Estaba enamorado. Pero había un problema. A otros tres chicos también les gustaba esta chica, y ella no parecía decidirse entre nosotros. Estaba abrumada por toda la atención. Yo estaba en agonía. ¿Cómo podía lograr que le gustara más?
Una noche, al pensar en mi triste situación, se me ocurrió que podía orar por ello. Crecí asistiendo a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, donde aprendí a orar; aunque hasta ese momento, en su mayoría, mis padres o un practicista de la Ciencia Cristiana habían orado por mí. Esta vez, pensé que debía tratar de orar por mi cuenta.
Tomé un ejemplar de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, el libro de texto de la Ciencia Cristiana escrito por Mary Baker Eddy. Busqué el primer capítulo, titulado “La oración”, donde la Sra. Eddy da su interpretación espiritual del Padre Nuestro de la Biblia (véanse págs. 16-17). Lo leí varias veces lentamente.
Nada. Cerré el libro.
¿Y ahora qué?
Cerré los ojos y, en silencio, con sinceridad, le pedí a Dios que me ayudara.
Casi de inmediato, escuché un pensamiento de Dios. Era tan claro que sonaba como una voz. Dijo: “El Amor es reflejado en el amor”, que era un fragmento de la oración que acababa de leer en Ciencia y Salud.
Nunca antes había recibido una respuesta tan rápida y definitiva a una oración. Lo que me dijo fue que el Amor divino —que es un nombre bíblico para Dios—, siempre se expresa en nuestra experiencia. El Amor con A mayúscula se refiere a Dios, la fuente infinita de todo amor verdadero, que es “imparcial y universal” (Ciencia y Salud, pág. 13). El amor con a minúscula es lo que se expresa en nuestras vidas.
El Amor divino siempre bendice, y puede —y de hecho lo hace— sanar. Es desinteresado, liberador y redentor. Pero nuestro propio sentido del amor, si no está basado en la espiritualidad, puede ser egoísta, obsesivo, posesivo. No obstante, el amor humano no debe ser descartado. Debemos esforzarnos por elevarlo y purificarlo comprendiendo que Dios es Amor, a fin de que se acerque al ideal divino. Ese es el tipo de amor que me instaban a expresar. No necesitaba averiguar cómo hacerme más adorable; necesitaba ser más afectuoso. Y si yo expresara ese sentido más elevado y espiritual del amor, esta chica tendría que reflejar ese amor hacia mí. Eso era la ley divina, ¿no es así?
Después de esta increíble respuesta a mi oración, pensé que esta chica sin duda caería en mis brazos.
No lo hizo.
Pero ocurrió algo inesperado. Me pareció correcto contarle mi experiencia a uno de mis “rivales”. Él era también Científico Cristiano, un amigo casual, e incluso bromeábamos sobre el dilema que enfrentábamos. En ese momento, él estaba profundamente desanimado respecto a su relación con esta chica, y pareció tomar mi inspiración muy en serio. Años después, me dijo que lo había conmovido profundamente el altruismo con que me había comunicado con él, cuando, después de todo, él era un competidor.
Este intercambio profundizó y fortaleció nuestra amistad. Esto llevó a muchas más conversaciones sobre la Ciencia Cristiana y su función en nuestras vidas. Aunque nuestro enamoramiento por la chica se desvaneció, nuestra amistad perduró. Esto era el Amor reflejado en el amor.
Tenía mucho más que aprender sobre el amor, tanto en el bachillerato como más allá. Y aunque no deseo a nadie la angustia emocional del amor no correspondido, para mí se convirtió en una oportunidad para orar; una oración que fue respondida con una lección de vida sobre la ley del Amor.
Si tienes dificultades con el concepto del amor, puedes recurrir a Dios con confianza. Sigo maravillado por ese oportuno mensaje “angelical” que me llevó a darme cuenta de que siempre estoy, y siempre he estado, en el Amor.
