Como en las sinagogas de la época de Jesús, así en nuestras iglesias hoy en día, la curación ocurre cada vez que se percibe y siente el espíritu de la Verdad y el Amor. Muchos de nosotros somos testigos vivientes de esto, como indican los artículos y testimonios que se publican mensualmente en el Journal y en sus publicaciones hermanas.
Nunca hay un momento en que pueda estar dolorida y cansada porque Dios nunca está dolorido ni cansado.
Podríamos decir que nuestro trabajo como sanadores cristianos es ser como el Cristo, expresar lo mejor que podamos las cualidades espirituales descritas en las Bienaventuranzas —entre ellas, humildad, pureza de motivo y afecto, y amor a la verdad—.
La practicista fue muy amorosa e inquebrantable en su convicción de que, como hija de Dios, yo era perfecta en ese mismo momento y que ninguna prueba física podría cambiar ese hecho.
Es el Espíritu Santo, expresado en el amor infinito de Dios por Sus hijos, quien genera una chispa de inspiración y nos permite absorber el espíritu de oración que es fresco y apropiado para el momento.
La ley divina del Amor reemplaza la historia falsa con la reconfortante verdad de que fuimos, somos y siempre seremos la libre expresión de Dios, sin vínculo alguno con un pasado mortal y material.
Comencé a aferrarme a lo que era espiritual y científicamente verdadero: que la ley de armonía de Dios gobernaba cada función de mi ser. No era un mortal vulnerable reaccionando al veneno. Yo era la expresión espiritual de Dios.
Al recordar lo sucedido, algunos de mis mejores recuerdos de la universidad fueron cuando trabajaba en la biblioteca con mis amigos durante los exámenes.
Nuestra conciencia llena del Alma purifica, sana y salva, irradiando hacia afuera, bendiciendo no solo a quienes nos rodean, sino a todos aquellos a quienes nuestros pensamientos abrazan en el reverente amor y la paz de Dios.
Como un inversor sabio que sabe que primero debe tener la disciplina para ahorrar antes de tener el capital para invertir, la disciplina de nuestro estudio y oración diarios nos ayuda a tener el “capital espiritual” que necesitamos para enfrentar nuestros desafíos y abordar los del mundo.