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Pie lesionado sana rápidamente

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 2 de febrero de 2026


Cuando quedó claro que necesitaba más espacio de almacenamiento en mi garaje, compré unos armarios, que luego hubo que armar. Dos de las cajas altas y pesadas en las que llegaron los armarios estaban apoyadas contra la pared del garaje, y al intentar bajar una de ellas lentamente al suelo, no logré sostenerla. La caja cayó sobre mi pie con mucha fuerza.  

En lugar de centrarme en el dolor resultante, recordé de inmediato un pasaje del libro de texto de la Ciencia Cristiana que me ha ayudado muchas veces en el pasado:
“Los accidentes son desconocidos para Dios, o la Mente inmortal, y tenemos que abandonar la base mortal de la creencia y unirnos con la Mente única, a fin de cambiar la noción de la casualidad por el sentido correcto de la infalible dirección de Dios y así sacar a luz la armonía.

“Bajo la divina Providencia no puede haber accidentes, puesto que no hay lugar para la imperfección en la perfección” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 424).

Al salir del garaje, oré, aferrándome al hecho espiritual de que los accidentes son desconocidos para Dios porque Él es del todo bueno y creó todo “bueno en gran manera”, como dice la Biblia (Génesis 1:31). No obstante, no podía caminar con normalidad y eso me asustó. 

Llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que me ayudara a lidiar con este temor a través de la comprensión metafísica de Dios y mi verdadera e inseparable relación con Él. Ella me dirigió al siguiente pasaje en Ciencia y Salud, que utiliza Vida y Mente como sinónimos de Dios: “Absortos en el yo material, discernimos y reflejamos sólo tenuemente la sustancia de la Vida, o Mente. La negación del yo material ayuda al discernimiento de la individualidad espiritual y eterna del hombre y destruye el conocimiento erróneo obtenido de la materia o por medio de lo que se denomina los sentidos materiales” (pág. 91).

Razoné que probablemente mi pensamiento estaba “absorto en el yo material” y que necesitaba detenerme y comprender mi “individualidad espiritual y eterna” como hija de Dios. Así que, en mi oración, afirmé mi verdadera naturaleza como imagen y semejanza de Dios (véase Génesis 1:26). También necesitaba desaprender “el conocimiento erróneo obtenido de la materia” —el dolor y la inestabilidad que sentía  mediante los sentidos físicos—. En lugar de prestar atención a cualquier cosa discordante —que Dios, el bien, no pudo crear ni creó— podía reconocer la omnipotencia y la armonía siempre presente de Dios.   

A la mañana siguiente, mi estado mejoró muchísimo, lo cual me animó notablemente. Durante los dos días siguientes, en lugar de percibir el “conocimiento erróneo” sobre el pie, me esforcé por verme como Dios me ve: siempre espiritual y sana. Seguí orando, incluso cantando en voz alta el primer himno del Himnario de la Ciencia Cristiana. Cada vez que sentía dolor o tendía a cojear, la alegría de las palabras del himno llenaba mi corazón:

Enaltecido seas, Tú,
Oh Dios de amor y de bondad;
henchido de Tu gloria está
el ancho y puro cielo azul.
Despliega, pues, Señor, también
Tu gloria en suelo terrenal,
que sepa hoy y aquí el mortal
Tu santo imperio obedecer.
(Nahum Tate y Nicholas Brady)

En tres días, todo estaba bien. El dolor desapareció, mi forma de andar era normal y pude calzar mis zapatos habituales. Mi hijo vino y armó ambos armarios. Hubo una lección extra de humildad para mí: que debía pedir humildemente ayuda cuando la necesitaba. 

Por esta rápida curación y comprensión espiritual más profunda, estoy muy agradecida a Dios y a la Ciencia Cristiana.

Cynthia Deupree
Brainbridge Island, Washington, EE. UU.

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