En mi colegio en Suecia, donde vivo, estuve inscrita en un programa de dos años dentro del currículo del Bachillerato Internacional; un programa que ayuda a los estudiantes a prepararse para la universidad. Es extremadamente exigente, con tareas demandantes, muchas evaluaciones, exámenes simulados y exámenes finales al término de los dos años. Los exámenes simulados al final del primer año determinaban si tendríamos que repetir ese año.
Durante la mayor parte de mi primer año, manejé el trabajo bastante bien. Era todo un desafío, pero agradable. Pude cumplir con todos mis plazos para el colegio y las actividades extracurriculares. Cuanto más se acercaban los exámenes simulados, más escuchaba comentarios de mis compañeros de clase como “No puedo hacer esto”, “Me va a ir mal”, “No tengo tiempo” y “Esto es imposible” —y empecé a creer lo mismo de mí misma—.
A medida que se acercaban los exámenes, tenía más cosas que hacer y menos tiempo para hacerlo. Cuanto más lo hacía, menos recordaba y entendía, y más estresada me sentía.
Al principio, no recurrí a Dios en oración para pedir ayuda o consuelo. Solo intenté resistir. Pero después de pasar muchas noches desvelada, perder horas procrastinando y sentirme extremadamente cansada, me encontré estancada. Fue entonces cuando empecé a orar.
La oración no consiste en pedirle a Dios que cambie las cosas, sino en escuchar lo que Dios, el Espíritu, nos está diciendo sobre nuestra verdadera identidad espiritual como Su hijo. Y puesto que Él creó esta identidad, es completamente buena, pacífica e inteligente. Orar de esta manera nos ayuda a reconocer qué es real y qué no lo es.
De mi estudio de la Ciencia Cristiana aprendí que lo real es nuestra identidad como reflejo de Dios —creado, según la Biblia, a Su imagen y semejanza—. Como Su reflejo, ya tenemos todo lo que necesitamos. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que tenía la capacidad de hacer todo lo necesario para aprobar. Sin embargo, la oración me permitió reemplazar mis temores sobre estos exámenes por lo que sé que es verdad.
Este pasaje de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de Mary Baker Eddy también me ayudó: “Si la delusión dice: ‘He perdido la memoria’, contradícela. Ninguna facultad de la Mente se pierde. En la Ciencia, todo el ser es eterno, espiritual, perfecto, armonioso en toda acción. Deja que el modelo perfecto esté presente en tus pensamientos en lugar de su opuesto desmoralizado. Esta espiritualización del pensamiento deja entrar la luz, y trae la Mente divina, la Vida no la muerte, a tu consciencia” (pág. 407).
Para mí, el “modelo perfecto” es la comprensión de que reflejamos capacidad, inteligencia y armonía infinitas, porque somos la expresión de Dios. El modelo imperfecto es el punto de vista de que somos materiales: defectuosos y limitados. Elevar nuestros pensamientos para ver el modelo perfecto nos permite darnos cuenta de que podemos lograr lo que sea necesario cuando confiamos en Dios.
Me di cuenta de que no tenía que limitarme pensando que no podía recordar o entender algo. La verdad es que soy capaz —que todos somos capaces de todo el bien, porque la inteligencia infinita de Dios se expresa en todos nosotros—.
Estas ideas también me ayudaron a mantenerme enfocada después de los exámenes, mientras intentaba cumplir algunos plazos extra antes del verano. Me permitieron contradecir todo el estrés y el miedo y sentirme, en cambio, tranquila y segura.
Además de cumplir todos mis plazos del verano, ¡aprobé todos mis exámenes!
A veces me dejo llevar por una actitud pesimista, especialmente en época de exámenes, cuando otros a mi alrededor comparten la negatividad. Pero he aprendido a estar vigilante —a ser consciente de lo que ocurre en mis pensamientos y a no dejar que el miedo o la duda se infiltren—. Cuando me centro en Dios y me veo como Él me ve, no hay lugar para el miedo.
