Me dirigí a Dios en oración para comprender mi verdadera naturaleza como hijo de Dios: espiritual, permanente y pura siempre, incluso en ese momento.
Saber que Dios es la única autoridad a la que necesito consultar sobre mi bienestar me mantiene en el camino correcto para comprender quién soy realmente como hija amada de Dios y que solo el cuidado amoroso de Dios tiene un efecto en mí.
Esta es la resurrección presente y continua, ¡y cuán santa es! Aprendemos a permanecer en la palabra sanadora de Dios. Nos esforzamos por honrar la vida y las obras de Cristo Jesús confiando y adorando a Dios como él lo hizo, y por expresar diariamente esperanza, fe y alegre expectativa.
Cuando el pensamiento está abierto a este hecho, podemos experimentar esta realidad, el amanecer de nuestra propia resurrección, cada día; elevándonos del entierro del pensamiento en el materialismo hacia la comprensión y la prueba de la Verdad infinita.
Cuando llegar a un acuerdo con los demás parece difícil, una cosa que he encontrado útil es acercarme a Dios —el Amor divino mismo— para ver con más claridad que todos estamos inherentemente “de acuerdo” con la naturaleza divina del Amor.
Me negué a aceptar que mis clientes pudieran ser agresivos, obstinados o poco afectuosos, porque esa no era su verdadera naturaleza.
Estaba empezando a ver que mi motivación para amar viene de Dios, que es Amor, y que amar se trata realmente de Dios, no de mí.
Refuté la pretensión de que podía existir un poder que podría descarrilar los esfuerzos por establecer la buena voluntad entre los países.
Cuando recuerdo mi trayectoria en el aprendizaje del significado espiritual de las enseñanzas de Cristo Jesús, me siento muy agradecida con el compañero de trabajo que me mostró el camino y con la practicista que me enseñó los primeros pasos en esta Ciencia y apoyó mi crecimiento en ella.
Esta experiencia me enseñó que nuestras oraciones no solo nos bendicen a nosotros. También bendicen a los demás (incluidos los animales), lo sepamos o no.