Recuerdo haber leído revistas a muy temprana edad, especialmente sobre inventores y científicos. Y una vez, cuando vi un cartel con la palabra Científico en una iglesia, pensé: “Vaya, los científicos tienen su propia iglesia”. Bueno, unos años después, ¡pude aclarar un poco esa suposición!
Cuando estábamos en nuestro último año del bachillerato, invitaron a mi hermano mellizo a una clase de la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, y él me invitó a mí la semana siguiente. Esto se convirtió en un evento semanal para mí. Más tarde, cuando iba a la universidad, pude asistir a una Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana cerca del campus. En ese momento, de vez en cuando tenía dolores de cabeza. Como no sabía cómo sanarlos, llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que orara por mí. Ella aceptó de inmediato y, en pocos minutos, el intenso dolor desapareció, y jamás volvió. Esta fue mi primera curación mediante la Ciencia Cristiana. Vaya, pensé, ¡esto realmente funciona!
Dificultades económicas me impidieron continuar la universidad, así que mi estatus en el servicio militar cambió y fui elegible para ser reclutado. Mi entrenamiento me llevó a California, donde conocí a un Científico Cristiano que trabajaba en la Sala de Lectura local de la Ciencia Cristiana y solía visitar a los soldados en el fuerte donde estaba destinado. Fue allí donde me tomó bajo su protección.
Por esa época, contraje un caso grave de hierba venenosa. Rechacé el tratamiento médico y pedí ayuda a través de la oración a mi nuevo amigo. Él dijo que en realidad yo no tenía nada malo, y me explicó que esta situación era una ilusión y no algo que venía de Dios. Hablamos por un rato y él me aseguró que ya estaba a salvo y bien. A la mañana siguiente, estaba completamente sano.
Más tarde, mientras servía en el ejército en Alemania, pude suscribirme a The Christian Science Monitor, que leía cinco días a la semana. Este diario de nivel mundial me ayudó a prepararme para regresar a la universidad con un vocabulario mejorado y un mayor sentido de la dirección y del propósito que Dios me había dado. Me ofrecí como voluntario para dar clases en la Escuela Dominical en una filial de la Iglesia de Cristo, Científico, y me di cuenta de cuánto disfrutaba enseñar. Así que decidí cambiar mis cursos universitarios para centrarme en la enseñanza en lugar de en la ingeniería.
Mi trabajo universitario se reanudó cuando regresé a casa para vivir con mis padres. Una noche, oí que algo ocurría en la sala de estar y encontré a mi madre sentada allí con un brazo quebrado. Papá la había llevado al hospital, donde les dijeron que no la podían tratar hasta la mañana, así que regresaron a casa. Lo primero que pensé fue en comunicarme con la practicista que conocía y pedirle que orara por mí, ya que planeaba quedarme junto a mi madre, sentado toda la noche, si fuera necesario. A los pocos minutos de llamar a la practicista, oí cómo el hueso de la muñeca de mamá volvía a su sitio. Se había arreglado. Yo no lo había tocado.
Por la mañana, papá la llevó de nuevo al hospital para un pequeño ajuste de la muñeca, así como, radiografías y un yeso. Los médicos le informaron que, debido a la gravedad de la fractura, nunca podría volver a jugar a los bolos. A insistencia de ella, le quitaron el yeso poco antes de lo necesario y, en dos meses, volvió a jugar boliche y logró su puntuación más alta hasta la fecha.
Después de terminar mis estudios universitarios, empecé a dar clases en una escuela primaria. En enero, la practicista que nos había ayudado tanto me invitó a su casa junto con otros chicos de la iglesia. Vi a una joven preciosa sentada sola y le ofrecí una galleta. Una semana después, conseguí su número de teléfono y la llamé. Empezamos a salir en febrero y nos casamos durante las vacaciones de primavera a finales de marzo. Me sentí tan afortunado de estar casado con una estudiante de la Ciencia Cristiana.
Cada uno de nosotros tomó Clase de Instrucción Primaria de la Ciencia Cristiana y pudimos asistir a las reuniones individuales de la asociación cada año. Tuvimos muchas curaciones maravillosas con nuestros hijos, relacionadas con títulos universitarios, necesidades de vivienda y empleo; también trabajamos en La Iglesia Madre (La Primera Iglesia de Cristo, Científico) en Boston. Nuestros tres hijos se beneficiaron de la Escuela Dominical y, a lo largo de los años, disfrutaron de muchas curaciones y momentos de protección de Dios.
Dos semanas antes de nuestro 50º aniversario, mi esposa falleció. Mientras preparaba un servicio privado para la familia, encontré una nota doblada en su cartera con un versículo bíblico en el que Dios dice: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado” (Éxodo 23:20). La idea de que Dios respondía a todas las necesidades significó mucho para mí. En nuestro aniversario, los familiares se reunieron en casa, donde compartimos historias y celebramos el amor que mi esposa nos había expresado a todos durante muchos años maravillosos.
También me conmovió esta afirmación de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, refiriéndose a Jesús: “Su trabajo de tres días en el sepulcro puso al tiempo el sello de la eternidad” (pág. 44). Siempre había luchado con esa declaración. Ahora entiendo mejor que solo existe el ahora. La Vida es Dios, así que es eterna y continúa para todos los hijos de Dios.
Estoy muy agradecido a Cristo Jesús por las curaciones que hizo y por enseñar a otros a hacer lo mismo. Y estoy agradecido a Mary Baker Eddy por ayudarnos, a través de sus escritos, a comprender cómo sana la Ciencia Cristiana.
