Una noche tarde empecé a experimentar síntomas similares a los que describió un familiar que había pasado por una prolongada prueba con una dolorosa condición física. Yo sentía miedo, pero también tenía la convicción, basada en experiencias pasadas, de que podía confiar en medios espirituales para sanar. Desde que tengo memoria, he encontrado que la práctica de la Ciencia Cristiana es suficiente para todas las necesidades, incluida la buena salud.
Tenía la clara idea de que este problema realmente nunca había formado parte de la experiencia de mi pariente y no necesitaba ser parte de la mía. Me inspiré en un párrafo de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras donde Mary Baker Eddy escribe: “La herencia no es una ley. La causa remota o creencia en la enfermedad no es peligrosa por haberse presentado anteriormente ni por la conexión de los pensamientos mortales del pasado con los del presente. La causa predisponente y la causa determinante son mentales” (pág. 178).
Como me costaba pensar con claridad u orar, me canté a mí misma himnos conocidos. Mientras lo hacía, me vinieron ideas simples pero poderosas. Me aferré a la idea de que mi sustancia es espiritual, incapaz de enfermedad o disfunción, y que esta era una ley de Dios en la que podía confiar con seguridad para sanar. Sin embargo, cuando sentí que no lograba liberarme pronto de la dificultad, llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que me diera tratamiento.
En aquel entonces, tenía que tomar difíciles decisiones personales y había estado luchando con una agitación mental y angustia. La practicista me recordó que podía experimentar un “progreso sin dolor”, que era una cita que reconocí de esta frase en Ciencia y Salud: “Debería haber progreso sin dolor, acompañado de vida y paz en vez de discordancia y muerte” (pág. 224). Finalmente, regresé a la cama y dormí unas horas, tras lo cual me desperté sintiéndome profundamente agradecida y lista para un día ajetreado.
Me sentía algo maravillada por estar libre de los síntomas, y luchaba con la sensación de que no era digna de ello y que había algo más que necesitaba aprender. Mientras seguía orando, empecé a ver que esa libertad era una evidencia real y legítima del cuidado que el Amor divino me brindaba, y que era digna de ello simplemente porque formaba parte de la amada creación de Dios.
No obstante, una semana después me encontré luchando aún más intensamente con los mismos síntomas. No podía quedarme quieta y tampoco me sentía lo suficientemente fuerte como para caminar. Llamé de nuevo a la practicista y estuve muy agradecida de que estuviera disponible incluso muy tarde por la noche.
En ese momento me estaba quedando con mis padres. No quería preocuparlos, pero sentía que necesitaba ayuda práctica. Llamé a mi madre, que está profundamente dedicada a la práctica de la Ciencia Cristiana, y ella de inmediato estuvo dispuesta a apoyarme. Sentí su presencia y oraciones fuertes y reconfortantes, aunque intercambiamos muy pocas palabras entre nosotras.
En un momento dado, sentí que ya no podía soportar el dolor, y me detuve a escuchar para recibir una guía clara sobre qué debía hacer. Recordé que el familiar que había tenido un desafío similar había esperado horas para ver a un médico cuando enfrentaba estos síntomas, y lo que me vino al pensamiento fue que nunca tenemos que esperar a Dios. Él estaba allí, en ese mismo momento, satisfaciendo mi necesidad.
Me sentí firme en esta confirmación en parte debido a una curación que había tenido varios años antes de un dolor intenso de muelas, en la que sentí que la cercanía del Amor divino me traía consuelo tangible (véase Painful tooth healed through prayer, cssentinel.com, June 3, 2019). Recordar esa curación me dio fortaleza.
Una vez mi madre me contó que había tenido molestias físicas y le vino al pensamiento esta frase: “Tú no tienes voz; yo tengo una opción”. Interpreté que esto quería decir que ella le había estado diciendo al dolor que no tenía poder sobre ella porque no tenía voz ni realidad. Dios es el único poder, y ella tenía la opción —y la tomó— de mantenerse fiel a la verdad. Yo tenía la habilidad que Dios me había dado de hacer lo mismo. Insistiendo mentalmente en mi dominio sobre la creencia de que hay vida y sensación en la materia, pude encontrar algo de paz y finalmente logré descansar.
Al día siguiente, un domingo, pude cumplir con mis deberes como Segunda Lectora en nuestro servicio religioso con confianza y alegría. Si bien, aún no me sentía completamente restablecida o 100% libre físicamente, sabía que había ganado más claridad y dominio. Vi que nada podía separarme de Dios ni de la comprensión de mi bondad y valía inherentes como reflejo de Dios.
Mientras persistía en no aceptar nada menos que mi naturaleza creada por Dios, me encontré completamente libre de los preocupantes síntomas en un par de semanas. Esto ocurrió hace dos años.
Empecé a percibir, aunque en pequeña escala, lo que Eddy describe aquí: “El progreso es la concepción madurativa acerca del Amor divino; demuestra la vida científica e impecable del hombre y la indolora partida del mortal de la materia hacia el Espíritu, no a través de la muerte, sino a través de la verdadera idea de la Vida, Vida que no está en la materia, sino en la Mente” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 181).
Aunque pasaron varios meses más antes de que las situaciones personales difíciles también se resolvieran, esta curación física sirvió como un recordatorio poderoso de que realmente podemos confiar en Dios como una guía muy práctica y ayuda inmediata en cualquier circunstancia. Cada uno de nosotros es digno de sanar y progresar sin dolor a través de una mayor comprensión de que nuestra vida es espiritual y eterna.
Estoy profundamente agradecida por el descubrimiento que hizo Mary Baker Eddy de la Ciencia Cristiana y por los Científicos Cristianos, que a diario demuestran su relevancia y eficacia duraderas.
Laura Lapointe
Boston, Massachusetts, EE. UU.
