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Para jóvenes

Cómo Dios me guio hacia la curación

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 27 de abril de 2026


Desde que era una niña pequeña, buscaba algo que me diera paz y un sentido de propósito en mi vida.

Aunque había crecido en un hogar cristiano, seguía sintiéndome lejos de Dios. Era hija única y me costaba integrarme con los otros niños en la escuela. También estuve muy enferma durante la mayor parte de mi infancia, y nada me ayudó a sanar. 

Durante mis primeros años del bachillerato, caí en una profunda depresión y sufrí una severa ansiedad. Pensamientos como “No eres lo suficientemente buena” y “Estás destinada a estar sola” rondaban en mi mente todos los días. Llegó un punto en el que no estaba segura de querer seguir viviendo. Lo cuestionaba todo: mi existencia, mi propósito y a Dios.   

Justo cuando sentí que había llegado a un punto crítico, me vino a la mente un pensamiento que era más espiritual de lo que sentía en ese momento. Y de alguna manera supe que ese pensamiento tenía que venir de Dios. Era: “Necesito que sigas adelante”. Así que decidí hacerlo. 

Al entrar en mi penúltimo año, tuve la oportunidad de asistir a un colegio que originalmente había sido creado para Científicos Cristianos. Este colegio estaba cerca de mi casa, y decidí probarlo; y fui recibida en esta comunidad con los brazos abiertos. 

También conocí a la persona que se convirtió en mi mentora y que ahora es practicista de la Ciencia Cristiana —alguien a quien puedes pedirle que ore por ti cuando necesitas sanar—. Ella compartió conmigo una idea importante en un momento en que se hablaba mucho sobre el contagio. Me dijo que cuando creemos que cualquier tipo de enfermedad o propagación de enfermedad tiene más poder que Dios, estamos rompiendo el Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). 

Aunque esto pueda parecer un comentario inusual, de alguna manera tuvo sentido para mí espiritualmente. Me di cuenta de que esta idea podía aplicarse no solo a enfermedades contagiosas, sino también a otras cosas en mi vida con las que había estado luchando: depresión, ansiedad, enfermedad y sentirme sola. Me di cuenta de que no quería creer que existiera algo más poderoso que Dios. No me parecía correcto pensar que el mal podía estar presente en mi vida y dictar cómo vivía.

Empecé a estudiar más profundamente la Ciencia Cristiana, conectándome con personas de mi comunidad escolar para que me ayudaran a mejorar mi comprensión. Una señora con la que hablé me dio un ejemplar de la Biblia y de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras escrito por Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana. Algo que valoré al estudiar Ciencia y Salud fue la forma en que se enfatiza la curación, ya que era algo que me había faltado en mi vida mientras crecía. La idea de que Dios es el Amor divino me ayudó a darme cuenta de que el Amor mismo es la clave para la curación.

Estaba ansiosa de absorber todo lo que aprendía, pero aún me costaba aplicarlo de forma directa y constante en mi vida. Aunque contaba con apoyo, mi familia tenía reservas respecto a mi estudio de la Ciencia Cristiana porque nunca habían oído hablar de ella antes y eran profesionales en el campo médico. 

Además, luchaba por abandonar por completo los medios materiales de consuelo y alivio, que eran lo único que había conocido mientras crecía. Esto incluía tomar medicación para mis enfermedades, ceder a la presión de los compañeros y buscar relaciones con chicos para sentirme amada. Quería dejar atrás estas cosas porque pensaba que era esencial para crecer espiritualmente y profundizar mi relación con Dios. 

Mientras seguía trabajando con un practicista, orando y estudiando Ciencia y Salud y otros escritos de la Sra. Eddy durante varios años más, me di cuenta de que la realidad es que Dios es mi todo. Él es lo único que necesito para ser feliz, sana, amada y estar en paz. Una de mis ideas favoritas con las que oré es: “Cuando comprendamos que la Vida es Espíritu, nunca en la materia ni de la materia, esta compren­sión se expandirá hasta su propia compleción, encontrándolo todo en Dios, el bien, y sin necesitar ninguna otra consciencia” (Ciencia y Salud, pág. 264).  

Una vez que finalmente comprendí que Dios, el Amor, es la fuente de todo el bien, me sané de las enfermedades que había tenido de niña, entre ellas la depresión y la ansiedad; aprendí a amarme como Dios me creó; y empecé a buscar relaciones sanas y fructíferas con los demás.

Además, como decidí mantenerme firme en mi estudio de la Ciencia Cristiana, finalmente conseguí el apoyo de mis padres e incluso inspiré a mi madre, que empezó a leer los escritos de la Sra. Eddy y a tener curaciones también. 

Aunque mi camino para aprender más sobre mi relación con Dios y practicar la Ciencia Cristiana ha sido todo un desafío, también ha valido la pena. Ahora sé que, incluso cuando me sentía lejos de Dios de niña, Él siempre estaba conmigo. Incluso en los momentos en que me sentía más sola, Dios me estaba guiando a cada paso del camino y me dirigía hacia la Ciencia Cristiana para que pudiera experimentar la verdadera curación. 

Ahora sé que soy Su amada hija y que Su amor siempre estará conmigo dondequiera que vaya.

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