Siempre me ha encantado el verano. Pero cuando empezaba el colegio y se enfriaba el tiempo, solía temer la llegada del invierno.
Durante el invierno, me costaba sentirme motivada y alegre. También sentía una falta de propósito y enfrentaba desafíos para mi bienestar. Durante varios años probé diferentes métodos para superar esto, pero nada duró. Por ser Científica Cristiana de toda la vida, he tenido muchas curaciones significativas que me han demostrado consistentemente que es eficaz y transformador recurrir a Dios. Por esta razón, finalmente me di cuenta de que la oración era la forma más natural y necesaria de lidiar permanentemente con los desganos invernales.
Un invierno, estaba lidiando con este patrón estacional negativo cuando algo que leímos en mi clase de la Biblia en el colegio me impactó. Estábamos estudiando al apóstol Pablo, cuyos tres viajes misioneros relatados en el Nuevo Testamento estuvieron marcados por palizas, burlas y prisión. A pesar de estas dificultades, Pablo nunca abandonó su misión porque entendía la importancia de lo que hacía. Reflexioné sobre este contraste: Ahí estaba yo, permitiendo que el tiempo descarrilara mi sentido de propósito, mientras Pablo perseveraba cuando sufría de una genuina persecución.
A menudo memorizábamos versículos de la Biblia para la clase. Uno era de una carta que Pablo escribió a algunos de los primeros cristianos: “Todos ustedes son hijos de la luz y del día. No somos de la noche ni de la oscuridad. Por lo tanto, no debemos dormirnos como los demás, sino mantenernos alerta y en nuestro sano juicio” (1 Tesalonicenses 5:5-6, Nueva Versión Internacional).
Aunque sentir propósito y motivación era todo un desafío, me di cuenta de que podía inspirarme en el sentido del deber y la esperanza espiritual de Pablo. La idea de que podía ser una luz para el mundo era exactamente lo que necesitaba para liberarme del desánimo que sentía. Puesto que todos estamos hechos a imagen de Dios, sabía que yo también soy la expresión de Sus cualidades, incluidos la alegría y el propósito, y que eso es lo que significa ser una luz. Esta verdad trasciende las condiciones estacionales.
En la segunda carta de Pablo a la iglesia de Corinto, escribe: “Por esta razón no perdemos el ánimo: Aunque nuestro hombre exterior esté pereciendo, nuestro hombre interior se está renovando día tras día. Nuestra ligera aflicción, que dura solo un instante, obra para nosotros un peso de gloria mucho mayor y eterno” (2 Corintios 4:16-17, Modern English Version).
Estas ideas adquirieron un significado especial durante los difíciles días de invierno. Me recordaron que mi identidad no está definida por la oscuridad de una estación ni por ninguna lucha que pueda enfrentar. En cambio, mi identidad, que es totalmente espiritual, es permanentemente buena; como Dios, el Espíritu. Esto me animó a mantenerme alerta a los pensamientos negativos y a recurrir a Dios en busca de esperanza espiritual cuando sentía que me sentía atraída en la dirección opuesta.
Las palabras de Pablo me recordaron que mis luchas estacionales eran temporales —”solo un instante”— mientras que el crecimiento y la fortaleza espirituales que estaba ganando tendrían un significado perdurable. Sentirme cansada y sin motivación no formaba parte de mi identidad. El “hombre interior”, mi identidad espiritual, incluye renovación y fortaleza.
Encontré consuelo en la historia de Pablo porque su inquebrantable confianza en Dios le permitió soportar experiencias terribles. Y entender la perseverancia de Pablo me ayudó a abordar las estaciones de forma diferente. En lugar de sentirme agobiada por la oscuridad o la lentitud del invierno, empecé a verlo como una oportunidad para practicar la fortaleza espiritual que Pablo describe en sus cartas.
A medida que el tiempo se ha vuelto más frío este año, he encontrado verdadero consuelo en la comprensión de la alegría infinita de Dios y en la capacidad que Él me ha dado para expresar esa alegría. La oración me ha ayudado a mantenerme firme en el reconocimiento de mi propósito como reflejo de Dios.
Estoy agradecida de haber aprendido que, cualquiera sea la estación, todos somos, siempre, hijos de la luz.
