Desde tiempos inmemoriales, las iglesias han sido santuarios, resguardando almas en busca de consuelo y fortaleza. Históricamente, incluso servían como refugios donde las personas podían encontrar seguridad ante las lesiones físicas y, en algunos casos, inmunidad temporal frente a los procesos penales. Así que no es difícil entender por qué la gente sigue buscando refugio en los lugares de culto hoy en día.
Pero cuando los necesitados encuentran su camino en nuestras iglesias, ¿encuentran también la curación que anhelan? ¿Liberación no solo de las penas y miedos opresivos, sino también del pecado, la enfermedad e incluso la muerte y las llamadas leyes materiales que condenarían a la humanidad a estos males?
E igualmente importante, ¿tenemos la expectativa de sanar? Si no, deberíamos tenerla.
La Biblia nos dice que Cristo Jesús realizó al menos tres curaciones en las sinagogas, donde estaba acostumbrado a enseñar. En una ocasión, entró y vio a un hombre con la mano seca. Los líderes religiosos, conociendo la reputación de Jesús como sanador, trataron de ver si él infringiría la ley, tal como la veían, y sanaría al hombre ese día: el sábado, o día santo. Jesús desafió a los líderes: “Os preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla?” Al darse cuenta de que solo había una respuesta sensata a esta pregunta, los escribas y fariseos guardaron silencio y observaron para ver qué haría. Y Jesús sanó al hombre (véase Lucas 6:6-10).
En cierto nivel, el lector puede concluir que esto fue tan solo otra demostración de la autoridad divina de Jesús para sanar. Pero, en otro, ¿no es una enfática reprimenda a la sugestión de que la curación no ocurre o no puede ocurrir en nuestras iglesias, y una declaración de la importancia de esperarla; expectativa que demostraría la utilidad de nuestras iglesias hoy en día?
Para Jesús, la curación era la suma y sustancia de su ministerio. Sanaba dondequiera que iba —en las calles, en las laderas, en las casas y sí, en las sinagogas—. Su cristianismo no era una mera teoría ni un fenómeno que le hiciera sentir bien. Siempre fue la demostración del Amor divino, del gobierno armonioso de Dios sobre el universo y de la perfección del hombre, Su imagen y semejanza. Jesús demostró que la curación ocurre siempre que y dondequiera que se absorban y practiquen el espíritu y la comprensión de sus enseñanzas. Por eso debería ser natural esperar curación en cada servicio religioso de la iglesia de la Ciencia Cristiana.
Mary Baker Eddy, la Fundadora de La Primera Iglesia de Cristo, Científico, esperaba que las iglesias de la Ciencia Cristiana fueran santuarios sanadores. “La Sra. Eddy dijo que ella anhelaba que llegara el día en que alguien pudiera entrar en una iglesia de la Ciencia Cristiana, por más enfermo o angustiado que estuviera, sin que fuera sanado, y que ese día solo podía llegar cuando todo miembro de la iglesia estudiara y demostrara la verdad contenida en la Lección-Sermón, y llevara con él al servicio la consciencia así preparada” (Florence Clerihew Boyd, “Para sanar a las multitudes”, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, publicado en línea – 5 de agosto de 2019.)
Hoy, ¿vamos a nuestros servicios religiosos con la consciencia espiritual que repara corazones y sana a los enfermos? ¿Estamos pendientes de la promesa de curación de Dios, de Su totalidad y omnipresencia? ¿O hemos caído en la costumbre de ver la iglesia simplemente como un lugar al que vamos para recargar nuestros tanques espirituales con un poco de inspiración antes de realizar otras actividades?
Si parece que en esto se ha convertido la iglesia para nosotros, quizá hemos estado prestando demasiada atención al goteo incesante de la materialidad; a la sugestión de la mente carnal de que la oración es ineficaz y no puede sanar mental o físicamente. O quizá hemos aceptado la idea de que la Ciencia Cristiana ya no es tan fácil de practicar como lo era en los primeros tiempos de nuestra iglesia.
Hoy, en lugar de que las tradiciones y doctrinas de los escribas y fariseos siembren semillas de incredulidad y oposición, tenemos la medicina material y las leyes físicas de salud que afirman gobernar nuestras vidas y cuerpos. Quieren hacernos creer que la curación solo ocurre en términos de materia. En efecto, estas creencias opuestas están haciendo lo que los adversarios de Jesús hacían en la sinagoga: negar al Cristo, la verdadera idea de Dios; casi desafiando a cualquiera a sanar espiritualmente en el nombre de Cristo. Jesús advirtió sobre esta intromisión en la práctica de la curación espiritual: “Se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:24).
No nos dejemos engañar y sucumbir a estos intrusos. Si nos encontramos a la deriva por el camino de aceptar tales intromisiones, podemos animarnos con la promesa eterna de Dios al profeta Jeremías: “Te devolveré la salud, y te sanaré de tus heridas” (Jeremías 30:17, LBLA). Jesús inculcó en sus alumnos esta confianza en Dios como el Todo-en-todo y en el Cristo eterno, la Verdad, como el poder sanador y salvador. A través de sus obras sanadoras demostró que el Cristo nos da autoridad sobre toda creencia de enfermedad o pecado.
El Cristo es para las discordias del sentido material lo que la luz es para la oscuridad: su presencia misma las extingue. La verdad no se compromete con las mentiras, los impostores de los sentidos materiales; no razona con ellos, no se rinde ante ellos ni siquiera los reconoce. El pecado, la enfermedad y la muerte, al igual que la oscuridad, no pueden coexistir con la luz de la Verdad. Son la supuesta ausencia de la bondad de Dios, cuya presencia eterna expone a todos los males como carentes de causa y de poder.
Como en las sinagogas de la época de Jesús, así en nuestras iglesias hoy en día, la curación ocurre cada vez que se percibe y siente el espíritu de la Verdad y el Amor. Muchos de nosotros somos testigos vivientes de esto, como indican los artículos y testimonios que se publican mensualmente en el Journal y en sus publicaciones hermanas. A través de los años, he experimentado personalmente numerosas curaciones, incluso en nuestros servicios religiosos. Estos han ido desde estar en paz ante situaciones difíciles en el trabajo y en casa hasta experimentar curaciones físicas.
Un domingo por la mañana, mientras me preparaba para servir como Primer Lector de mi filial de la Iglesia de Cristo, Científico, tuve esa experiencia. Me desperté y no podía hablar. Podría haber pedido a alguien que ocupara mi lugar, pero mientras oraba, me vino que debía ir al servicio religioso con la expectativa de que sanaría. Esa semana me había sentido inspirado por la Lección Bíblica del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana que había estado estudiando en preparación para el servicio, el cual enfatizaba el hecho de que nosotros, por ser la imagen y semejanza de Dios, expresamos salud y armonía, y por lo tanto tenemos dominio sobre la enfermedad y toda discordia humana. Razoné que, si realmente tenía este dominio, debería poder expresarlo. Esa mañana, fui a la iglesia preparado para leer en el servicio, si bien hasta el momento en que empezó, seguía sin tener voz. Pero a medida que me aferraba a la verdad de que todo ser es espiritual, perfecto y completo, comencé el servicio y mi voz volvió.
En otra ocasión, como resultado de mi deseo de cumplir el compromiso de leer en una reunión de testimonios del miércoles, y así lo hice, sané de las heridas en ambas piernas que me habían hecho extremadamente difícil caminar. No tengo duda de que las oraciones de quienes estaban en la iglesia y la consciencia espiritualizada que aportaron a estos servicios contribuyeron a ambas curaciones.
Nuestro Guía declara: “Los centros sistematizados de la Ciencia Cristiana son fuentes vivificantes de la verdad. Nuestras iglesias, The Christian Science Journal y el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, son fuentes prolíficas de poder espiritual, cuyo ánimo intelectual, moral y espiritual se siente por todo el país” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 113).
¿Estamos viendo nuestras iglesias como fuentes vivas de la Verdad y el Amor? Escuchen al profeta Isaías: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Isaías 55:1). Considera esto como una metáfora de nuestras iglesias. Que venga la gente y se sane. Como Científicos Cristianos, oremos para expresar más del espíritu del Cristo que realiza la curación y trae con nosotros a cada servicio la expectativa de curación.
