Siempre pensé que era mala en matemáticas. Las fórmulas y los pasos eran confusos y la mayoría de los conceptos matemáticos parecían incomprensibles.
En el penúltimo año del bachillerato, nada en mi clase de álgebra tenía sentido y mi frustración solo iba en aumento. Creía que era “ridículamente pésima” en matemáticas.
Y para disminuir aún más mi confianza, saqué una nota sorprendentemente baja del 20 por ciento en mi primer examen. Me exijo a mí misma un estándar muy alto, así que esto me destrozó. Sentí que había decepcionado a mis profesores y a mí misma. Me preguntaba cómo afectaría esto mi nota promedio y cómo me verían las universidades. Empecé a caer en una espiral y pensé: “¡Las universidades no quieren a una fracasada! ¡No podré asistir a ningún lado! ¡Acabaré con una vida terrible por culpa de este estúpido examen!”
A medida que avanzaba el año, no aprobé ni un solo examen, ni ninguna lección de matemáticas.
Pensaba que me faltaba el conocimiento necesario para que me fuera bien en esta clase. Estaba constantemente preocupada; preocupada por mi futuro, preocupada por mis notas, preocupada por mis capacidades. Estaba atrapada en un ciclo de temor interminable.
Después de las vacaciones de invierno, nuestra clase tuvo un nuevo profesor de matemáticas. Aunque mi fracaso en matemáticas no tuvo nada que ver con mi profesor anterior, sí valoré algo que aportó este nuevo profesor.
Voy a una escuela para Científicos Cristianos, y antes de cada examen, mi nuevo profesor compartía una idea que nos ayudaba a orar acerca del examen. Una en particular se me quedó grabada. Es de la Biblia y dice: “No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias” (Nueva Versión Internacional).
Lo que obtuve de este pasaje es mostrar gratitud, incluso cuando parece que no tienes mucho por lo que estar agradecido. La gratitud es lo opuesto a la escasez; ¡es la esencia misma de la abundancia! A medida que aprendo más sobre la Ciencia Cristiana, entiendo que Dios es la fuente de todo el bien. La verdad es que Dios nos creó a nosotros, Sus hijos, para expresarlo. Así que, en realidad, no me falta nada, especialmente conocimiento. Me di cuenta de que era capaz de entender cualquier cosa en mi clase de matemáticas porque Dios todo lo sabe y yo Lo reflejo.
También me di cuenta de que estaba rodeada de gente que quería ayudar. Mi comunidad estaba formada por profesores de matemáticas que se preocupaban, tutores que estaban presentes y ayudaban y, sobre todo, amigos y familiares que estaban a mi lado y me querían incondicionalmente a pesar de mis notas en matemáticas. Todo esto fue un recordatorio de que Dios siempre está con nosotros, dándonos todo lo que necesitamos.
Con gratitud y una renovada comprensión espiritual de mí misma, descubrí que mi rendimiento en matemáticas mejoró. Gracias a la Ciencia Cristiana, pude aprobar con éxito álgebra II en mi penúltimo año.
