Después de pasar unas horas escribiendo en mi café favorito —explorando ideas que no dejaban de venirme a la mente de la frase “la verdadera consciencia de la Vida como Amor”— planeaba ir a un Habitat para la Humanidad Restore cercano para encontrar tesoros de otro tipo.
La frase proviene del libro de Mary Baker Eddy Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, y antes de salir del café, decidí reflexionar más sobre la declaración completa de la que proviene, que transmite una lección intrigante: “Contradice mentalmente toda queja del cuerpo, y elévate a la verdadera consciencia de la Vida como Amor —como todo lo que es puro y lleva los frutos del Espíritu—” (pág. 391).
Los diversos significados y sinónimos del verbo llevar, incluyendo producir, traer y tener (vocabulary.com), me cautivaron. Aún más el uso que hace la autora de la palabra cuerpo primero y luego consciencia —al sugerir la demanda natural de reconocer la Vida, Dios, la sustancia de mi vida y la de todos, no como un cuerpo físico sino como la consciencia misma—. Este reconocimiento requiere a su vez pureza de pensamiento y acción. La idea de ascender por encima de lo que parece humano fue muy elevadora y liberadora, porque la demanda connota nuestra capacidad para liberarnos de la creencia de la existencia en la materialidad.
Aunque no era consciente de ello específicamente, esas ideas deben de haber llenado mi pensamiento mientras conducía hacia la tienda de segunda mano, que estaba en un edificio antiguo con una entrada compuesta por dos puertas separadas por unos pocos metros del suelo de hormigón. Al abrir la primera puerta, me distrajo un grupo de personas que salía y mi pie tropezó en el escalón. Caí duramente de rodillas en el hormigón.
Rápidamente vi que no había nada a lo que pudiera agarrarme para levantarme. El dolor era intenso, pero no tenía miedo. En retrospectiva, creo que esto se debe a que sentí palpablemente la presencia del cuidado de Dios; no hay otra explicación.
Y entonces experimenté la sagrada humanidad en acción: un hombre hermoso extendiendo las manos para ayudarme a levantarme. ¿No fue eso como Jesús nos ordenó amar: hacer a los demás lo que nosotros quisiéramos que nos hicieran a nosotros? El hombre me preguntó si estaba bien. Dije que sí con convicción y pude poner mi mano tranquilamente en su brazo, mirarle a los ojos y darle las gracias.
Entré en la tienda, afirmando que solo había ocurrido la bondad de Dios, no un tropiezo. Al pensar en esto más tarde, me di cuenta de que la afirmación de Ciencia y Salud “Los accidentes son desconocidos para Dios...” (pág. 424) es en realidad una ley. Curiosamente, durante mis oraciones en la tienda de segunda mano, esa frase no me había venido a la mente, lo que me demuestra claramente que la validez de cada verdad enseñada en la Ciencia Cristiana está vinculada a la de cualquier otra verdad.
Les aseguré a quienes habían visto lo ocurrido: “Estoy bien” —aunque sentí que una rodilla se hinchaba y luego noté que la hinchazón bajaba igualmente rápido. Y aunque al principio me dolía la pierna mientras cojeaba, pronto, al dar una vuelta por la pequeña tienda, el dolor desapareció por completo. No solo eso, sino que nunca me conmocionó, ni sentí efectos secundarios salvo reconocer la necesidad de estar más alerta de aceptar la realidad de la ley espiritual.
Como siempre, me encantó todo lo que encontré en la tienda, pero sobre todo me deleitó el don de Dios de Su presencia perfecta y permanente; una prueba más de que cada momento de meditación y oración con verdades de la bondad de Dios es un regalo para el siguiente momento.
Me parece que cada afirmación en Ciencia y Salud prueba irrefutablemente la ley de la fiabilidad de Dios. Después de todo, el salmista declara: “¿Dónde puedo escapar de Tu espíritu? ¿A dónde puedo huir de Tu presencia? … Si alzo vuelo con el amanecer, … incluso allí me guiará Tu mano” (Salmos 139:7, 9, 10, Jewish Publication Society Hebreo-Inglés TANAKH).
