimonio, y mis hijos ya eran mayores. Las exigencias emocionales y físicas de esa experiencia me habían dejado especialmente vulnerable. No obstante, mientras me preparaba para el viaje al sanatorio de enfermería de la Ciencia Cristiana, me di cuenta de que no podía levantar mi mochila. Me sentía extremadamente débil y tenía una menstruación dolorosa y excesiva. Me vino el pensamiento: “¿Cómo puedo servir a los demás si apenas puedo cuidarme a mí misma?”

Me comuniqué con mi maestro de la Ciencia Cristiana y le expliqué la situación, y le mencioné que muchas de mis colegas habían considerado la cirugía por desafíos similares. Yo, en cambio, quería apoyarme en la curación espiritual y le pedí un tratamiento mediante la oración en la Ciencia Cristiana para apoyar mis propias oraciones.

Durante mi viaje de siete horas hasta el sanatorio de enfermería de la Ciencia Cristiana, escuché la versión en audio de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy. Mientras absorbía las verdades sanadoras, encontré suficiente fuerza como para completar el viaje, pero al llegar experimenté lo que pareció ser un completo colapso físico y emocional. Los síntomas se intensificaron. No podía dormir. Y me sentía completamente sola.

Me volví más profundamente hacia las verdades espirituales que leía y escuchaba, y oré para reconocer mi verdadera identidad: completa, espiritual y sostenida por el Amor divino. Afirmé que mi herencia no incluía sufrimiento. Mi herencia de armonía venía de nuestro Padre-Madre Dios. Si bien, los síntomas persistieron, nunca me faltaba la Palabra omnipresente de Dios, transmitida a mi habitación a través de un parlante. Las enfermeras de la Ciencia Cristiana me cuidaron con tranquilidad y afecto, mostrando compasión sin interferir.   

Al tercer día, la hemorragia cesó abruptamente y me sentí más fuerte. Salí a dar un paseo cerca, junto al borde de una gran bahía, y me encontré con la vista de un arcoíris que se extendía sobre el agua. En ese momento, sentí paz y calma, y supe que se había producido la curación. No quedaba debilidad ni pensamiento de cirugía; solo la renovación que se produce al ceder ante el Espíritu. Estaba lista para cumplir con mi tarea.

Llegué al campamento profundamente arraigada en la comprensión del cuidado de Dios. Al principio de la sesión me pidieron que hablara con una campista que estaba teniendo dificultades y quería irse a su casa. Después de orar y conversar, compartí con ella un pensamiento que me había reconfortado: que a veces nos encontramos en lugares que no elegimos, pero podemos elevarnos para enfrentar el desafío y experimentar el bien. Ella asintió pensativa y decidió quedarse.

Un día después, estaba observando una actividad en la que los participantes trepaban un pino alto de 6-10 metros y saltaban para alcanzar un trapecio. Para mi sorpresa, la misma campista se volvió hacia mí, me entregó un arnés y me recitó mis palabras: “A veces nos encontramos en lugares que no elegimos, pero podemos elevarnos para enfrentar el desafío...” Con afectuosa insistencia, me invitó a escalar.

A regañadientes, acepté. Al subir por el poste y llegar a la estrecha plataforma muy por encima del suelo, me embargó el temor. Me sentí aislada otra vez. Pero reconocí que este miedo era una sugestión falsa; no venía de Dios. Recordé la curación que acababa de tener y afirmé: “Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en Él se refugian” (Nahúm 1:7, LBLA).

En ese momento de entrega al Amor divino, algo cambió en el pensamiento. El trapecio, que parecía tan lejano, ahora parecía cerca. Recordé lo que mi hijo me había dicho una vez sobre el béisbol: que cuando un bateador está tranquilo y confiado, la pelota parece reducir la velocidad y ser más grande. El objeto no cambia, pero la percepción sí. Yo estaba experimentando esa misma claridad espiritual y, confiando plenamente en Dios, así que salté y alcancé el trapecio.

Esta experiencia me enseñó que nunca estamos solos. Como idea espiritual de Dios, cada uno de nosotros es siempre uno con el Espíritu divino. Podemos superar lo que parece ser una limitación o temor a través del Cristo —la idea divina que revela la bondad omnipresente de Dios—. Como escribe la Sra. Eddy: “Deja que la Ciencia Cristiana, en vez del sen­tido corporal, apoye tu comprensión del ser, y esta comprensión sustituirá el error con la Verdad, reemplazará la mortalidad con la inmortalidad y silenciará la discordancia con la armonía” (Ciencia y Salud, pág. 495).  

Vislumbré el poder de la percepción espiritual para disolver el temor y revelar la fortaleza divina. Me habían invitado a escalar más alto. La Sra. Eddy también escribe: “Como parte activa del único estupendo todo, la bondad identifica al hombre con el bien universal” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 165). Había visto pruebas de que la ley de Dios gobierna cada momento. Y al darme cuenta de eso, comprendí lo que significaba atrapar algo más que un trapecio. Podía aferrarme al Cristo omnipresente, la Verdad.

Marsha Pecaut
Solana Beach, California, EE. UU.

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