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¿Podemos ser generosos?

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 23 de abril de 2026


Al fin y al cabo, hay tantos argumentos para no serlo. Y no solo con nuestras “cosas”; nuestro dinero y bienes materiales. Si compartimos libremente nuestras ideas, ¿qué pasa si alguien más se atribuye el mérito de ellas? Si donamos con gusto nuestras habilidades y tiempo, ¿qué pasa si alguien se aprovecha de nosotros? Y, por supuesto, ¿qué pasa si acabamos necesitando el dinero o los objetos que estamos pensando en regalar?

Desde una perspectiva personal, la decisión de ser generoso puede no parecer obvia. Sin embargo, Cristo Jesús enseñó: “Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente” (Mateo 10:8; NVI). Pero ¿y si no sentimos que hemos recibido libremente; que nos faltan ideas, habilidades, tiempo o dinero? 

Jesús no precedió su instrucción con un “si” —“Si lo recibieron gratis, denlo gratuitamente”—. Su declaración parte de la base de que hemos recibido libremente. Esto no era una suposición de su parte. Sabía que la fuente de nuestra provisión era Dios, el bien. En su Sermón del Monte, Jesús nos aseguró que, si buscamos “primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas estas cosas les serán añadidas” (véase Mateo 6:25-34, NVI). La Descubridora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, amplía esta enseñanza cuando escribe: “Dios os da Sus ideas espirituales, y ellas, a su vez, os dan vuestra provisión diaria” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 307).

Volverse a Dios en oración, silenciar nuestra propia voluntad y escuchar humildemente la dirección de Dios —y luego cambiar la forma en que pensamos y actuamos de acuerdo con lo que escuchamos— es una buena manera de buscar Su reino. En el reino de Dios, todo es y debe ser divino. Así que es totalmente natural que nos desprendamos de la falsa sensación de ser egoístas, limitados y carentes. Los mensajes angelicales que Dios nos envía nos aseguran que, como dice en Génesis 1:26, 27, estamos hechos a Su imagen y semejanza. Porque Él es bueno y hermoso, nosotros, en realidad, también debemos ser buenos y hermosos. Y porque Dios es Todo —infinito y perfecto— a Dios nunca le falta nada. Por eso, a nosotros, como Lo reflejamos, nunca nos falta nada. Él crea todo y todo lo que crea es bueno, completo, nada le falta, y eso nos incluye a cada uno de nosotros.

Cuando reconocemos que Dios es la fuente de todo el bien, no tenemos miedo de ser generosos. De hecho, nos da a todos libremente. Podemos transmitir lo que Él nos da sin temer nunca que se nos acabe.

Podemos creer que lo que nos impide dar es verdadera insuficiencia. Pero eso no es realmente lo que nos detiene. Lo que nos detiene es nuestra visión incorrecta de nosotros mismos como carentes, separados de Dios y de Su provisión infinita. Pero cuando comprendemos quiénes somos como hijos de Dios —Sus herederos, como Pablo nos dice (véase Romanos 8:16, 17)— entonces también comprendemos que Él siempre derrama Su generosidad sobre nosotros. Cuando realmente comprendemos esto, siempre tenemos suficiente, y suficiente para compartir con generosidad, porque lo tomamos de una fuente infinita.

Y ese no es el único ámbito en el que crece nuestra generosidad. Al reconocer que somos la creación amada de Dios, del Espíritu, también empezamos a reconocer a nuestro prójimo de la misma manera: viéndonos a nosotros mismos y a los demás como espirituales, no materiales, como buenos, amorosos, honestos, atentos y dignos. Es decir, nos volvemos más generosos no solo con lo que tenemos para dar, sino también con nuestra visión de nuestros semejantes, hombres y mujeres. Esta visión verdadera implica necesariamente entender que la salud y la provisión están presentes para todos, incluso cuando parecen faltar. Esta comprensión puede llevar y de hecho lleva a la curación.

La Biblia registra que esto ocurrió de forma constante en el ministerio de Jesús, quien siempre veía a los demás como Dios los ve. Según el libro de Mateo, en una ocasión Jesús sanó a los enfermos entre una multitud de más de cinco mil personas que se habían reunido para pedir su ayuda (véase 14:14-21). No obstante, esa noche la multitud seguía allí, y se enfrentó al mismo número de personas hambrientas. 

Sus discípulos recomendaron que enviara a la gente a aldeas cercanas para que buscaran algo para comer. Pero Jesús no vio la necesidad de que la gente abandonara su presencia y les dijo a sus discípulos que los alimentaran. Los discípulos estaban desconcertados. Lo único que tenían eran cinco panes y dos peces. Eso podría haber alimentado a Jesús y a los discípulos, pero ¿a “unos cinco mil hombres, además de mujeres y niños”?

Jesús no tenía ningún temor de compartir lo que tenían disponible con quienes habían venido a él para aprender y ser sanados. Tomó los panes y los peces, los bendijo y se los entregó a los discípulos para que los repartieran. No solo todos estuvieron satisfechos, sino que quedaron 12 cestas llenas de sobras.

Es posible que aún no demostremos cómo alimentar a las multitudes como hizo Jesús. Pero a medida que crecemos espiritualmente, empezamos a ver todo desde una perspectiva más espiritual y, poco a poco, a ver la abundancia en la que nuestro Padre celestial nos ha envuelto. Nos volvemos menos temerosos de perder algo al dar a los demás. Comprendemos que ellos, como nosotros, son los hijos amados de Dios, el Amor, alimentados por el mismo pan celestial que nos alimenta a nosotros.

Todos los argumentos en contra de ser generosos y expresar una naturaleza generosa se disuelven ante la luz de la gracia y gloria de Dios. ¡Libremente hemos recibido, así que con generosidad podemos dar!

Lisa Rennie Sytsma, Redactora en Jefe

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