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Para jóvenes

Después de la tormenta

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de abril de 2019


Afuera, el cielo oscurecido amenazaba con una tormenta invernal, y se asemejaba mucho a mi deprimente estado de ánimo. Era mi segundo año en la universidad, y me sentía zarandeada por todos lados. A una amiga que cursaba el último año y a mí nos habían asignado una misma habitación, pero también había una tercera persona que dominaba el cuarto y me hacía desear estar en otro lugar. Al compararme con los chicos populares del campus universitario, me sentía inferior e ignorada. Además, extrañaba mucho mi casa.

Ahora, para colmo, tenía una montaña de tareas por hacer, y estaba sufriendo, según yo pensaba, de faringitis. Debido a experiencias que había tenido antes, reconocía los síntomas perfectamente y me preocupaba perder varias semanas de clases. Pero sentía que, si lograba recuperarme antes de que finalizara el fin de semana, estaría bien.

Era afortunada de estar asistiendo a una universidad para Científicos Cristianos, y mi plan aquel viernes por la tarde era ir a la cabaña del campus que durante la época escolar estaba a cargo de una enfermera de la Ciencia Cristiana todo el tiempo. Esta persona me brindaría el cuidado físico que necesitaba mientras apoyaba también mi enfoque espiritual para sanar: la oración. Cuando me registré, la enfermera de la Ciencia Cristiana fue muy amorosa. Le conté mi plan de estar bien antes de que terminara el fin de semana, y me dijo que una de las condiciones para permanecer en la cabaña era que yo llamara a un practicista de la Ciencia Cristiana y le pidiera ayuda por medio de la oración.

Yo no había trabajado directamente con una practicista muy a menudo, pero recordé a alguien a quien mi papá había llamado con frecuencia. Marqué el número y le expliqué por qué razón llamaba: me encontraba lejos de casa, en la universidad, y había comenzado a sentirme enferma, y no quería perder mis horas de clase. Pensé que ella comenzaría a hablar de inmediato, y me daría alguna idea espiritual o dos, para que yo supiera cómo orar. Pero no lo hizo, así que continué hablando. Le expliqué la sobrecarga de tarea que tenía y el problema con mi compañera de cuarto. No obstante, la practicista siguió callada.

Finalmente, me lancé a contarle las cosas personales que realmente más me preocupaban. También me sentía insegura debido a que otras personas, las que vestían ropa de última moda o provenían de familias adineradas, me miraban con hostilidad. Me sentía aislada, sin amor y nostálgica. 

Esperé una respuesta de la practicista durante lo que me pareció mucho tiempo. Entonces, con la voz más amorosa que haya escuchado jamás, ella dijo: “Bueno, como bien sabes, querida, todo eso es un montón de tonterías”.

¿Tonterías? Me quedé atónita. Pero ¿qué decir deI tremendo lío en el que me encontraba? ¿Y toda la ansiedad y los problemas que eran cada vez más grandes? 

¡Entonces yo debía estar mal de la cabeza! ¡Cómo podía decirme eso! A menos, de pronto pensé, que ella estuviera hablando desde una perspectiva espiritual. A menos que ella supiera que Dios, el Amor divino, y el cuidado del Amor por mí hicieran que todos esos problemas… fueran imposibles.

¡Me reí de veras! Mientras esperaba que la practicista dijera algo, ella había estado ocupada orando y escuchando a Dios. En lugar de sentirse impresionada por mi tormenta personal, ella había estado sabiendo lo que era en realidad verdadero espiritualmente: que la supremacía total del Amor significaba que yo era amada, estaba a salvo y era valorada, así como todos los demás.

La fiebre desapareció de inmediato. La practicista y yo cortamos, y en una hora la garganta irritada y todos los otros síntomas se habían ido. Yo estaba muy sorprendida. La llamé nuevamente para agradecerle y pasé el resto de la noche estudiando Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, por Mary Baker Eddy junto con la Biblia, escuchando himnos, descansando un poco y sintiéndome muy agradecida.

A la mañana siguiente, temprano, me fui de la cabaña. La tormenta invernal había pasado, y en su lugar, el día era soleado, frío y hermoso. Del otro lado de la ruta, vi una cancha de tenis cubierta por una nueva capa de nieve.

De pronto, me vino una inspiración: debía escribir mi nombre en la nieve a todo lo largo de la cancha de tenis. Por un momento, me embargó la antigua inseguridad, el sentimiento de “que valía menos que los demás” que me había estado atormentando y que susurraba: Alguien podría decir: “¿Quién eres tú para hacer eso?” Pero entonces un hermoso pensamiento de Dios me rescató: No importa lo que la gente diga o piense. Será divertido hacerlo. Me sentí muy amada y libre, así que caminé por toda la cancha escribiendo mi nombre en cursiva. Fue muy divertido, y cuando di un paso atrás para leerlo, se veía muy bien.

Desde allí me dirigí a mi dormitorio. En el camino, me crucé con una chica a la que realmente no conocía pero que antes me había mirado con indiferencia. Le sonreí con alegría. Ella se detuvo y me preguntó: “¿Qué te pasó?” Le conté acerca de la curación que había tenido. Ella quedó muy sorprendida y me agradeció que se lo hubiera contado, diciendo que la había ayudado. “Estás radiante”, me dijo. De pronto me di cuenta de que esta curación es lo que realmente le importa a la gente, no tu ropa o si eres popular. También reconocí que la forma en que la gente me miraba probablemente tenía mucho que ver con la manera en que yo los miraba a ellos, entonces decidí mirar a mis compañeros de clase con más afecto.

Cuando llegué a mi dormitorio, vi a otros estudiantes caminando trabajosamente, con la cabeza baja, llevando grandes botas de invierno y mochilas pesadas. Pensé con amor que ellos no me estaban ignorando; todos estaban simplemente haciendo lo mejor que podían. Me di cuenta de que podía ayudarlos a llenar ese espacio con amor pidiéndole a Dios que me ayudara a ser más comprensiva, en vez de tomar las cosas tan personalmente.

Al entrar en mi habitación, vi que las cosas de mi compañera de cuarto más joven estaban por todos lados. Por primera vez, en lugar de sentirme molesta, comprendí el propósito de compartir un cuarto: La supervisora a cargo de los dormitorios la había puesto con nosotras para que la pudiéramos ayudar. Ella estaba en primer año, y este era el primer invierno que estaba lejos de su casa. Yo podía ser más afectuosa y estudiar en algún otro lado si era necesario. Los antiguos sentimientos egoístas centrados en mí misma desaparecieron cuando comprendí que lo importante era expresar más del Amor divino que me había sanado y elevado.

 El invierno seguía frío, aún me encontraba lejos de casa, y aquella montaña de tareas continuaba amenazante. Pero me di cuenta de que todo era diferente. La tormenta interna había pasado, y era como si estuviera viendo a todos, incluida yo misma, con nuevos ojos. Y por primera vez, realmente supe que era amada y valorada por lo que yo era; que todos lo somos. 

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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