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La adicción a la cafeína sanó cuando me perdoné a mí misma

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de noviembre de 2026


El departamento de servicios en las gasolineras es un ambiente muy estresante. Cuando empecé, me sorprendió ver cuán normal y esperada era la adicción en el sector. Era común que los técnicos bebieran mucho después de la jornada laboral y llenaran las largas horas de trabajo con algún tipo de vapeo, consumo de tabaco  o uso de rapé. Como nunca me había sentido tentada por estas cosas, no le di mucha importancia. Me acostumbré a que esto ocurriera.

Dos años después, me informaron de que trabajaría con un supervisor con el que nunca me había llevado bien. Me molestó que me asignaran a un proyecto que requeriría llamarlo varias veces al día, pero como Científica Cristiana de toda la vida, estaba acostumbrada a recurrir a Dios cuando surgían desafíos. Decidí que era hora de orar por mi relación con este supervisor.

Oré, sabiendo que Dios es Amor, como nos enseñan la Biblia y Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, de Mary Baker Eddy, y que, como creación de Dios, todos expresamos este Amor infinito. Y escuché una voz muy clara hablándome: “Tal vez deberías tener más paciencia”. Por un momento me sentí confundida, pero luego me di cuenta de cuán correcto era esto. No tenía paciencia. Fue como si alguien hubiera encendido una luz en mi pensamiento.  

Esta revelación me llevó a reconocer que yo también tenía una adicción. Era adicta a la cafeína. No me sentía satisfecha en el trabajo ni cuando conducía largas distancias para ir a trabajar a menos que tuviera una bebida energética en la mano. Y durante el día, lo único que quería era terminar mi trabajo para poder recompensarme con otra bebida energética. Incluso había empezado a llevar algunas para beber en casa los fines de semana.  

Cuando la situación llegó a ese punto, decidí que era hora de dejar esta dependencia y no volver a tocar esas bebidas.  

El primer resultado de mi oración fue que el proyecto con mi supervisor salió muy bien, y desarrollamos una relación profesional de respeto mutuo que duró hasta que él se jubiló. Pero eso no fue el final de mi lucha contra la adicción a la cafeína.

Durante meses, me acosaron intensos dolores de cabeza debido a la abstinencia y  al fuerte deseo por la cafeína, ya que en cada gasolinera en la que trabajaba estaba rodeada de aquello que intentaba dejar atrás. Sin embargo, a pesar de la incomodidad, no oraba por esos sentimientos, porque me sentía profundamente decepcionada conmigo misma por haber caído víctima del ambiente mental en el que trabajaba, donde la adicción era aceptada como algo normal. Estaba realmente enfadada por lo que hacía y, en cierta medida, sentía que merecía sufrir por esos efectos de abstinencia.

Un día, un incidente en el trabajo me dio una nueva forma de pensar sobre esto. Había un hombre fumando en la puerta del edificio, pidiendo cambio. Los pedidos de dinero no me molestaban tanto como el olor del humo. Como tuve que entrar y salir del  lugar muchas veces, me sentí frustrada por esto y más que aliviada de volver a mi camioneta al terminar el trabajo.  

Al mirar por la ventana, vi a un cliente echar una bolsa de comida rápida en el basurero frente a donde yo estaba estacionada. El hombre de la puerta corrió y recogió la bolsa. Pude ver su decepción cuando lo único que encontró dentro fue una servilleta usada.

En ese mismo momento, dejé de ver al hombre como un adicto y vi en su lugar a mi “hermano” que tenía hambre. Volví a la gasolinera, que tenía un pequeño servicio de comida adentro, e hice un pedido. Cuando salí y le di la caja de comida caliente al hombre, aceptó agradecido.

Al entrar en mi camioneta, me vinieron a la mente las palabras de Jesús sobre una mujer que expresaba profundo arrepentimiento. Dijo: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (véase Lucas 7:36-50). Me di cuenta de que era mi deber perdonar sin juzgar —y no solo a los demás, sino también a mí misma—.    

Como manifiesta un pasaje de Ciencia y Salud: “La Verdad trae los elementos de la libertad. Sobre su estandarte está el lema inspirado por el Alma: ‘La esclavi­tud está abolida’. El poder de Dios libera al cautivo. Ningún poder puede resistir al Amor divino” (pág. 224). Yo estaba incluida en este Amor, como toda la humanidad, y lo único que tenemos que hacer es abrir nuestra puerta mental y recibirlo.  

Esto fue lo que consideré el segundo punto decisivo de mi curación. Me perdoné a mí misma por la adicción y por lo que percibía como mis debilidades y defectos. En ese momento, diría que amaba mucho y que mi corazón realmente se sentía lleno hasta el borde. Esta fue la verdadera liberación de la adicción y el fin de los dolores de cabeza y  el deseo intenso por la cafeína.

Pero aún quedaba otro punto decisivo por delante. Había guardado mi lucha y curación mayormente para mí misma, y lo había compartido tan solo con unos pocos amigos cercanos. La preocupación de que otros pudieran juzgarme por lo que sentía que era un error cometido por una persona débil seguía atormentándome. Consideraba que todo el período previo a la curación había sido una época muy sombría y quería simplemente olvidarla.  

Al año siguiente de esta curación, asistí a la asociación de estudiantes de la Ciencia Cristiana de la que era miembro y me impactó una nueva inspiración que encontré en la parábola del hijo pródigo que Jesús compartió (véase Lucas 15:11-32).

Después de que el joven malgasta toda su herencia, se da cuenta de su error y, con humildad, regresa a casa con su padre. Su padre no solo lo perdona al instante, sino que celebra su regreso. El amor de su padre por él no se ha perdido por un error  insensato. Pero su hermano mayor se siente ofendido al ver que el hijo menor es celebrado. El hijo mayor nunca se había desviado del buen camino y siente que su hermano no merece el perdón de su padre.

La mayoría de la gente admitirá en distintos momentos ser como uno u otro hermano. Me di cuenta de que me comportaba como ambos. Era el hijo pródigo buscando perdón y el hermano mayor creyendo que merecía que me juzgaran por lo que había hecho.

Recordé lo que el padre le dijo al hijo mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”.

Comprendí claramente que debía alegrarme de mi curación y compartir lo que había sucedido con los demás. Este no fue un episodio oscuro en mi vida, sino un tiempo alegre de curación y crecimiento espiritual. Cuando les conté a otros sobre la curación, sentí instantáneamente su amor por mí y su celebración de la curación.  

Al recordar esta época, lo único que siento es la alegría de la curación y gratitud por mi nueva comprensión del amor de Dios que todo lo incluye

Kristy Daubach
Paint Lick, Kentucky, EE. UU.

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