Para muchos, la Navidad es una época de alegría, profunda adoración y gratitud hacia Dios por mostrarnos la luz a través de Cristo Jesús. Es la celebración del nacimiento de Jesús y la posterior revelación del poder del Cristo que poseía y practicaba, y que enseñó a sus seguidores a practicar también.
En su ministerio, Jesús demostró el amor y el cuidado de Dios por todas las personas, abordando sin prejuicio a todo aquel con quien se encontraba; cualquiera fuera su raza, color, género, creencias religiosas o posición social. Pasó tres años predicando, enseñando y sanando para mostrar qué es el Cristo, la Verdad, y cómo cada persona puede poner en práctica esta comprensión.
La Biblia nos dice que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios (véase Génesis 1:26, 27). Jesús fue la encarnación de la vida espiritual que evidenciaba esta verdad. Aunque sus enseñanzas a menudo eran contrarias a las creencias y prácticas religiosas establecidas de su tiempo, demostró que la verdadera identidad de cada uno de nosotros es el reflejo de Dios, nuestro Padre-Madre.
En un viejo álbum de discos navideños de mi infancia, uno de los villancicos es “Buenos cristianos, regocijaos”. La primera estrofa termina con la alegre afirmación “¡Cristo ha nacido hoy! ¡Cristo ha nacido hoy!” Una vez, unos días antes de Navidad, mientras reconocía en silencio que el Cristo y la Navidad están presentes todos los días, me vinieron esas palabras. Había estado orando sobre Dios como Amor. Pensaba en que el Cristo “nace” cada vez que el amor y la presencia constantes de Dios se manifiestan en nuestras vidas al vivir a diario el ideal del Cristo que Jesús encarnó y enseñó. Para los seguidores de Jesús, “nacer de nuevo” es revelar nuestra verdadera naturaleza, nuestro reflejo espiritual del bien como imagen y semejanza de Dios.
En su libro Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, define al Cristo como “la divina manifestación de Dios, que viene a la carne para destruir el error encarnado” (pág. 583). El error encarnado es pensar que una mente y cuerpo materiales son nuestra inteligencia y vida, al mismo tiempo que rebaja el estatus de Dios al de una entidad distante incognoscible y, en su mayor parte, inaccesible para nosotros. Es cualquier pensamiento que no honre a Dios como el bien infinito y como el único creador y gobernador del universo, que no sigue el Primer Mandamiento de la Biblia: “No tengas otros dioses además de mí” (Éxodo 20:3, Nueva Versión Internacional).
Jesús demostró la acción y el poder del Cristo a lo largo de toda su vida. Destruyó el error encarnado al sacar a luz la bondad y la gloria de su amoroso Padre, Dios. Esto sanó a otros y, en última instancia, propició su propia resurrección y ascensión después de su crucifixión.
Ciencia y Salud presenta seis artículos de fe, o “puntos importantes” de la Ciencia Cristiana (véase págs. 496-497); el sexto de los cuales dice: “Y solemnemente prometemos velar, y orar para que haya en nosotros aquella Mente que hubo también en Cristo Jesús; hacer con los demás lo que quisiéramos que ellos hicieran con nosotros; y ser misericordiosos, justos y puros”.
Podemos vivir la Navidad cada día orando para que la Mente de Cristo esté en nosotros. Podemos trabajar de manera práctica, como hicieron Jesús y sus discípulos, para continuar lo que Jesús estableció en sus enseñanzas; y lo hacemos demostrando la eterna presencia y el poder sanadores de Dios, el Principio divino. A medida que dejemos atrás nuestras ideas preconcebidas acerca de que la vida y la inteligencia están en y dentro de la materia y abracemos la verdadera existencia espiritual que el Cristo representa, experimentaremos la alegría y el consuelo de la presencia de Dios. A medida que el Cristo “nazca” o se revele a nuestra consciencia humana, comenzaremos a comprender nuestra conexión con Dios como el poder detrás de las curaciones de Jesús.
Cada vez que nos alegramos por un día hermoso, apreciamos con amor a un amigo o sentimos gratitud por todo lo bueno que vemos, reconocemos al Cristo, la Verdad. Cada vez que damos generosamente nuestro amor y tiempo, ya sea que ambos sean o no devueltos o compensados, sin sentir que a quienes ayudamos nos deben algo, expresamos el ideal del Cristo: el consuelo, el amor, la compasión y la verdad que Jesús vivió y compartió con todos aquellos con quienes se encontraba.
Cuando visitamos a los que están solos, ayudamos al prójimo, donamos nuestro tiempo al trabajo de la iglesia, perdonamos un error percibido, olvidamos una deuda, calmamos a un niño o nos ofrecemos a orar por alguien necesitado, el Cristo “nace” o se revela, en nuestro corazón. Cada vez que demostramos el amor de Dios por todos al amar a quienes nos rodean, sin importar quiénes sean o cuán diferentes puedan ser sus creencias de las nuestras, cada vez que reconocemos sinceramente que Dios gobierna a todos con amor y absolutamente y que este gobierno divino ya está establecido —sin importar lo que veamos en situaciones alrededor del mundo—, nos elevamos por encima del error del pensamiento basado en la materia. Cada ejemplo de esto hace avanzar la percepción de la gloria del Cristo que tiene el mundo. Esto pone en práctica la verdad de que Dios es el único poder.
Jesús dijo: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Creo que quiso decir que el espíritu-Cristo, el reconocimiento de Dios como Todo-en-todo, está presente. Esto nos da renovada esperanza, una energía espiritual, una nueva visión — “una esfera de pensamiento y acción más extensa, un amor más expansivo, una paz más elevada y más permanente” —, como dice Ciencia y Salud (pág. 265).
Cada día, el Cristo puede “nacer” en la abnegación, humildad, consideración, sabiduría, compasión, alegría y amor que expresamos como reflejo perfecto de Dios. Jesús era hijo de Dios, e indicó claramente que nosotros también lo somos —hermanos en el evangelio del amor y las buenas obras—.