En 1 Juan 4:16 leemos: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él”. Además de estas ideas, un ejemplo del Evangelio de Juan también me ha inspirado a contar una experiencia sanadora que tuve. En Juan 9, Jesús y sus discípulos se encontraron con un hombre ciego de nacimiento, y los discípulos le preguntaron al Maestro quién había pecado: el ciego o sus padres. Jesús respondió: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. Para mí, esto significa que podemos ver todo lo que nos sucede como una oportunidad para dar gloria a Dios y dar testimonio de Su poder.
Doy gracias a Dios por las enseñanzas de la Ciencia Cristiana. Sin ellas, la experiencia que voy a contar hubiera sido muy diferente.
Vivo en Matanzas, Cuba, y voy todos los días al pueblo para ver si está disponible la ración de pan que nos da el gobierno. En uno de esos viajes vi una taza de inodoro rota al borde del camino. Noté que contenía agua, un potencial para criar mosquitos. Me bajé de la bici y tomé la taza para romperla, pero al instante sentí un dolor muy fuerte en la mano izquierda. Cuando miré la mano, vi una herida profunda.
Rápidamente tomé una hoja de árbol y la coloqué sobre la herida para detener la hemorragia. Seguí hacia la tienda y, cuando aparté la hoja para sacar mis documentos y mi dinero, la sangre empezó a fluir con abundancia. En ese momento, volví a coger la hoja y la puse sobre la herida, y el sangrado cesó. Algunos amigos que presenciaron esto con afecto me aconsejaron recibir tratamiento médico. Pero gracias a Dios, y a lo que había aprendido y comprendido de la Ciencia Cristiana, lo único dentro de mi conciencia era lo que el sentido espiritual afirmaba: la realidad eterna de la Mente, Dios. Empecé a verme como una expresión de Dios, reflejando perfección y armonía.
Seguí haciendo el trabajo que tenía planeado para ese día. Esa noche, noté que había una herida rojiza e inflamada. La lavé con jabón y oré de nuevo, afirmando solamente verdades espirituales en la conciencia.
A la mañana siguiente, no tenía inflamación, ni enrojecimiento, ni sentía dolor. Entonces me di cuenta de que, si no hubiera sido por conocer mi identidad espiritual en la Ciencia Cristiana, lo más probable es que habría ido a la clínica médica para que me suturaran la herida, donde podrían haberme recetado antiinflamatorios y antibióticos, y la herida habría tardado días en sanar.
Mis pensamientos se habían centrado en una sola idea —verme espiritualmente, sin rastro alguno de herida— y en unas horas solo quedaba una pequeña raya en mi mano. Esta experiencia fue, una vez más, otra oportunidad para practicar la Ciencia Cristiana, la cual fue descubierta y fundada por nuestra Guía, Mary Baker Eddy, y para dar gracias a Dios.
Orlirio Pérez Rojas,
Martí, Matanzas, Cuba
