Quisiera expresar mi gratitud por una curación de dolor y pérdida. Hace diez años, perdí a un niño inesperadamente debido al Síndrome de Muerte Súbita del Lactante, y no estaba segura de cómo seguiría adelante sin él. Me sentía acosada por el miedo y el desaliento. Entonces, durante un momento de quietud y serenidad, sentí mi unidad con Dios, el Espíritu, el creador del universo, y de repente, todo cambió.
Era un día cálido y soleado, y estaba sobre una tabla de paddle en medio de un lago, preguntándome cómo sobreviviría otro día y si realmente valía la pena vivir esta vida. Mi marido y yo tenemos una hija, que tenía cuatro años en aquel entonces, así que sentía como si tuviera un pie en la tierra y otro en el cielo y que me tiraban de un lado a otro entre ellos. Como no quería ceder a ese sentimiento de desesperación ni perder la esperanza, y deseaba ser fuerte por mi familia, me arrodillé a orar. Miré al cielo y dije cómo me sentía, expresando la desesperada súplica de mi corazón a Dios: “Padre, do Tus hijos están / quiero vivir” (Mary Baker Eddy, Escritos Misceláneos, 1883-1896, pág. 397).
Este reconocimiento, de que todos los hijos pertenecen a Dios, el único Padre-Madre perfecto, me trajo una sensación de consuelo que nunca olvidaré. Mi corazón se llenó de esperanza y de la promesa de que podía seguir adelante con mi vida, aunque hubiera estado luchando contra pensamientos oscuros y deprimentes. A continuación, estas palabras de la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, de ese mismo querido poema, llenaron mi mente:
Resuena el arpa del pensar
con la canción,
que tierna y dulce calma ya
todo dolor.
La idea de un ángel de blancas alas
surge en su claror,
y es ella canto celestial
de fe y amor.
(Esc. Misc., pág. 396, según versión en inglés)
Sentí el despertar de esos pensamientos de ángel de alas blancas, y eso me llenó de paz. Me levanté y empecé a remar de nuevo, cantando el himno en voz alta. Una dulce sensación de serenidad me envolvió, y el amor de Dios brilló a su alrededor, cubriendo el lago con un resplandor dorado. En lugar de sentir que me remolcaban en dos direcciones opuestas, supe que podía ceder con confianza a la Vida, a Dios. Sentí una atracción irresistible hacia lo que solo puedo describir como la presencia del Cristo. La tristeza y la inseguridad fueron reemplazadas por una sensación de seguridad, protección e incluso alegría.
Aunque me habían criado en la Ciencia Cristiana y me había afiliado a La Iglesia Madre de jovencita, esta experiencia me inspiró a profundizar mi comprensión de la Ciencia Cristiana. Me dio un renovado sentido de la Vida y abrió la puerta de mi pensamiento a la posibilidad de que la vida eterna que Cristo Jesús prometió (véase 1 Juan 2:25) podía ser una realidad presente —no solo teóricamente, sino en la que podía participar aquí y ahora—. ¡Por eso valía la pena vivir! Anhelaba descubrirlo por mí misma.
En su autobiografía, Retrospección e Introspección, la Sra. Eddy describe una experiencia similar. Al referirse a la parábola de Jesús de las diez vírgenes (véase Mateo 25:1-13), dice: “Así fue cuando llegó el momento del enlace del corazón con una existencia más espiritual. Cuando la puerta se abrió, yo estaba esperando y vigilando; y ¡he aquí que vino el esposo! En esa medianoche las antorchas del Espíritu iluminaron el carácter del Cristo. Mi corazón conoció a su Redentor” (pág. 23).
En lugar de asistir a un grupo de apoyo para la tristeza o llamar a un consejero, me comuniqué con un practicista de la Ciencia Cristiana para pedirle que me apoyara mediante la oración. Momentos después de hablar con el practicista, que también es maestro de la Ciencia Cristiana, volví a sentirme totalmente envuelta en el tierno amor y cuidado de Dios por mí y mi familia.
Unas semanas después, me sentí guiada a solicitar instrucción en clase Primaria de la Ciencia Cristiana con este maestro, lo cual ha sido una de las más grandes bendiciones que Dios me ha concedido. La tierna lección de que “La Vida es Espíritu, nunca en la materia ni de la materia” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 264), es un refugio y un consuelo.
Después de estudiar tranquilamente por mi cuenta durante unos meses, me di cuenta de que era hora de volver a la iglesia. Mi familia y yo habíamos asistido a una filial local de la Iglesia de Cristo, Científico, pero después del fallecimiento de mi ser querido, me había atraído más dormir hasta tarde los domingos por la mañana. La dulce bienvenida que recibimos al volver a entrar por las puertas de esa iglesia fue otra prueba del tierno amor y cuidado de Dios, y otra prueba para mí de que la Ciencia Cristiana revela “el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6).
Después de terminar la instrucción en clase, realmente quería ayudar a otros que sufren de tristeza o depresión compartiendo la Ciencia Cristiana. Me uní a esa iglesia filial y me encanta orar para saber de qué manera puedo acercarme a otros buscadores de la Verdad.
Sigo pensando en mi hijo a menudo, pero he aprendido a buscar las cualidades espirituales que expresaba, tal como su risa, alegría y asombro. Sé que nada nos puede “separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:39). El vacío que parecía haber dejado el fallecimiento de mi hijo ahora está lleno de una nueva comprensión de la eterna presencia del amor de Dios por todos Sus hijos.
Mi gratitud por la Ciencia Cristiana y su poderosa y sanadora verdad, su iluminación de la vida puramente espiritual y su continuo desenvolvimiento de la comprensión de Dios, el bien, para toda la humanidad, es inconmensurable. “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).
Lindsey Roder
Oconomowoc, Wisconsin, EE. UU.
