El verano antes de mi último año del bachillerato, mis padres se separaron después de estar casados más de veinticinco años. Poco después se divorciaron. Esto me tomó totalmente por sorpresa, y mi vida que antes era idílica se vino abajo.
Me sentía totalmente confundida, extremadamente triste y enfadada. No había sido criada en la Ciencia Cristiana y nunca había abrazado la religión de mi familia ni participado mucho en la Escuela Dominical de su iglesia, así que ignoraba las enseñanzas de la Biblia y no tenía nada en que apoyarme durante esos años traumáticos. Terminé dejando la universidad después del segundo año porque me sentía muy perdida y no podía concentrarme en mis estudios. El suicidio solía estar con frecuencia en mi mente.
Para entonces, mi padre se había vuelto a casar, y el odio que sentía hacia mi madrastra me consumía. Cada reunión familiar era dolorosa, y los pensamientos suicidas eran difíciles de ignorar. Después de una ruptura devastadora que yo también tuve, estaba destrozada y en mi punto más bajo. Finalmente, desesperada, supliqué: “¡Por favor, Dios, ayúdame a entender qué es el amor!”
En ese momento de total humildad, empecé a buscar respuestas. Un par de años después, tras leer numerosos libros de autoayuda, me dieron mi primer ejemplar del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy. Antes de llegar a la página 100, sané instantáneamente del hábito de fumar dos paquetes al día que tenía desde hacía diez años, así que sabía que había encontrado la verdad. Estaba “totalmente dedicada”, como dice el refrán.
Empecé a aprender que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Nunca olvidaré la primera vez que leí eso. ¡Estaba encantada! Empecé a tener esperanza de que por fin aprendería qué es el amor verdadero. Las reuniones familiares seguían siendo difíciles, así que pedí a una practicista de la Ciencia Cristiana que orara por mí cada vez que tenía una, con la expectativa de que podía liberarme del tormento de los pensamientos llenos de odio.
Luego encontré el poderoso y sanador artículo al principio de Escritos Misceláneos 1883-1896, de la Sra. Eddy, titulado “Amad a vuestros enemigos” (véase págs. 8-13). Se convirtió en mi compañero constante mientras reflexionaba sobre qué significaba el artículo cuando decía que amar a mis enemigos en realidad significaba que no tenía enemigos. ¡Ni siquiera mi madrastra! Esto no era algo que pudiera aceptar intelectualmente; tenía que venir de un amanecer espiritual en mis pensamientos y en mi corazón. Mientras oraba con las ideas de este texto, los sentimientos endurecidos de odio poco a poco empezaron a desvanecerse.
Después de varios años estudiando cómo amar de la manera en que Jesús nos enseñó, incluido aprender y entender más de las ideas de este artículo, tuve que pasar una tarde ayudando a mi madrastra. Con las oraciones de apoyo de una practicista, pude expresar amor a mi madrastra durante el día, llevándola en coche y ayudándola con algunas tareas que le resultaban difíciles. En ese momento, ya hacía dos o tres años que yo sufría de una erupción cutánea agresiva. Era muy incómodo y difícil de ocultar. La misma practicista había estado orando conmigo periódicamente sobre este tema.
Ese día, después de dejar a mi madrastra, llamé a la practicista y le dije, con mucha alegría, que había podido expresar con toda libertad mi amor a mi madrastra. Estaba muy agradecida por este progreso; y en aproximadamente una semana, el sarpullido desapareció por completo.
Unos años después, mi madrastra empezó a vivir a unos dos kilómetros de mí. Esto hizo que fuera natural que yo la llevara y trajera de las reuniones de familia. Nuevamente pude volver a expresarle amor, aunque todavía no había logrado liberarme por completo de los recuerdos negativos y la rabia.
Entonces, un día, me llamó la atención esta frase en “Amad a vuestros enemigos”, refiriéndose a cualquiera que nos haya odiado (o, en mi caso, a quien nosotros hemos odiado) sin motivo: “… esos infortunados individuos son virtualmente tus mejores amigos”. ¡De repente lo comprendí! Si no hubiera pasado por todos esos años de dolor y tristeza autoinfligidos mientras albergaba odio hacia mi madrastra, jamás me habría llevado a la desesperación que me obligó a buscar finalmente a Dios... lo que en última instancia me llevó a ser la afortunada receptora de ese primer ejemplar especial por siempre de Ciencia y Salud. Así que, en esencia, mi madrastra es mi mejor amiga, porque a través de ella, indirectamente, encontré la “perla de gran precio” (véase Mateo 13:45, 46, KJV) —la Ciencia Cristiana— la que ha transformado totalmente mi vida.
En ese momento, estaba libre de todo el odio que me había causado tanto sufrimiento y que yo misma me había impuesto durante muchos años. El Amor divino lo había disuelto. Estoy agradecida de tener ahora la oportunidad de visitar a mi madrastra tan a menudo como puedo y de expresarle amor con alegría, sin reservas. ¡Es maravilloso ser finalmente libre!
