En la era digital de hoy en día, es común estar expuesto las 24 horas a los sucesos en las noticias. Con frecuencia, esta información suele centrarse en temas sensacionalistas; incluidos los malos actores y las malas acciones. Incluso una revisión superficial de las series y películas populares revela que la mayoría repite esta historia humana una y otra vez. No obstante, hay un poder que puede traer cambios a tales situaciones, y rara vez se menciona en ningún contexto: el poder del Cristo, la verdadera idea de Dios, como ilustran las obras sanadoras de Jesús.
Hace años, experimenté cómo ese poder puede transformar circunstancias amenazantes. Trabajaba en una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana. Estaba situada en el bullicioso centro de una gran ciudad, y yo era el único empleado que quedaba en la tienda vacía en una noche de viernes oscura y tormentosa. Se abrió la puerta de entrada y entró un hombre grande y robusto de apariencia temible. Me ordenó que le llamara un taxi, lo que intenté hacer de inmediato, pero la línea estaba ocupada. Se enfadó.
Pude ver que estaba bajo los efectos de las drogas o el alcohol, y posiblemente de ambos. A medida que su agitación por mi incapacidad para comunicarme con la compañía de taxis aumentaba, empezó a amenazarme. Dijo que era un mercenario contratado por grupos de todo el mundo para “eliminar” a las personas y promover las causas de sus clientes. Insistió en que sería fácil acabar con mi vida en segundos si no hacía lo que él quería.
Yo estaba casi abrumado por el miedo, tan feroz y fría parecía su energía. Mi cuerpo empezó a reaccionar a esto, cuando se me erizó el vello de la nuca y se disparó la adrenalina de “pelea o huye”. Pero aun cuando esas reacciones corporales trataban de captar mi atención, mi corazón clamó a Dios en busca de ayuda. Mi pensamiento se expandió más allá de la situación humana, haciéndome receptivo a un poder mucho mayor que el que parecía gobernar mis circunstancias inmediatas.
De repente, el hombre se dejó caer en una silla y cerró los ojos. Todo quedó en silencio, y sentí una profunda conmoción en mí llena de esperanza espiritual. Al mirar al otro lado de la sala, vi un cartel que decía: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17).
Reconocí que esas palabras eran de una de las epístolas de Pablo en la Biblia, y en ese momento, me parecieron una luz resplandeciente. Mi corazón se llenó de un sentido cada vez más amplio de Dios, el bien, como la única Vida. Esto trajo una paz espiritual tan poderosa que parecía tener vida propia y gobernarlo todo. Para mí, esta era la presencia misma del Espíritu Santo en ese lugar.
Volví a llamar a la compañía de taxis, conseguí comunicarme con ellos y me aseguraron que llegarían pronto. Me quedé junto a mi escritorio mientras el visitante permanecía en silencio; no estaba seguro de si estaba dormido o inconsciente. Le di gracias a Dios en silencio, mientras sentía un amor que lo invadía todo y que las palabras no pueden describir. Tras unos minutos, llegó el taxi y tocó la bocina en la calle. Desperté suavemente al visitante, que me miró fijamente. Su rostro ya no estaba rojo, y sus ojos brillaban; ya no estaban dilatados ni inyectados en sangre. La energía que lo rodeaba había cambiado por completo. Estaba alerta y tranquilo.
Se levantó y caminó hacia la puerta. Al cruzar el umbral, se volvió hacia mí y dijo: “Gracias, hermano... por sanarme”.
Estas palabras de Jesús registradas en el Evangelio de Juan me recuerdan cómo sentí las cosas al presenciar cómo actuó el Cristo en esa experiencia: “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (14:10). Había sentido que el visitante y yo, juntos, éramos uno con Dios, pero también como si hubiera otro en medio de nosotros, y fue esta presencia del Cristo la que reveló esa unidad y produjo la curación. Sentí que la experiencia era sagrada.
Como suele ocurrir, esta experiencia de la presencia del Cristo me trajo más lecciones de vida. Tuve la sensación de que mi “yo” —podríamos decir mi personalidad, mi historia humana— se apartaba del camino a través de la inspiración espiritual. Y, a su vez, tenía la sensación de seguir —como aves en formación que se alejan del pájaro líder— con el espíritu del Cristo guiando el camino. El Cristo nos había abrazado y cambiado a los dos.
Recurrir al Cristo —cosa que aprendí a hacer a través de mi estudio de la Ciencia Cristiana— es algo en lo que sigo confiando; tanto en tiempos de necesidad como cuando todo parece ir bien. En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy explica que, al intentar entender cómo sanó Jesús, descubrió que “era la presencia viviente y palpitante de Cristo, la Verdad, la que sanaba a los enfermos” (pág. 351).
Lo que también me ha acompañado todos estos años es que la presencia del Cristo y su abrazo amoroso siempre están a la espera de que mi corazón sea receptivo. Jesús, al hablar del Cristo, “su naturaleza divina, la santidad que lo animaba” (Ciencia y Salud, pág. 26), nos recuerda que, puesto que siempre está presente, está con nosotros para siempre: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
Este Cristo es transformador y restaurador. Ninguna circunstancia ni presentación de la vida humana puede superar su poder meliorativo, pues es Emanuel, “Dios con nosotros”, aquí y ahora. Eddy describe a Emanuel como “la eterna presencia soberana que libra a los hijos de los hombres de todo mal “de que es heredera la carne”.
En otras palabras, ¡es imparable!
