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Las migajas de un ángel

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 21 de noviembre de 2026


La Biblia está llena de referencias a los ángeles. En esta época del año es especialmente muy querida la historia del nacimiento de Jesús, anunciada por ángeles y celebrada por pastores y sabios por igual. En el Evangelio de Lucas leemos sobre los pastores cerca de Belén, a quienes, hace más de dos mil años, se les informó lo que acababa de suceder. Una noche normal estaban velando por su rebaño, cuando de repente apareció “un ángel del Señor” y anunció el nacimiento del Salvador (véase Lucas 2:8-18).

Lo que hoy podría parecernos un mensaje angelical fue en realidad una serie de mensajes, cada uno preparando el pensamiento de los oyentes para la siguiente idea. El ángel no tocó a los pastores en el hombro ni les dijo: “¡Sorpresa! ¡Nació Jesús!” Más bien, el alegre anuncio y las indicaciones fueron entregados uno por uno, conduciendo cada uno a otro aspecto del mensaje, hasta que la plenitud de la comunicación se iluminó en todo su magnífico esplendor.

Después de hacer notar su presencia y gloria, el ángel primero les dijo a los pastores que no tuvieran temor; luego, que traía buenas nuevas; entonces llegó la gran noticia: ¡En la ciudad de David nació el Salvador! Después, el ángel les dijo cómo reconocer al niño Cristo Jesús. Finalmente, “huestes celestiales” alabaron a Dios y señalaron la gran bendición de este evento a la humanidad.

Era un solo mensaje, pero fue surgiendo en la consciencia humana paso a paso para que los oyentes pudieran asimilarlo por completo. Particularmente conmovedora es la temprana instrucción en respuesta al temor de los pastores: “No temáis”. El ángel habló directamente a esa necesidad humana con amor, calmando el miedo con una declaración triunfante: “Os doy nuevas de gran gozo”. Los mensajes angelicales siempre brindan exactamente lo que se necesita.

La palabra griega original para huestes significa “un ejército” o “banda de soldados”, y la frase griega detrás de huestes celestiales puede significar “tropas de ángeles”. Además, la palabra griega traducida como “ángel” significa “mensajero, enviado, aquel que es enviado” o “ángel, mensajero de Dios” (Thayer’s Greek lexicon). Así que, el heraldo del nacimiento de Jesús fue un ejército de ángeles —un ejército de mensajes de Dios—. ¿Podría haber algo más sagrado?

Mary Baker Eddy, Fundadora de La Primera Iglesia de Cristo, Científico, define a los ángeles como “pensamientos de Dios que pasan al hombre; intuiciones espirituales, puras y perfectas; la inspiración de la bondad, la pureza y la inmortalidad, contrarrestando todo mal, toda sensualidad y mortalidad” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 581). Eso es seguramente lo que los pastores sentían en su corazón. Esta definición aclara las dos funciones que tienen los mensajes angelicales: transmitir claramente los pensamientos puros e intuiciones espirituales de Dios, y combatir cualquier mal que parezca estar presente. ¡Qué plenitud! Los pensamientos no se pueden ver. Pero se sienten. Y son reconocibles. Los pensamientos puros, inspiradores e inmortales de Dios se nos transmiten a propósito, y esos pensamientos sanadores son exactamente lo que necesitamos para enfrentar aquello con lo que estamos lidiando.

Y, además, el mensaje no solo es específico para las necesidades del oyente, sino también la forma en que se desarrolla. Algunos mensajes angelicales son fuertes y contundentes; otros son suaves y dulces. Sea como sea que aparezcan, podemos tener la certeza de que hay una “hueste celestial” de ellos para acompañarnos, consolarnos y guiarnos, y que esos mensajes de Dios se compartirán de formas en que podamos escucharlos. Los mensajes de los ángeles son pruebas activas del cuidado atento de Dios por Sus amados hijos.

Una de las alegrías de estudiar la Ciencia Cristiana es que aumenta nuestra capacidad para reconocer y responder a estos mensajes angelicales en los momentos en que luchamos por comprender con claridad y nos sentimos perdidos. En esos momentos, encontramos promesas alentadoras de Dios en la Biblia como: “Antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído” (Isaías 65:24).

Entonces, mientras escuchamos, los mensajes angelicales, o “pensamientos de Dios”, entran en nuestra conciencia que está a la expectativa. Especialmente cuando las cosas son todo un desafío, puede que un mensaje angelical por sí solo no responda a la necesidad. En esos casos, podemos confiar en que habrá otro mensaje angelical, y luego otro, y luego otro, y luego otro. Esos mensajes angelicales al principio es posible que no parezcan estar relacionados. Incluso que ni siquiera se perciban de inmediato. Pero, a medida que se van manifestando uno tras otro en nuestra conciencia, naturalmente sentimos un brote paralelo de esperanza, fortaleza y curación. Hay momentos en los que necesitamos un mensaje claro y forzado de Dios para captar nuestra atención. Pero hay otras ocasiones en las que necesitamos recibir esos mensajes tiernos y alentadores poco a poco, para que, como los pastores, podamos recibir plenamente las buenas nuevas de Dios.

Podemos pensar que estos tiernos mensajes son como una pista de “migajas de pan” angelicales que, al tomarlas juntas a lo largo del tiempo, nos conducen a un lugar de completo consuelo, seguridad y curación. Si bien, al principio son graduales, los mensajes de compasión y elevación de Dios se vuelven más claros y fuertes, cada uno construyendo sobre el anterior, hasta que no podemos evitar sentir la plenitud y profundidad del cuidado de Dios. A medida que lo hagamos, seremos testigos de la verdad del anuncio de la Sra. Eddy sobre los ángeles como: “Reconocemos su presencia por el amor que despiertan en nuestros corazones” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 306).

Cuando somos receptivos a los pensamientos de Dios, estas migajas de ángel, la importancia de seguir esta instrucción en Ciencia y Salud se hace evidente: “Al prestarles atención sincera, estos guías espirituales se que­dan con nosotros y hospedamos a ‘ángeles, sin saberlo’” (pág. 299). No basta con notar las migajas de ángel, los buenos pensamientos de Dios. También debemos dejar que permanezcan con nosotros escuchándolos —con sinceridad—. Esto significa prestarles toda nuestra atención, nuestra gratitud constante y expectante, y estar abiertos a su toque suave en nuestros corazones. Significa estar dispuestos profunda y humildemente a renunciar a cualquier cosa en nuestro pensamiento que no sea sagrada o buena, y a recibir con agrado activamente al Cristo sanador en nuestros corazones y vidas. “Prestarles atención sincera” habla de obediencia —la misma obediencia expectante que los antiguos pastores expresaron al cruzar las laderas para llegar a Belén y regocijarse del nacimiento de Jesús—.  

Como esos pastores, damos la bienvenida a los mensajes angelicales de Dios que nos reafirman la presencia del Cristo salvador. Ya sean evidentes o silenciosos, inmediatos o graduales, esos mensajes son seguros, satisfactorios, reconfortantes y sanadores. Qué alegría es esperar, escuchar y obedecer los mensajes angelicales de Dios que siempre nos guían amorosamente hacia adelante y hacia arriba.

JENNIFER MCLAUGHLIN
Miembro de la Administración Fideicomisaria de
La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana

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