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Servir a Dios pase lo que pase

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 12 de marzo de 2026


A veces nos encontramos en una situación tan desesperada que parece imposible imaginar hacer otra cosa que simplemente resistir lo mejor que podemos. Pero ¿cómo podemos realmente aprovechar estos momentos para servir a Dios y a nuestro prójimo allí mismo donde estamos y para avanzar en nuestro crecimiento espiritual?

La historia de José en las Escrituras hebreas tiene mucho que enseñarnos sobre cómo servir a Dios cuando las cosas se ponen difíciles. José, el hijo predilecto de su padre, generó la envidia de sus hermanos, y estos lo vendieron como esclavo y más tarde fue encarcelado por un crimen que no había cometido. Sin embargo, finalmente superó estos desafíos al mantenerse arraigado en la humildad. Lidiaba con cada situación, por injusta que fuera, y realizaba cada tarea, por más humilde que fuera, con diligencia e integridad. Siempre trabajó para la gloria de Dios, ejemplificando una guía que aparecería en la Biblia miles de años después: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). 

Un varón egipcio a quien José había sido vendido “vio… que el Señor estaba con él y que el Señor hacía prosperar en su mano todo lo que él hacía” (Génesis 39:3, LBLA) y puso a José al mando de toda su casa.

Prosperar proviene de la palabra hebrea tsalach, que también puede traducirse como avanzar, prosperar o desarrollarse, “impulsar” (véase biblehub.com). No obstante, la prosperidad de José nunca se trató de la ganancia material. Más bien, él avanzó en su labor manteniéndose cerca de Dios y haciendo bien su trabajo, incluso cuando fue injustamente encarcelado. Allí, José utilizó su aguda perspicacia espiritual para interpretar los sueños de dos compañeros de prisión, lo que le dio la oportunidad de explicar el significado de un sueño que preocupaba al rey de Egipto. 

José explicó al Faraón que su sueño era una advertencia de que habría siete años de abundancia seguidos de siete años de hambruna. En agradecimiento, el Faraón puso a José a cargo de almacenar alimentos mientras las cosechas eran buenas y de distribuirlos cuando comenzó la hambruna. A medida que la hambruna se extendía, los hermanos de José vinieron a Egipto a comprar comida. Sin rastro de mala voluntad, José les perdonó sus pecados contra él, asegurándoles que fue Dios quien lo puso en posición de salvar muchas vidas.

Durante sus largos años de prueba, José parecía haber servido a los amos humanos, pero en realidad siempre servía a Dios, con humildad y gracia. Y nosotros también podemos prosperar, incluso en las situaciones más difíciles, al optar por mantenernos cerca de Dios. Lo hacemos aferrándonos a la verdad de que, como linaje de Dios, creados a Su imagen y semejanza, nunca podremos estar separados de Su bondad. Cuando comprendemos que Dios es nuestro verdadero empleador, es una alegría servir. En lugar de centrarnos en nuestras circunstancias o en los pasos que envuelve una tarea, podemos preguntarle a Dios qué cualidades son más necesarias para tener éxito. Practicar estas cualidades, todas las cuales Dios expresa con abundancia en cada uno de nosotros, es una forma de glorificarlo. 

Como a José, a todos se nos pone en posición de bendecir. Cuando otros nos hacen daño, podemos optar por no permitir que la amargura nos mantenga cautivos, sino centrar nuestra atención en hacer la voluntad de Dios. 

Hace años, tuve una experiencia muy dura que me dio mucha práctica y satisfacción al servir a Dios mientras me preparaba para una nueva carrera. Después de perder mi empleo y mi vivienda, me mudé a un edificio donde estaba rodeada de pobreza, enfermedad mental y violencia. A pesar del drama que me rodeaba, tener la libertad de dedicar largas horas para orar me permitió llevar una vida tranquila y ordenada. Las opiniones de los demás no me disuadieron de permanecer en un entorno que ellos consideraban hostil, pero que estaba satisfaciendo mi profunda necesidad de crecer espiritualmente. 

Separada de amigos y familia, reconocí la valiosa oportunidad que me habían dado de estar a solas con Dios. Era algo nueva en la Ciencia Cristiana, y pasé incontables horas en una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana estudiando la Biblia junto con Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy. La Sra. Eddy describe que se apartó tres años de la sociedad mientras investigaba las Escrituras para descubrir las reglas de la curación cristiana, para aprender cómo sanaba Jesús. Escribe: “La búsqueda fue dulce, tranquila y animada por la esperanza, no egoísta ni deprimente” (pág. 109).

Resultó que también estuve apartada de la sociedad durante tres años, y es un periodo que recuerdo con similar afecto. Pasé tiempo investigando la Biblia y Ciencia y Salud en busca de orientación y apoyo para dar mis próximos pasos al servicio de Dios. Al principio, me encontré con una cuenta bancaria casi vacía y sin perspectivas laborales. Como suele ocurrir cuando uno se ve obligado a depender completamente de Dios, mi miedo se transformó en libertad al darme cuenta de que las cosas materiales nunca podrían ser la fuente de mi seguridad o felicidad. Con Dios encargándose de cada detalle, pronto me ofrecieron un puesto temporal que me proporcionaba un pago semanal.

Aunque tenía pocas habilidades comerciales tras dejar la carrera docente, descubrí clases vocacionales económicas y convenientemente ubicadas. Profundamente envuelta en nuevas vías de aprendizaje, tanto académica como espiritualmente, no tenía tiempo para la amargura ni la autocompasión. 

Al principio, el trabajo temporal me exigía poco, pero a medida que me esforzaba por realizar cada tarea bien, se me abrieron oportunidades para aprovechar más mis habilidades. Estaba aprendiendo a servir a Dios, mi verdadero empleador, y estaba profundamente agradecida de que me hubieran dado responsabilidades más grandes. En lugar de detallar mis próximos pasos, sabía que podía confiar en el plan de Dios para progresar, como nos asegura un himno muy querido:

Ninguno vio, ni declaró,
ni entiende humano corazón
lo que Dios preparó aquí
para el que en Su plan confió.

(Elizabeth C. Adams, Himnario de la Ciencia Cristiana, N.° 188, © CSBD)

La culminación de esta experiencia sagrada fue la clase de instrucción de la Ciencia Cristiana (un curso de dos semanas sobre la curación a través de la oración), la reconexión con mi familia, un nuevo comienzo en otra ciudad y el lanzamiento de una carrera aún más gratificante de lo que jamás habría imaginado. Ahora, varias décadas después, sigo sirviendo a Dios y creciendo espiritualmente. 

Dios me necesita a mí —y a ti— para servirle ahora mismo, independientemente de nuestra historia o circunstancias actuales. Está revelando nuestros próximos pasos para servir con humildad y alegría, de maneras que son una bendición para todos.

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