Como maestra de inglés a inmigrantes que navegan la vida en un país nuevo, he visto que aprender el idioma de su hogar adoptivo ha sido un salvavidas para ellos, al restaurar la confianza, hacer conexiones importantes para tener éxito y brindar un sentido de pertenencia. En mis clases ha habido muchos momentos en los que una chispa de comprensión iluminó un rostro.
Yo también me considero aprendiz de por vida de un idioma, uno que es la esencia de mi fe en la Ciencia Cristiana: el lenguaje del Amor divino, que es universal y no necesita traducción. Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, escribe en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “La parte vital, el corazón y alma de la Ciencia Cristiana, es el Amor” (pág. 113).
Los lenguajes humanos pueden tardar años en aprenderse, pero el lenguaje del Amor es algo que entendemos de forma inherente. Es producto del sentido espiritual, la capacidad de conocer y comprender a Dios, que es el Amor mismo. Naturalmente “hablamos” este lenguaje porque expresamos a Dios como Su creación. Nos lleva más allá de etiquetas e historia personal para reconocer nuestra verdadera naturaleza espiritual y la de los demás. Esa claridad no siempre llega fácilmente. El ruido mental —miedo, duda, el diálogo interno que critica o condena— puede apartar el pensamiento de lo que es espiritualmente verdadero y llevar a la oscuridad y la confusión. Pero incluso un momento de escuchar al Amor divino puede elevar el pensamiento y dejar entrar la luz de la comprensión espiritual.
El Día de Pentecostés, los seguidores de Jesús estaban “todos unánimes juntos... Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:1, 4). Personas devotas de muchas naciones habían venido a Jerusalén para la fiesta, y cada una estaba asombrada al escuchar el mensaje en su propio idioma. Se entendían mutuamente a través del sentido espiritual. Hablaban y escuchaban el lenguaje del Amor divino, su verdadera lengua materna como hijos de Dios. No hacía falta traducción porque el Amor hablaba a cada corazón de una manera que podía comprender.
Ese mismo Amor nos habla hoy. Lo he vivido de primera mano. Hace más de una década, tuve una mañana de domingo que nunca olvidaré. Me desperté llorando, incapaz de mover el cuello sin que me doliera. La iglesia estaba a cuarenta minutos en coche de casa, y mi marido me preguntó si, no obstante, quería ir. Le dije que sí, confiando en que la Lección-Sermón de la Biblia que se encontraba en el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana y la música elevarían mi pensamiento y me ayudarían a sentirme más cerca de Dios.
Me vino a la mente una curación que había escuchado en una reunión de testimonios el miércoles en la iglesia. La testificante había sido sanada de un desafío similar después de orar por reparar una relación tensa que era “todo un dolor de cabeza”. Su uso de esa expresión me hizo detener. A menudo se usa para describir a alguien o algo molesto o irritante, y me hizo dar cuenta de que ni el dolor ni ningún otro tipo de molestia, ya sea que lo experimente yo u otro, tiene una causa física y, por lo tanto, no puede lidiarse con ello físicamente. Tanto la causa como el efecto son mentales. Me di cuenta de que, en mi caso, el dolor había sido provocado por la creencia de que un huésped que se alojaba con nosotros podía perturbar nuestra paz. Y era la creencia de que uno de los hijos de Dios podía ser un fastidio lo que necesitaba ser sanado.
Al llegar a la iglesia, mi marido y yo entramos por una puerta lateral y, en el auditorio, me senté justo delante de tres simples palabras pintadas en la pared: “Dios es Amor”. Había visto esas palabras muchas veces antes, pero esta vez fue diferente. Sentí como si la voz callada y suave de Dios Mismo me las estuviera diciendo. Y vi como nunca antes que el Amor divino es un poder omnisciente y omnipresente, que llena todo el espacio de bien.
En ese momento, mi cuello se movió libremente. El dolor desapareció. Me sentí arraigada en mi verdadera identidad como una expresión perfecta y espiritual de Dios, cuidada y gobernada por el Amor.
De regreso en casa, la armonía se extendió por toda la familia. Había dejado que el Amor divino transformara mi pensamiento, y eso trajo curación, no solo a mi cuerpo sino a la atmósfera de la casa.
Ciencia y Salud explica el efecto sanador del Amor de esta manera: “Si el Amor divino se nos hace más cercano, más amado y más real, la materia se está sometiendo al Espíritu” (pág. 239).
Nunca estamos fuera del alcance de la presencia y el poder del Amor. No tenemos que ir a ningún sitio para escuchar al Amor. Ya se está comunicando en el idioma que fuimos hechos para entender, uno que va más allá de las palabras y revela lo que es espiritualmente verdadero. Cuando escuchamos la voz del Amor, podemos oírla. Entendemos nuestro origen espiritual y el de los demás y comprendemos lo que Dios siempre ha sabido: que estamos seguros y somos amados e inseparables de Él. Para mí, ese momento es la chispa de comprensión más hermosa de todas.
