En el prefacio del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy escribe: “Cuando Dios llamó a la autora para proclamar Su Evangelio a esta época, también vino el encargo de plantar y regar Su viña” (pág. xi). Durante más de cuarenta años tras su descubrimiento de la Ciencia Cristiana, la Sra. Eddy se dedicó a la tarea de “plantar y regar Su viña”; fundando y estableciendo las actividades e instituciones necesarias para difundir su descubrimiento y enseñar a la humanidad el poder sanador de la Ciencia divina. Fundó una iglesia internacional, una sociedad editora, un sistema educativo, una red de practicistas de la Ciencia Cristiana, un cuerpo de conferenciantes y un periódico internacional que se publica a diario, por nombrar algunas de ellas.
En 1908, también estableció la función del enfermero de la Ciencia Cristiana al agregar un nuevo Estatuto en el Manual de La Iglesia Madre, el cual explica: “Un miembro de La Iglesia Madre que se acredite como enfermero o enfermera de la Ciencia Cristiana, deberá tener un conocimiento demostrable de la práctica de la Ciencia Cristiana, comprender a fondo la sabiduría práctica necesaria respecto al cuarto de un enfermo, y que pueda cuidar bien del enfermo” (pág. 49).
El cuidado basado en la espiritualidad que ofrece el enfermero de la Ciencia Cristiana a quienes se apoyan en la Ciencia Cristiana para sanar puede ser esencial, como me lo ilustró el caso de un familiar. Cuando era de edad avanzada, contrató a una mujer encantadora que era una cuidadora altamente calificada (no Científica Cristiana) para ayudarla con sus actividades diarias. Un año después, la cuidadora notó que mi familiar estaba desarrollando un sarpullido incómodo. Esta pariente era una Científica Cristiana de toda la vida que había experimentado muchas curaciones hermosas a través de la oración, y estaba segura de que sanaría. Inmediatamente se comunicó con un practicista de la Ciencia Cristiana para que orara específicamente por ella mediante lo que se conoce como tratamiento metafísico.
Sin embargo, el sarpullido persistió durante varios meses y la cuidadora se fue alarmando cada vez más. Expresó escepticismo respecto a que la oración fuera un remedio eficaz para tal afección. Al darse cuenta de la necesidad de un ambiente libre de miedo y que apoyara sus expectativas de curación espiritual y sus oraciones para lograrla, mi familiar decidió ir a un sanatorio de enfermería de la Ciencia Cristiana.
Los enfermeros de la Ciencia Cristiana, muchos de los cuales trabajan en estos sanatorios, están bien formados en el cuidado práctico de los pacientes, como alimentar, vestir, bañar y vendar heridas. No se alarmaron por el aspecto agresivo de la erupción. Vieron, como lo hizo el practicista, que este cuadro discordante era una ilusión de los sentidos materiales y no la verdad del ser.
Mientras atienden las necesidades físicas de un paciente, los enfermeros de la Ciencia Cristiana mantienen en su pensamiento lo que es verdad acerca de esa persona: que es espiritual, no material, hecha a imagen y semejanza de Dios. Saben que sería imposible que Dios, que es Espíritu, contrajera alguna vez una enfermedad dolorosa o debilitante, así que tampoco podría tenerlo Su reflejo. En el caso de mi familiar, el tratamiento de la Ciencia Cristiana del practicista y el elevado estado de conciencia de los enfermeros de la Ciencia Cristiana abrieron la puerta a una curación rápida y completa. En menos de una semana, la erupción desapareció sin dejar rastro y nunca volvió a aparecer.
En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy enfatiza que el efecto del tratamiento de la Ciencia Cristiana es estimular la mente humana hacia un cambio de base de lo material a lo espiritual. Escribe: “La Ciencia Cristiana trae al cuerpo la luz solar de la Verdad, que vigoriza y purifica. La Ciencia Cristiana obra como un alterante, neutralizando el error con la Verdad. Cambia las secreciones, expulsa humores, disuelve tumores, relaja músculos rígidos y restaura la salud a huesos cariados. El efecto de esta Ciencia es inducir la mente humana a un cambio de base, sobre la cual pueda ceder a la armonía de la Mente divina” (pág. 162).
Nuestro Maestro, Cristo Jesús, sanaba instantáneamente desde una base espiritual, por lo que sus pacientes no necesitaban ningún cuidado de enfermería. No obstante, hay momentos en los Evangelios en los que me parece que él nos da un sentido del amor y la abnegación necesarios para cuidar a los demás.
Un ejemplo es su parábola del buen samaritano en el libro de Lucas. Jesús cuenta a sus oyentes que unos ladrones roban y golpean brutalmente a un hombre, dejándolo “medio muerto”. Otros hombres pasan y lo ignoran, pero un samaritano atiende sus heridas, lo lleva a una posada y lo cuida, y luego paga al posadero para que continúe con el cuidado. La descripción que hace Jesús de las acciones del samaritano puede verse como una muestra de tres aspectos esenciales de la atención de enfermería de la Ciencia Cristiana.
Primero, el Samaritano deja de lado cualquier noción preconcebida sobre el hombre al que está ayudando. El hecho de que el hombre herido provenga de una cultura a la que le enseñaron a despreciar no interfirió con la disposición del samaritano a ayudar. De manera similar, los enfermeros de la Ciencia Cristiana dejan de lado cualquier sentido personal sobre el paciente —nacionalidad, edad, raza, apariencia física, afiliaciones políticas— y ven a la persona como un hijo de Dios, una idea eterna de la Mente divina única, digna de amor y cuidado. Rechazan la sugestión de que el paciente es un ser físico con antecedentes mortales de herencia, accidente y enfermedad, y sustituyen esa falsa sugestión con la percepción de que el paciente es una idea espiritual de Dios, exento de cualquier creencia sobre la edad, la enfermedad, la infección, la lesión o la pérdida.
En segundo lugar, Jesús describe el trato que el samaritano dio al hombre golpeado, que incluyó verter aceite y vino en sus heridas; una práctica medicinal común en tiempos bíblicos. Vemos el verdadero significado de Jesús, que sigue el enfermero de la Ciencia Cristiana, cuando consideramos las definiciones espirituales de aceite y vino que se dan en el Glosario de Ciencia y Salud: “Aceite. Consagración; caridad; dulzura; oración; inspiración celestial” (pág. 592). “Vino. Inspiración; comprensión” (pág. 598). Todo lo que hace el enfermero de la Ciencia Cristiana, ya sea al leer la Lección bíblica del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana a un paciente o al limpiar y vendar una herida, es con ternura, consagración, inspiración y oración —con un pensamiento puro, sin impresionarse ante el falso testimonio de los sentidos físicos—. Es decir, vierten “el bálsamo curativo de la Verdad y el Amor sobre todas las heridas” (Mary Baker Eddy, No y Sí, pág. 44).
Tercero, el samaritano cuida de su prójimo sin ningún beneficio personal propio. Es movido únicamente por la compasión y el amor hacia sus semejantes. Aunque los cuidadores de todas las culturas y religiones merecen honor y elogio por su trabajo, eso no es lo que los motiva. Del mismo modo, los enfermeros de la Ciencia Cristiana se sienten atraídos por este ministerio de curación, no por el deseo de reconocimientos o aprobación personal, sino únicamente por su amor a Dios y a Su glorioso hijo.
Otro ejemplo en los Evangelios en el que Jesús describe su expectativa de cuidados de enfermería es breve, pero significativo. Mientras Jesús colgaba de la cruz durante su crucifixión, miró hacia abajo a su madre afligida y a su amado discípulo Juan, y luego le dijo a su madre: “¡Mujer, he ahí tu hijo!” Y a Juan: “¡He ahí tu madre!” La Biblia nos dice: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19:26, 27).
Jesús no se limitó a pedir a Juan que cuidara de su madre. Lo instruyó para que la amara y cuidara como lo haría a su propia madre. Y ese es el nivel de compasión y cuidado que presencié en los enfermeros de la Ciencia Cristiana que cuidaron de mi familiar. La abrazaron con el mismo amor y ternura que habrían mostrado al cuidar de sus propias madres.
En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy nos enseña: “Si los estudiantes no se sanan prontamente a sí mismos, deberían acudir sin demora a un Científico Cristiano experimentado para que los ayude. Si no están dispuestos a hacer esto para sí mismos, sólo necesitan saber que el error no puede producir esta renuencia innatural” (pág. 420). La mayoría de los Científicos Cristianos interpretan esta instrucción como una admonición para llamar a un practicista de la Ciencia Cristiana para que ore por ellos. Pero tras la experiencia de mi familiar, me di cuenta de que la instrucción puede aplicarse casi tan fácilmente a la necesidad de cuidados de enfermería de la Ciencia Cristiana. Si la curación se prolonga y se requiere atención física hasta que se logre la curación completa, el paciente debe llamar con gusto a un enfermero de la Ciencia Cristiana. Su enfoque espiritual en el cuidado práctico de los pacientes es un factor importante para el proceso de curación.
Mary Baker Eddy fue guiada a añadir la provisión de los enfermeros de la Ciencia Cristiana como una práctica esencial en el cultivo de la viña de Dios. No deberíamos dudar en aprovechar este valioso y sanador regalo.
