Era el día de la carrera. Tenía mis esquís puestos, mis bastones afirmados y mi anticipación iba en aumento. A pesar de la emoción y el revuelo impaciente, sentí un momento de quietud en la línea de salida.
Entonces vino el pensamiento que desconectó todo lo demás: “Déjalo ya; deja que Dios actúe”. Con unas cuantas inspiraciones profundas y esas seis palabras, me sentí menos ansiosa y me acordé de confiar en Dios. Esta simple declaración, que hace años había escuchado por primera vez de mi madre y mi abuelo, me ha ayudado a afianzarme espiritualmente antes de cada carrera. Para mí, es más que un dicho; es un recordatorio para abandonar todo sentimiento de presión personal y apoyarme en algo mucho más grande que yo: Dios.
El esquí a campo traviesa es una de mis más grandes pasiones. Me encanta el ambiente de las carreras, y el desafío que presenta. A medida que me he hecho mayor, he competido a niveles más altos, y esta última temporada había traído obstáculos inesperados que interrumpieron mi entrenamiento y me hicieron cuestionar qué tan bien lo haría durante el resto de la temporada. Durante el período previo a las Clasificatorias para Jóvenes —la carrera más competitiva e importante del año— me sentía insegura. Estaba constantemente preocupada por si podría desempeñarme bien el día de la carrera.
Había asistido a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, y sabía que podía confiar en que la oración me ayudaría a superar cualquier problema. Mi oración en esta situación se centró en el Himno 139 del Himnario de la Ciencia Cristiana. Sustituí la primera línea, “Andando voy con el Amor” (Minny M. H. Ayers, © CSBD), por “Esquiando voy con el Amor”. Este himno fue significativo para mí, porque me recordó cuánto me encanta esquiar y que este amor es una expresión de Dios, que es Amor.
Como Científica Cristiana, había aprendido que Dios es la fuente de toda fuerza, salud y paz. Siempre he comprendido ese concepto, pero estaba empezando a aprender que es real y práctico en vez de teórico. Y decir las palabras “Déjalo ya; deja que Dios actúe” antes de cada carrera era en realidad una oración que me ayudaba a dejar de lado el miedo y la presión y me arraigaba en lo que realmente es verdad: el hecho de que mi capacidad no depende de mi condición física, sino de la comprensión de mi inquebrantable plenitud espiritual como reflejo de Dios.
Durante toda la temporada —con el apoyo de las oraciones de mi familia y de las mías— empecé a separar los pensamientos de temor sobre la limitación y a reemplazarlos por pensamientos que sabía que emanaban de Dios debido a la paz que me traían. Mi fuerza no venía de los músculos ni del esfuerzo físico, sino de Dios. Después de todo, Él siempre está presente y es ilimitado. Comprender estas ideas espirituales amplificó mi alegría natural y mi amor puro por el esquí. En lugar de obsesionarme con lo que podría salir mal, me centré en mi verdadera fuente de fortaleza.
Cuando finalmente llegó el día de la carrera, sentí una sorprendente sensación de tranquilidad. Las condiciones eran perfectas; había mucha emoción; y yo estaba en paz. Respiré profundo, con calma y me recordé a mí misma: “Déjalo ya; deja que Dios actúe”. Durante la carrera, cada vez que se insinuaban momentos de dolor y fatiga, reafirmaba que Dios es mi fuente y que yo Lo expreso.
Cuando empecé mi segunda y última vuelta, me sentía completamente agotada. Todo en mí quería ir más despacio. Pero entonces recordé que la fuerza divina es infinita. Mi fuente de poder no era física; era Dios, el Espíritu. Con esa renovación mental, me esforcé al máximo en mi última vuelta hasta la meta.
Poco después, llegaron los resultados. Había superado mis expectativas y logrado mi objetivo de terminar entre los diez primeros y conseguir un título de competidor All-American.
¡Estaba muy agradecida! No solo por el resultado, sino por la forma en que llegué hasta ahí. Debajo de toda la emoción de mis entrenadores, compañeros y familia, sentí una paz profunda y callada. En última instancia, no se trataba simplemente de una medalla o una clasificación, sino de una victoria espiritual. Había orado a través del temor y el dolor, depositado toda mi confianza en Dios y descubierto una fuerza espiritual que no era mía.
Esta temporada de esquí me enseñó a apartarme de los pensamientos desalentadores y escuchar lo que Dios, el Amor divino, está diciendo. Ya sea en el deporte o en la vida, poner nuestra fe en Dios abre la puerta a la curación —y a las victorias—.
