¿Quieres avanzar muy rápidamente en la comprensión de tu verdadera identidad? Intenta apartarte de un concepto de ti mismo como el efecto acumulativo de un pasado humano.
Así es. Deja de identificarte por tu origen, tu cumpleaños, tu primera cita, tus notas escolares, tu trabajo, tus últimas vacaciones. Esto requiere sacar del tiempo tu concepto de ti mismo y ponerlo donde pertenece: en la eternidad. Debes quitar el pensamiento —incluido tu sentido de identidad— fuera de lo que podría llamarse un mundo que es una mezcla de materia y espíritu, hacia el mundo verdadero, que Dios, el Espíritu, ha creado; un mundo que es puramente espiritual.
Esto no es una tarea para hacer una sola vez. ¿Pero no es esto exactamente lo que Cristo Jesús nos animó a hacer de muchas maneras diferentes? Se podría decir que un tema importante en la carrera de Jesús fue animar a sus seguidores (incluyéndonos a nosotros) a tomar conciencia de que nuestro verdadero lugar, aquí y ahora, está en el reino de Dios.
Uno de los casos más sorprendentes ocurrió la noche en que Nicodemo, un fariseo de pensamiento receptivo, le pidió a Jesús que explicara la base de los llamados milagros que realizó. Jesús respondió a la pregunta de Nicodemo con una paradoja: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, reconoció que “[nacer] de nuevo” es mentalmente abandonar el mundo de la sensación material y la historia mortal y entrar en el reino de Dios. Ver el reino de Dios es tomar conciencia, aquí y ahora, de nuestro verdadero hogar espiritual, que está siempre bajo el gobierno inmediato y total del Amor; nombre que San Juan dio para Dios.
Sin embargo, este proceso de descubrir y aceptar nuestro lugar eterno dentro del gobierno del Amor divino puede parecer difícil. ¿Por qué? Porque hemos sido completamente educados para identificarnos como materiales e irrevocablemente ligados a una historia humana concreta¸ y para creer que esa historia es nuestra historia. Se convierte en “yo”. Pensamos: “Para bien o para mal, así soy yo”.
Pero visto desde una perspectiva espiritual, eso es una identificación falsa. Puede parecer deseable en momentos en los que estamos orgullosos, por ejemplo, de nuestra actividad profesional o de nuestro aspecto físico. Pero también puede ser terriblemente destructiva, encerrándonos en un mundo de limitaciones… de materia.
Hace mucho tiempo, un veterano de la Guerra Civil estaba recibiendo tratamiento de un practicista de la Ciencia Cristiana por una herida recibida durante la guerra. El practicista tenía dificultades con el caso y consultó a Eddy sobre qué error, o falla mental, podría estar impidiendo la curación. Ella respondió, en efecto, que tanto el practicista como el paciente creían que había habido una guerra y que era un factor en la historia del hombre (véase Ira Packard, “Justification,” Sentinel, May 10, 1913).
Participar en combates físicos sin duda dejaría fuertes impresiones en nuestro pensamiento, impresiones que podrían ser difíciles de descartar. Pero si queremos redefinirnos correctamente, la creencia en un pasado material —o presente— no solo debe ser descartada, sino también reemplazada por un concepto espiritualmente preciso de nosotros mismos.
Claramente, la gran necesidad en este caso de la Guerra Civil era liberar el pensamiento del paciente y del practicista del concepto erróneo de que la guerra desempañaba alguna función en la verdadera historia espiritual del paciente. Una vez terminado ese trabajo mental, el hombre sanó de la herida física.
Puede parecer ridículo dejar de identificarse con todas las señales de una historia humana; en el caso que acabo de describir, negarse a aceptar la experiencia de la guerra como la verdadera historia del paciente. El problema es que esas señales suelen estar muy arraigadas en nuestro pensamiento acerca de nosotros mismos y los demás.
Es de suma importancia que reconozcamos para nosotros mismos y para los demás que cada uno de nosotros tiene solo una historia espiritual. Una practicista de la Ciencia Cristiana en una ocasión compartió conmigo su forma habitual de saludar a un nuevo paciente. Fue un mental “¡Salve, hijo de Dios!” Era un reconocimiento del paciente, no como un ser humano imperfecto y sufriente, sino como una creación perfecta y completa de Dios.
Recientemente, tuve una experiencia muy desagradable: una caída en unos escalones de concreto. Mi cabeza golpeó un escalón y me desmayé brevemente. No había nadie cerca y, al ponerme de pie, me di cuenta de que me había lastimado varias partes de mi cuerpo. Pensé para mí mismo: “Ahora, tienes dos escenarios. Uno presenta una historia humana que incluye una caída. La otra presenta la historia espiritual del hombre que Dios ha creado, cuidado incansablemente y sostiene y, por tanto, no ha caído. ¿Cuál vas a aceptar como tu verdadera historia?”
Recordé esta declaración en la obra magna de Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “Bajo la divina Providencia no puede haber accidentes, puesto que no hay lugar para la imperfección en la perfección” (pág. 424). Claramente, esto encajaba perfectamente con el segundo escenario. Esto me permitió seguir adelante, completamente libre de lo que, al principio, parecía ser una “imperfección” seria.
Entonces ocurrió algo curioso. Tras haber experimentado una maravillosa curación, sentí el fuerte deseo de contarle a alguien lo del accidente. Pero me detuve. Reconocí que la fuente de esa tentación era el magnetismo animal; lo que Jesús llamó “un mentiroso”. Dijo: “El diablo... ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). Las palabras de Jesús encajan perfectamente con este deseo de describir el accidente y así vincularlo de alguna manera conmigo o con mi “historia”.
Ese deseo se centraba en el supuesto mundo de la materia de los accidentes y la historia material, un mundo que necesitaba dejar atrás mentalmente. Pero me di cuenta de que no solo tenía que cerrar la puerta al mundo de la historia mortal. Necesitaba abrir simultáneamente la puerta a mi eterna historia espiritual. Esto implicó explorar esa infinitud —el verdadero mundo del Espíritu, incluyendo mi verdadero origen, mi continua relación con mi creador, mi relación real con mi “prójimo” (véase Marcos 12:30, 31), y mucho más—.
Esa es mi agenda para el próximo siglo más o menos: aprender que, en realidad, como hijo de Dios, Su expresión, puedo comprenderme a mí mismo y a los demás como eternamente libres de accidentes; de hecho, de cualquier tipo de maldad.
