Me di cuenta de que nuestro hijo era tanto el “derrame” como el “derramado” —una bendición maravillosa para el mundo y receptor de la bendición del Amor—. A medida que anhelaba entender cómo podía ser una bendición de esta magnitud, mis oraciones desplazaron el deseo de que hubiera un resultado concreto.
Sabía que yo también podía orar a Dios, quien guiaría mi pensamiento de la manera que mejor Le sirviera. Dediqué las siguientes horas a escuchar la guía de Dios. Entonces esta pregunta resonó en mi consciencia: ¿Soy lo suficientemente amoroso? Esta fue una respuesta inesperada a mi oración.
Esta práctica de confiar activamente en Dios puede transformar la forma en que experimentamos la vida. Puede abrir nuestro pensamiento a nuevas ideas, soluciones inesperadas y una paz interior que no depende de las circunstancias.
A medida que nuestra familia empezó a apoyarse en Dios para todo, nuestra vida no fue menos rica sino más —más llena de valor y aprecio del bien, y menos del materialismo—.
De vuelta en mi cabaña, busqué todas esas cualidades “saludables” o buenas que expresaban mis colegas y encontré oportunidades para reflejarlas a lo largo del día.
Le dije a mi hija lo que estaba viendo: que la verdadera naturaleza de Leawood era espiritual, perfecta, completa y libre, y que nuestras oraciones no estaban haciendo que esto fuera verdad, sino que afirmaban que ya era verdad.
La curación no tiene nada que ver con la personalidad, la edad, la educación o la ocupación. La curación es el resultado de vernos a nosotros mismos y a los demás como la creación puramente espiritual de Dios, el Espíritu divino —como “el hombre perfecto” que cada uno de nosotros realmente es— tal como lo hizo Jesús.
Gracias a Dios, y a lo que había aprendido y comprendido de la Ciencia Cristiana, lo único dentro de mi conciencia era lo que el sentido espiritual afirmaba: la realidad eterna de la Mente, Dios. Empecé a verme como una expresión de Dios, reflejando perfección y armonía.
Seguí leyendo Ciencia y Salud y aprendí que todos somos hijos de Dios, hechos a Su imagen y semejanza, verdaderamente buenos e inocentes. ¡Qué hecho espiritual tan magnífico!
Por la mañana, cuando despertamos, si nuestro primer pensamiento es la unidad del hombre con Dios, podemos hacer nuestra primera acción del día sabiendo que el poder del Amor es nuestro, que vivimos en el reino de los cielos, donde todo es armonía.