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No tenemos enemigos

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 25 de mayo de 2026


Estaba en un aeropuerto de Centroamérica, esperando para embarcar en un vuelo internacional, cuando un grupo de hombres, en su mayoría con ropa desconocida en esa zona y que hablaban idiomas que yo no entendía, llegó a la puerta. El personal de la aerolínea les permitió embarcar primero, ignorando el orden para embarcar. Los demás pasajeros parecían molestos. Me preocupaba que pudiéramos estar en algún tipo de peligro y sentía un poco de animadversión. Así que empecé a orar, reconociendo la presencia y el gobierno de Dios en esta situación. Me aferré al pensamiento de que todos somos miembros buenos e inocentes de la familia de Dios.  

Una vez a bordo, me senté junto a una de las personas que había visto antes. Seguí orando hasta sentir la presencia y el amor de Dios. Pronto, una azafata nos dio formularios de inmigración para llenar. El joven sentado a mi lado me pidió en inglés básico que le ayudara con el formulario. Me dijo que formaba parte de un grupo de refugiados que huían de las guerras en África y Europa. Hacía varios días que estaban viajando. Dijo que esperaba con ilusión llegar a un lugar donde pudiera vivir seguro. Traté de consolarlo y empecé a ayudarlo, a él y a otros refugiados, con sus formularios. Y oré con todo mi corazón para reconocer que todos allí podían sentir el amor y consuelo infinitos de Dios.

Más tarde, al considerar lo ocurrido a través de la lente de la Ciencia Cristiana, me di cuenta de que el temor y la ignorancia me habían tentado a aceptar una visión estereotipada de personas que pensaba que podrían ser potencialmente enemigas. Este sentido falso era una negación de la presencia, el amor y el poder de Dios. No obstante, la influencia divina del Cristo, la Verdad, cambió mi perspectiva.

Dios llena todo espacio y cuida siempre de nosotros. Él es nuestro Padre-Madre, el Amor inmutable, el Espíritu infinito, y todos somos parte de Su creación espiritual e inocente. Cada uno de nosotros es la expresión de este Amor divino e invariable. ¡No puede haber enemigos en la familia de Dios!

Cristo Jesús enseñó que todos tenemos un solo Padre, Dios —no una persona física, sino la única presencia divina que está en todas partes—. Mediante la profunda y pura comprensión y amor de Jesús por Dios y la humanidad, él sanó, reformó y alimentó a multitudes. Superó el odio de sus enemigos con amor —amor que ve en los demás a la imagen y semejanza de Dios como la única realidad de su ser—. Él enseñó a sus seguidores a amar a sus enemigos de esta manera, a perdonar y sanar. Ningún complot maligno pudo impedir que Jesús cumpliera su misión divina. Venció a la muerte y la tumba a través de su comprensión de la omnipotencia de Dios, el Amor divino, el bien y la impotencia e irrealidad del mal.

La percepción de que tenemos enemigos es una visión falsa, la perspectiva del mundo. Es una ilusión colectiva, un fuego mesmérico de enemistad, que puede disiparse al comprender más acerca de la naturaleza de Dios y nuestra relación con Él. En la plenitud del Amor infinito no hay lugar para el odio. Cuando nos volvemos a Dios en oración, Su amor y poder disuelven el miedo y abren nuestros ojos a lo que es real.

Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, explica la importancia de amar a nuestros enemigos según las enseñanzas de Jesús. En su artículo “Amad a vuestros enemigos”, escribe: “Simplemente considera como tu enemigo todo cuanto profane, desfigure y destrone la imagen del Cristo que tú debes reflejar” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 8).

Al reflejar la “imagen del Cristo”, encontramos nuestra verdadera identidad espiritual, la realidad de nuestro ser. Amar a todos, incluidas las personas que no parecen pensar como nosotros, que nos tratan agresivamente o que parecen tratar de hacernos daño, es algo natural para nosotros. Nuestro verdadero ser espiritual, como expresión del Amor divino, refleja de manera innata la imagen del Cristo. Saber esto purifica nuestros pensamientos, sentimientos y acciones paso a paso.  

 La historia de Jacob y Esaú en la Biblia lo ilustra. La rivalidad entre estos hermanos mellizos acabó provocando que Jacob huyera de Esaú, quien lo había amenazado de muerte. De camino a refugiarse con su tío Labán, Dios se le apareció a Jacob en un sueño y le aseguró que lo bendeciría a él y a sus descendientes. Jacob se casó más tarde, tuvo muchos hijos y posesiones, y finalmente tuvo una disputa con Labán.  

Pero el problema de Jacob no era que su hermano o tío tuvieran disputas con él, haciéndole sentir como si fueran enemigos. El problema de Jacob era la duplicidad de su propia mentalidad —cómo veía y se relacionaba con Dios y con los demás—. Este falso sentido material era el enemigo de Jacob; “todo cuanto profane, desfigure y destrone la imagen del Cristo” que fue creado para reflejar.    

Guiado por Dios para regresar a casa, luchó mentalmente para superar a este enemigo hasta que cambió su punto de vista. La Sra. Eddy escribe: “Jacob estaba solo, luchando con el error —contendiendo con un sentido mortal de que la vida, la sustancia y la inteligen­cia existen en la materia con sus falsos placeres y dolores— cuando un ángel, un mensaje de la Verdad y el Amor, se le apareció y descoyuntó el tendón, o fuerza, de su error, hasta que él vio su irrealidad; y la Verdad, al ser de tal modo comprendida, le dio fuerza espiritual en este Peniel de la Ciencia divina” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 308).

Esta influencia angelical despertó a Jacob al sentido espiritual de la vida, la sustancia y la inteligencia en Dios, el Espíritu infinito, el Amor inmutable, donde no hay limitación, suerte ni discordia. Cuando Jacob se encontró con Esaú, ambos solo expresaron perdón y afecto, y se reconciliaron.

Este sentido espiritual de la vida, la sustancia y la inteligencia revela que estas cualidades son ilimitadas y tienen su origen en Dios, el Espíritu divino. Cada uno de nosotros es una expresión individualizada y única del Amor, el Espíritu y la Vida misma infinitos. No necesitamos codiciar ni robar la sustancia de otra persona. Necesitamos despertar a este reconocimiento espiritual de la Vida donde todo es armonía y unidad y todos estamos satisfechos.

Cuando vemos que nosotros mismos y los demás reflejamos la imagen del Cristo, nos sentimos seguros bajo su control. Vemos a los demás en su verdadera luz, y somos capaces de discernir y amar las cualidades propias del Cristo que Dios expresa en todos nosotros. Corregir mis propias perspectivas y pensamientos ha armonizado mi vida familiar, amistades y relaciones profesionales. La todopoderosa realidad espiritual de la Vida, Dios, nos libera del odio y la división.

Al recurrir a Dios, descubrimos que no tenemos enemigos. Podemos elegir ser liberados del temor, la desconfianza y el odio a fin de no avivar el fuego de la enemistad. En cambio, podemos extinguirlos ejerciendo mansedumbre, perdón y amor fraternal. Esto trae paz a nuestras relaciones y nos hace no solo sentirnos, sino estar seguros.

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