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La luz divina de la armonía

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 13 de abril de 2026

Original en español


En el primer capítulo del Génesis, la Biblia nos muestra todas las cosas creadas por Dios, incluida la luz. Leemos: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra... Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz” (versículos 1, 3). La luz a la que se hace referencia, creada antes del sol y la luna, es la luz divina que ilumina la conciencia, al revelar la realidad espiritual. Esta luz muestra que nuestro verdadero comienzo no es un inicio en el tiempo, sino que está en el Principio divino, Dios. “Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas” (Génesis 1:4).

Se podría decir que esta es la luz divina que acompañó a los hijos de Israel en su viaje de la esclavitud en Egipto a la Tierra Prometida (véase Éxodo 13:21, 22). Y esa luz nos acompaña a todos hoy, dondequiera que estemos, dondequiera que vayamos y en cualquier situación en la que nos encontremos. En el libro de texto de la Ciencia Cristiana, tras referirse al viaje de los israelitas, Mary Baker Eddy escribe: “… así la idea espiritual guiará todos los deseos justos en su pasaje del sentido al Alma, de un sentido material de la existencia al espiritual, hacia la gloria preparada para los que aman a Dios” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 566).  

Cuando la Ciencia Cristiana llegó a mí, casi no entendía lo que estaba leyendo. Me parecía muy difícil comprender las verdades en Ciencia y Salud. Sin embargo, poco a poco, mi pensamiento se fue llenando de la luz de la comprensión espiritual, y empecé a sentir la bendición del mensaje de Ciencia y Salud. Seguí estudiando, recibí tantas bendiciones y me liberé de tantas creencias materiales o percepciones erróneas sobre Dios y mi propia identidad, que atesoré mucho este mensaje. Leía y releía cada frase para discernir su significado espiritual.

La Ciencia Cristiana realmente cambió mi vida. Con la ayuda de las Lecciones Bíblicas semanales del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, seguí adelante. Y luego, en 2013, gracias a la bondad de Dios, tuve el gran privilegio de asistir a la clase de Instrucción Primaria de la Ciencia Cristiana en Cuba. Esto fue un gran salto de progreso espiritual, y más adelante empecé a anunciarme como practicista de la Ciencia Cristiana. El trabajo ha sido un reto, pero me da mucha alegría.

La Biblia hace innumerables referencias a la luz. Por ejemplo, Jesús dijo a sus seguidores: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16). La luz de Dios es tan radiante y fuerte que nada puede ocultarla; siempre está encendida. Reflejamos esta luz en cualidades vivas como la humildad, la bondad, la mansedumbre y el amor.

Cuando nos sentimos desalentados o confundidos, la luz de la Verdad nos conduce hacia la seguridad y la tranquilidad de que Dios es Todo. Para orar no necesitamos una lista de peticiones ni un intelecto sofisticado. Podemos quedarnos quietos y sentir a Dios con nosotros, llenándonos de luz y alegría. Entonces surgen ideas y escuchamos lo que debemos hacer.

Refiriéndose al Amor que es Dios, la Sra. Eddy nos dice en Ciencia y Salud: “Del Amor y de la luz y la armonía que son la morada del Espíritu, pueden venir sólo reflejos del bien” (pág. 280). Siempre tenemos a Dios a nuestro alcance para iluminar nuestra conciencia. Es la luz de Dios la que nos dice: “Dios está contigo, no temas”. Esta es la luz que brilla en los momentos más oscuros de nuestras tribulaciones. El Cristo habla a la conciencia humana y guía a todos los hijos de Dios hacia la Tierra Prometida de bondad y armonía: nuestra herencia.

Cuando entramos en una habitación oscura no percibimos los objetos que hay adentro, sencillamente buscamos el interruptor para encender la luz. Entonces todo en la habitación se nos hace visible. Algo similar sucede cuando enfrentamos una situación en la que todo parece muy oscuro. En esos momentos puede parecer difícil encontrar el interruptor. Ahí radica el valor de la Ciencia Cristiana, el mensaje liberador de la Verdad. Permanecemos muy quietos y escuchamos esa “voz callada y suave”, sintiendo ese abrazo amoroso del Padre-Madre, y esto trae la paz y la luz de Dios que nos consuela y bendice.

Este despertar a la realidad espiritual es lo que nos sana. No es una lucha con el enemigo. No requiere un esfuerzo sobrenatural. Puede ser tan sencillo como reconocer nuestra unidad con Dios. Es sentirnos muy seguros de que estamos con nuestro Padre-Madre, de que somos espirituales, armoniosos y felices. La paz que inunda los pensamientos es el amanecer de un nuevo día. En el Glosario de Ciencia y Salud, la palabra día se define en parte como: “La irradiación de la Vida; luz, la idea espiritual de la Verdad y el Amor” (pág. 584).

Por la mañana, cuando despertamos, si nuestro primer pensamiento es la unidad del hombre con Dios, podemos hacer nuestra primera acción del día sabiendo que el poder del Amor es nuestro, que vivimos en el reino de los cielos, donde todo es armonía. La primera luz que percibimos en nuestra conciencia ilumina nuestro pensamiento y nos da ideas para desenvolvernos en nuestras ocupaciones diarias.

Mientras aún estaba en esta experiencia humana, San Juan tuvo una visión de la unidad del hombre espiritual con Dios. Describió haber visto la ciudad santa, “Nueva Jerusalén”, y nos dice: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Apocalipsis 21:23).

En esta ciudad vivimos para siempre en armonía, con nuestra conciencia iluminada por la Verdad, y “allí no habrá noche” (versículo 25), así que nunca estaremos en la oscuridad. ¿Qué más podemos pedir? Solo el bien es nuestro, y siempre lo tenemos a nuestro alcance. Como afirma Ciencia y Salud: “Dios, el Espíritu, que mora en la luz y la armonía infinitas de las cuales emana la idea verdadera, nunca es reflejado por nada sino por lo bueno” (págs. 503-504).

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