El “mundo real” y sus problemas parecían muy diferentes de lo que había aprendido en la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, y no estaba segura de poder lidiar con ellos.
“Dios es Amor” eran las tres palabras en letras grandes en la pared delantera de la Escuela Dominical a la que había asistido desde que era pequeña. Mientras crecía, este gran hecho llegó a significar cada vez más para mí, y me encantaba pensar en que el Amor era incesante, inmutable e incondicional. Pero cuando salí al “mundo frío y cruel” como una joven adulta, me resultaba difícil ver la totalidad, omnipresencia, unicidad y bondad de Dios, y mucho menos probarlas.
De hecho, al recordar mi temprana edad adulta, tendría que llamarme a mí misma una Científica Cristiana “Ricitos de Oro”. Aunque quería experimentar el poder sanador de Dios, sentía como que estaba esperando que surgiera el problema “más apropiado” para poder abordarlo con la oración. Pero cada problema parecía demasiado pequeño como para molestarme en resolverlo, o demasiado grande para que lo tratara. Si Dios no me hubiera despertado, todavía estaría esperando. Pero afortunadamente, ¡Él me despertó!
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