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Mantenernos conectados

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 25 de mayo de 2020


¡Tengo tantas razones para mirar mi teléfono! ¿Y tú? Correos electrónicos y mensajes que responder, fotos que ver si me gustan en Instagram, nuevas historias, novedades y amigos que seguir. Estoy tanto en el teléfono que a veces no me doy cuenta con cuánta frecuencia lo tomo instintivamente, no solo cuando lo necesito, sino simplemente… porque sí.

Entonces una de mis amigas que está en el bachillerato me comentó algo que me sorprendió. Me dijo que con mucha frecuencia entraba en Instagram cuando estaba aburrida, pero que últimamente, había notado que se sentía decaída y se criticaba mucho a sí misma después de ver las actualizaciones. No obstante, continuaba haciéndolo, porque sentía que tenía que “mantenerse conectada”.

Mantenerse conectada. Esas palabras me hicieron pensar. Cuando nos comunicamos con las redes sociales, ¿con qué nos estamos conectando? Con nuestros amigos, claro. Tal vez con el mundo fuera de nuestro propio barrio o ámbito. Pero al pensar un poco más en esto, me di cuenta de que entrar en Facebook o Instagram o Snapchat también me conecta con algunas cosas que no son tan buenas. Estar en las redes sociales me conecta con la negatividad, hace que me compare con los demás, y a menudo (sin querer) me atrapa en una corriente de historias nuevas que me hacen sentir indefensa, abrumada y temerosa.

Ahora, antes de que dejes de leer, quiero aclararte que este artículo no se trata de que deberíamos salirnos de las redes sociales y vivir nuevamente en las cavernas. Se trata de cómo logré despertar y encontrar una forma diferente de mantenerme conectada que ha mejorado mi vida, enormemente, e incluso me ha ayudado a comunicarme con las redes sociales con más serenidad y discernimiento.

Mantenerse conectada. Esas fueron las palabras que me despertaron, y esas fueron las palabras que también me dieron la solución. Comencé a preguntarme: ¿Con qué quiero conectarme realmente? La respuesta era obvia. Quería conectarme con algo que me mostrara que realmente soy amada, que soy buena por naturaleza y que tengo la capacidad de hacer lo que es correcto. Quería conectarme con Dios.

La palabra conectar puede parecer extraña, puesto que nuestra relación con Dios es una conexión constante e inquebrantable. Me encanta como la describe Mary Baker Eddy en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, cuando dice: “Así como una gota de agua es una con el océano, un rayo de luz uno con el sol, así Dios y el hombre, Padre e hijo, son uno en el ser” (pág. 361). Somos realmente uno con Dios en todo momento. Pero, por lo menos en mi propia vida, encuentro que necesito sintonizarme conscientemente con eso, reconocerlo, y pasar un tiempo tranquila sintiendo mi cercanía con Dios cada día.

He sentido esa cercanía, esa unidad, con Dios cuando he amado a un amigo con un amor puro y desinteresado, o he respondido a una situación difícil con gracia, en lugar de enojo. Pero lo que me ayuda a sentirme conectada con Dios más constantemente es la oración. Esto significa tomar cierto tiempo ininterrumpido para conversar con Dios cada día y, lo que es más importante, escuchar lo que Él está diciendo acerca de Su naturaleza enteramente buena y pura por ser el Amor divino, y la naturaleza enteramente pura, buena y espiritual de Su creación, incluida yo. 

Esos momentos en que siento esa conexión son sagrados. Iluminan mis días con discernimientos espirituales que no podría haber obtenido por mi propia cuenta, que me libran de las ideas equivocadas que había estado acarreando, y también me sanan. Escuchar a Dios con el corazón totalmente abierto para recibir Su amor también me ha ayudado cuando me he sentido triste y sola.

En esos momentos de soledad era que a menudo tomaba mi teléfono sin siquiera pensarlo, pero últimamente, he estado haciendo el esfuerzo consciente de conectarme, en cambio, con Dios. Cuando me viene el impulso de meterme de un salto en las redes sociales, me aparto del teléfono y me vuelvo a Dios. Hace poco cuando lo hice, me vino el reconfortante pensamiento de que nunca podría estar sola, porque vivo en Dios, la Mente divina, en la presencia de un número infinito de ideas. Sentí un genuino sentido de compañerismo cuando obtuve la pequeña vislumbre de vivir en lo que la Sra. Eddy llama “el prolífico universo de la Mente” (Ciencia y Salud, pág. 513).

¿Qué pasa ahora cuando entro en las redes sociales? Me siento diferente. Cuando sé que estoy conectada con Dios y estoy realmente escuchando Sus mensajes sanadores, estoy preparada para enfrentar los pensamientos de envidia, temor, desilusión; lo que sea que las historias y actualizaciones nuevas que veo puedan provocar.

Hoy, mi teléfono sigue estando a la mano. Pero ¿mi pensamiento? Cada vez con más frecuencia, está cerca de Dios. 

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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