Parece haber una noción generalizada de que las personas son recipientes vacíos a la espera de sentirse realizados o ser validados externamente. Esta perspectiva a menudo lleva a centrarse en llenar los percibidos vacíos mediante el esfuerzo humano.
En mi estudio de la Ciencia Cristiana, paso mucho tiempo leyendo la Biblia y procurando seguir el ejemplo de Jesús. Y me he dado cuenta de que el enfoque más fortalecedor de la vida implica reconocer que todos ya somos completos y que tenemos la tarea de descubrir en nosotros mismos y en los demás la bondad que Dios nos ha dado.
La Biblia ofrece numerosos pasajes que afirman la bondad y plenitud inherentes a las personas como hijos de Dios. Por ejemplo, en Génesis 1:31, leemos: “Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. Esta verdad fundamental nos dice que, como creación de Dios, no somos defectuosos ni estamos quebrantados. No necesitamos ser reparados ni obtener algo de afuera de nosotros que ya no tengamos; nuestra integridad espiritual como creación de Dios, el Espíritu, puede ser reconocida y revelada en nuestro interior.
En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy aporta claridad a esta idea: “El hombre no es materia; no está constituido de cerebro, sangre, huesos y otros elementos materiales. Las Escrituras nos informan que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios” (pág. 475). Para mí, este cambio de perspectiva ha sido más que teórico. Me ha cambiado la vida; e incluso ha modelado mi carrera.
Cuando era jugador profesional de béisbol, estaba rodeado de una cultura que evaluaba constantemente el valor con métricas externas, como promedios de bateo, bases robadas y llamativos contratos. Pero incluso en ese entorno competitivo, podía entender claramente que los mejores entrenadores y compañeros eran aquellos que veían más allá del rendimiento y se conectaban con sus propias cualidades espirituales inherentes, además de reconocer y apreciar el talento tanto de compañeros como de rivales. Estos atletas no tenían que esforzarse para mejorar y alcanzar un lugar de grandeza.
Más tarde, al pasar a funciones de entrenamiento y liderazgo, me apoyé en el concepto espiritual de que la grandeza y la excelencia no son cosas que damos a las personas, sino que ya están dentro de cada individuo. El papel de un mentor y líder es ayudar a descubrir y sacar a relucir las cualidades espirituales que Dios nos ha dado.
Jesús demostró consistentemente que no veía a las personas como quebrantadas o insuficientes, sino ya completas. Un ejemplo poderoso en el Evangelio de Juan (véase 5:2-9) habla de un hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años y yacía junto a una piscina que se creía tenía poderes curativos. “Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo”.
Jesús no vio a un hombre sin esperanzas y quebrantado por décadas de debilidad. Vio a un hijo de Dios: completo, capaz y bendecido. Esa perspectiva espiritual —clara, inquebrantable y no obstaculizada por la teoría, la lógica o el diagnóstico humanos— confirmó la identidad del hombre que refleja a Dios y restauró su salud.
En nuestras propias vidas, este ejemplo nos desafía a dejar de ver a los demás (y a nosotros mismos) como “en proceso” o como desposeídos. Nos llama a contemplar, en cambio, lo que Dios sabe que es verdad sobre nosotros. Ciencia y Salud nos recuerda: “El hombre es la expresión del ser de Dios” (pág. 470). Para mí, esto significa que la fuente de mi valor no es lo que yo produzco, sino el hecho espiritual de que reflejo a Dios.
Como entrenador de deportes juveniles, he visto la diferencia que hace dejar de centrarme en los defectos o incoherencias y reconocer, en cambio, la identidad espiritual de un niño o adolescente como resiliente, capaz y motivada por un propósito. Esto no se traduce en ignorar las áreas en las que es necesario mejorar, sino en ayudar a los jóvenes atletas a liberarse de las limitaciones que ellos mismos se imponen. He llevado esta misma perspectiva espiritual a mi trabajo con los cuerpos técnicos, los administradores y los equipos de liderazgo. La tentación en los programas deportivos es buscar qué está mal y luego tratar de arreglar a las personas —por ejemplo, un entrenador que necesita más disciplina, un atleta que necesita mejor concentración o un equipo que carece de motivación—. Pero ¿qué pasaría si simplemente reconociéramos (¡y a veces se necesita persistencia!) la luz que llevan dentro; las cualidades espirituales que reflejan a Dios y que ya están allí?
En su Sermón del Monte, Jesús nos recuerda: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16). Nuestro trabajo no consiste en instalar la luz en otros, sino en ayudar a eliminar lo que la oculta.
Ya sea que trabajemos para apoyar a nuestros propios hijos, jóvenes estudiantes, deportistas o colegas, podemos preguntarnos: “¿Estoy abordando a esta persona como un problema a resolver o como una luz que simplemente necesita ser puesta al descubierto?”
Hay momentos, incluso con años de experiencia, en los que dudo de mis propias capacidades o cuestiono si tengo un impacto significativo. En esos momentos, recuerdo que yo tampoco soy un recipiente vacío. No me definen los éxitos pasados ni los desafíos presentes. Tú y yo somos tanto la imagen como la semejanza de Dios: completos, preparados y capaces.
Esta comprensión me ha ayudado a acceder a nuevas oportunidades de liderazgo que anteriormente habría dejado pasar, frenado por un falso sentido de limitación. En los deportes, la educación, el liderazgo y la vida, hay un poder transformador al reconocer que nosotros, y quienes nos rodean, no carecemos de nada, sino que somos completos; no somos recipientes que llenar, sino expresiones de Dios que hay que revelar.
Cuanto más seguimos el ejemplo de Jesús al ver a los demás —vecinos, familias, niños, colegas, etc.— de esta manera, tanto más miedo, resentimiento, duda y ego eliminamos, hasta que el reflejo de la bondad y perfección de Dios es lo único que se ve.
